«Estamos sin electricidad ni agua, así es muy difícil sobrevivir»
La miseria y la incertidumbre sobrevuelan los pabellones. «Si en verano seguimos en esta situación, nos iremos a una tienda de campaña al monte», señalan sus moradores
Diario Vasco, , 12-01-2026Un intenso olor a orines y suciedad, a modo de insalubre bienvenida, impregna el ambiente en el camino de Jolastokieta que divide los pabellones okupados de la antigua fábrica de Zardoya Otis. Según se accede al lugar desde el paseo de Herrera, a mano izquierda se levanta el edificio en el que viven decenas de jóvenes argelinos. Los cristales de las ventanas del edificio hace tiempo que cedieron y sus inquilinos cubren con lonas azules las grietas por las que se cuela el viento.
Frente a este bloque, a la altura de la antigua bacaladera, próxima a la vieja fábrica de Oxigraf, han fijado su morada personas sin hogar de procedencia marroquí. Campa también aquí a sus anchas la pobreza extrema. Y a medio camino entre unos y otros se levanta el escenario en el que se vienen sucediendo las disputas en los últimos tiempos, lo que irremediablemente han convertido el lugar en foco de tensión.
«Es curioso, porque las peleas son entre ellos», observa un matrimonio de altzatarras que vive en las torres de la parte trasera. «Lo digo porque nosotros pasamos por aquí a diario y, tanto unos como otros, nos saludan sin ningún problema», asegura la pareja, testigo de excepción de lo que se cuece en el lugar, una difícil convivencia entre dos centenares de personas sin hogar que malviven en unas condiciones de vida extremas. «Le suelo decir a mi marido que por aquí hay más gente ahora que cuando funcionaban los pabellones industriales a pleno rendimiento. Sí, lo vemos a diario. Son personas que necesitan un techo y en algún sitio tienen que vivir. Se ve a muchísima gente en unas condiciones de vida muy precarias», dice la mujer, que entiende a su vez la «preocupación» que existe entre vecinos de Jolastokieta y Herrera.
Planes municipales
El Ayuntamiento de Donostia ha anunciado que quiere «acelerar» el derribo de los pabellones
El lugar, donde la presencia policial es constante, hace tiempo que se convirtió en una patata caliente para el Ayuntamiento de Donostia, que tiene previsto «acelerar» el derribo de los pabellones, según expresó el miércoles su alcalde, Jon Insausti, consciente de que se han producido en la zona «importantes problemas de convivencia».
Existe un plan de regeneración urbanística para este espacio de 22.336 metros cuadrados de superficie próximo al apeadero de Renfe, que contempla la construcción de 380 nuevas viviendas –un 40% de ellas protegidas– en la llamada segunda fase de Jolastokieta. «Sabemos que hay preocupación entre los vecinos del barrio, y hemos decidido acelerar el proceso porque son imágenes que no deseamos para la ciudad», insiste el alcalde donostiarra.
Antigua sala de calderas de Otis, entrada al hogar del argelino.
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Antigua sala de calderas de Otis, entrada al hogar del argelino. J.N.
Pero no todo en la vida es hormigón, recuerdan las entidades sociales. La gestión de todo ello es compleja porque en el lugar residen 200 personas con un largo recorrido en situación de exclusión, muchas de las cuales proceden del viejo instituto de Martutene desalojado el pasado 4 de diciembre, lo que a la postre parece haber tensado aún más la convivencia.
Efecto
La decisión supone un plus de incertidumbre para un colectivo que no sabe dónde reinventarse
Los vecinos más próximos a la zona se muestran cansados de la situación y aguardan el derribo, y esa misma decisión supone un plus de incertidumbre para un colectivo que no sabe muy bien dónde reinventarse.
En medio de la charla en la que este periódico habla de todo ello con los altzatarras de Jolastokieta, irrumpe un joven argelino que nos invita a conocer de cerca las condiciones de vida del colectivo. «Mira, el domingo nos reunimos y hemos limpiado toda esta zona», dice señalando una fachada despejada de porquería. El chico trata de explicar el motivo de la iniciativa, aunque tropieza con las palabras. No domina bien el idioma y recurre al traductor de su móvil para encontrar la expresión: «Hemos querido limpiar todo esto por el bien de los vecinos», acierta a decir.
