Ecuatorianos en Euskadi relatan su adaptación: «Lloraba y le decía a mi papá, no me veo en ese colegio porque no entiendo nada»

Un reportaje refleja cómo viven los inmigrantes llegados desde Ecuador y cómo se adaptan con nuevas generaciones que aprenden euskera

Diario Vasco, J. F., 14-01-2026

La población de Gipuzkoa crece sin parar, especialmente gracias a la aportación de ciudadanos provenientes de otros países. El territorio gana 40 habitantes cada semana, todos ellos extranjeros … , según los datos publicados por el INE y que fijaban en octubre pasado en 733.700 las personas residentes en la provincia. Entre ellos la gran mayoría procede de Latinoamérica, con más de 38.000 personas que han llegado sobre todo de Honduras, Colombia y Nicaragua.

Ahora un reportaje publicado en el medio ecuatoriano ‘Primicias’ refleja cómo vive y se adapta la comunidad proveniente de Ecuador en Euskadi y Gipuzkoa. Según recoge la información firmada por Soraya Constante titulada ‘Desde Ecuador al País Vasco, así viven los ecuatorianos que se establecieron en el norte de España’, la presencia de ciudadanos de este país en tierras vascas ha experimentado diversas etapas migratorias condicionadas por la economía y la búsqueda de bienestar. En la actualidad, de acuerdo con los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, «hay 2.243 ecuatorianos registrados en las principales ciudades de la comunidad autónoma: Bilbao – Bilbo, donde se ubica un consulado de Ecuador, Donostia – San Sebastián y Vitoria – Gasteiz».

La evolución demográfica de este colectivo muestra que la cifra alcanzó su punto más alto en 2006 con casi 8.000 registros, descendió con la crisis hipotecaria y ha vuelto a fortalecerse a partir de la pandemia. «Este flujo migratorio se ha asentado en un territorio que, tras el fin del conflicto armado de la organización terrorista ETA en 2018, se presenta como un modelo de innovación y bienestar en Europa», escribe la autora.

El reportaje se detiene en primer lugar en Vitoria, donde «la vida comunitaria se manifiesta en lugares de encuentro como naves de polígonos industriales. Allí, los migrantes se reúnen para resguardarse del frío, jugar al ecuavoley y mantener tradiciones religiosas como el rezo de la novena del Niño Jesús». Andrea Romero, de 34 años y natural de Zaruma, relata que su familia se estableció en la zona siguiendo la oferta de trabajo que recibió su padre como carpintero.

Los protagonistas reflejan que uno de los principales retos para la integración en Euskadi de los migrantes ecuatorianos es el euskera, «el obstáculo con el que más han batallado, especialmente los adultos que deben acompañar a sus hijos en el ámbito escolar». Así, Andrea Romero llegó a abandonar sus estudios superiores: «Yo quería seguir estudiando, pero ya me exigían más el tema euskera y lo veía muy complicado», comenta. «Yo lloraba y le decía a mi papá, no, yo no me veo en ese colegio porque no entiendo nada», continúa Andrea Romero. Sin embargo, la situación difiere para las nuevas generaciones, informa la periodista, y recoge el caso del hijo de la entrevistada, Jhael, escolarizado desde los dos años, «es bilingüe y muestra facilidad para expresarse en euskera», según su profesora Aintzane Sánchez, quien destaca que los alumnos extranjeros enriquecen las aulas con sus historias, música y costumbres.

En el sector servicios y la hostelería, que concentran gran parte de la mano de obra migrante, «el euskera no suele ser un requisito excluyente», señala la periodista ecuatoriana, quien recoge el testimonio en San Sebastián de Paulina Viteri, de 47 años y originaria de Latacunga, quien ejerce como jefa de cocina en el restaurante Garrancho, «donde supervisa a 40 personas de diversas nacionalidades».

Paulina llegó en el año 2000 y, tras regularizar su situación después de trabajar como empleada doméstica, realizó estudios de grado superior en dirección de cocina en la escuela Cebanc. «Su trayectoria profesional ha pasado por los puestos de ayudante, cocinera y segunda de cocina hasta liderar los fogones, con la meta futura de fusionar la comida de su país con la vasca», explica. Sin embargo no olvida lo dura que fue su llegada a Gipuzkoa. «Fue el dolor más duro de mi vida porque yo cuidaba niños cuando dejé a mi niña», confiesa al recordar su llegada dejando a su hija de dos años en Ecuador.

Se detiene la autora en un tema común a los ecuatorianos residentes en Euskadi, la nostalgia, que «se gestiona mediante el contacto con el origen y la preservación de la identidad cultural». Así relata que Paulina Viteri viaja cada diciembre a Ecuador para pasar la Navidad con su padre y hermanos, una concesión que valora especialmente de su empresa actual. Por su parte, Andrea Romero mantiene el vínculo con su ciudad natal, Zaruma, «a través de imágenes de la Virgen de los Remedios y símbolos mineros en su hogar». Así finaliza el reportaje: «Son trayectorias distintas, pero unidas por una misma lógica de esfuerzo y adaptación. En el País Vasco, Andrea y Paulina y otros tantos ecuatorianos han aprendido a moverse entre lenguas, oficios y ausencias, construyendo estabilidad sin borrar el país que dejaron atrás. Ecuador permanece en los viajes, en los objetos y en la memoria, mientras el futuro se organiza aquí, en este norte donde también han echado raíces».

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