Dicho esto, nos invita a visitar su casa, en la segunda planta del pabellón, al que accedemos dejando atrás una olla y una sartén con un guiso reciente, colocadas sobre una amplia barandilla metálica. La porquería de estos días atrás ha desaparecido del habitáculo de la entrada.
Adversidad
Los okupas malviven en unas viejas instalaciones que se han convertido en foco de enfermedades
«Hemos intentado arreglar algo el lugar, pero la verdad es que la situación aquí sigue siendo la misma. Estamos sin electricidad ni agua, así es muy difícil sobrevivir», resopla el argelino, que va saludando uno a uno a cuantos compatriotas se cruza por el camino, entre bostezos y afecto, en un día aún por descubrir.
El chico se encuentra con uno de los amigos con los que comparte habitación. Se acaba de despertar. Su aspecto parece desmentir su situación. Su abrigo negro, el bolso del mismo color en el que guarda celosamente su cuaderno y un gesto sonriente bajo una gorra colocada con gracia del revés no parecen pertenecer a la misma persona que vive entre tanta cochambre. «Si en verano seguimos en esta situación, nos vamos a una tienda de campaña a vivir en el monte», dice convencido el joven, que pone voz al colectivo. Poco después se marcha camino del apeadero de Herrera, donde se dispone a coger el tren para acudir con puntualidad a sus clases de castellano.
Altibajos emocionales
Antes de despedirse coincide con su amigo en señalar que su estado anímico no es el mejor. Ambos sufren constantes altibajos. «¡Cómo vamos a estar viviendo así! Tú aquí no aguantarías ni un día», le dicen al periodista. El joven estudiante se pierde finalmente a lo lejos hasta convertirse en un punto negro mientras el argelino, anfitrión en la miseria, nos invita a continuar con la visita.
Ropa tendida en la azotea del edificio que ha sido okupado por jóvenes argelinos.
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Ropa tendida en la azotea del edificio que ha sido okupado por jóvenes argelinos.
Subir las escaleras que conducen a la primera planta se convierte en una lucha sin cuartel contra la humedad. Es lo que peor lleva, junto a las ratas, las riñas y el constante revuelo. No es una mañana de temperaturas excesivamente bajas, el termómetro marca en torno a diez grados, pero el frío no tarda en entrar en el cuerpo.
Otros chicos argelinos señalan que muchos jóvenes llegan a este lugar sanos, y enferman para acabar necesitando de máquinas para respirar debido a los problemas pulmonares que les aquejan. «Fíjate en cómo está el suelo», dice el joven. Sus pies se abren paso sobre un firme encharcado por efecto de la humedad, como en esas visitas turísticas a cuevas que, en la medida en que discurre el tiempo, parecen dejar congeladas las extremidades.
Seguimos subiendo escaleras sin barandilla hasta la segunda planta, donde reside el joven. Su habitación, como reza el letrero, es la «sala de calderas» de la antigua fábrica de Zardoya Otis, en desuso desde 2022, desde que la multinacional de ascensores trasladó su actividad al polígono de Ezkuzaitzeta, en los Altos de Zubieta. Paradojas de la vida, sobre la puerta se puede leer otro letrero de la época, de color naranja, que reza lo siguiente: «Mantengan limpio el vestuario». Mientras el periodista toma notas del escenario en el que discurre la vida de estas personas, el joven argelino arrastra sobre el suelo con el pie un trapo, en un intento baldío de absorber una insoportable humedad. Entramos a la «sala de calderas». La habitación que comparte con otros tres amigos tiene poco menos de diez metros cuadrados. Uno de los chicos duerme bajo una manta. Sobre él puede verse en la pared una ikurriña, y justo en frente una bandera de Argelia. Sobre la puerta, hay colocado un póster de la Bahía de La Concha.
El espacio no puede decirse que sea acogedor, pero quizá sea lo más digno que permite el lugar. «Mira, la ventana está rota por una piedra que nos tiraron», señala el joven levantando una cortina. Los chicos calientan la habitación gracias a una bombona de butano que comienza a dar muestras de fatiga. Pronto deberán llamar a la asociación que les ayuda con el suministro. El joven vuelve a pasar la mano por una pared empapada. «Así no podemos seguir, necesitamos ayuda», insiste apesadumbrado, hablando bajo junto a su amigo que continúa entregado al sueño.
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