Laura, sin hogar en la Plaza de Gipuzkoa: «Parece que molesta que vivamos en la calle, pero ¿a dónde vamos?»

Tendida sobre un colchón bajo los arcos de la Plaza de Gipuzkoa, la chilena Laura Carrasco, de 56 años, ha desafiado madrugadas heladoras con mínimas bajo cero

Diario Vasco, Jorge Napal, 08-01-2026

Tocada con un sombrero negro, pintados sus labios y exhibiendo un dulce semblante en una gélida mañana, la presencia de Laura Carrasco no pasa desapercibida para los vecinos del centro de Donostia, sorprendidos por la presencia de una mujer sin hogar que no responde al estereotipo, tendida sobre un colchón en plena calle. Su techo son los arcos de la Plaza de Gipuzkoa, a cien metros de la sede de la Diputación.

La vida está llena de contrastes y el escenario en el que se desarrolla la vida de esta mujer es un fiel reflejo de ello. Cientos de personas han paseado estos días junto a ella con la única preocupación de no saber qué regalo hacer en el día de Reyes, o el chollo a llevarse en plenas rebajas. La chilena, de 56 años, que parece ajena al discurrir de una ciudad que bulle ensimismada, se acaba de despertar con el termómetro rondando los cero grados.

La recibe una ciudad en la que no todo brilla. «La verdad es que para la gente de la calle no hay ningún lugar hermoso», se despereza Laura tras una madrugada heladora que ha dejado mínimas bajo cero. «Al menos, tengo un buen saco de dormir», sonríe ella al calor de su sentido del humor.

Pese a todo, se muestra agradecida. «La gente tiene detalles conmigo. Hay quien me trae el desayuno, mantas, o incluso me invitan a comer», enumera la mujer, que no tarda en dar la primera bocanada del día a su inseparable tabaco de liar. En torno a ella, unos bollos que le han dejado trabajadoras sociales, cuatro bolsas, un carrito para transportar sus enseres, mantas y poco más.

Llegó a Gipuzkoa hace dos meses desde Alicante, con la idea de alojarse temporalmente en casa de un amigo que, según lamenta, la ha dejado en la estacada. «No fue a recogerme. Las cosas son así», dice con cierto despecho la chilena, que ha pernoctado en la estación de autobuses durante dos semanas hasta dar finalmente con sus huesos en pleno corazón de la capital, al albur de una vida de calle que comenzó en Alicante tras una serie de problemas familiares. Una vida siempre incierta. En Gipuzkoa, las mujeres sin hogar, en comparación con la población masculina, presentan generalmente un mayor grado de exclusión social, así como un nivel de deterioro más grave, tanto desde el punto de vista de la salud como de las relaciones personales.

Situaciones de riesgo
Nada de ello parece haber hecho mella, en todo caso, en la chilena, a quien dormir en la calle le expone a mayores situaciones de riesgo. De hecho, dos de cada diez mujeres afirman haber sufrido agresiones sexuales. ¿Cómo se enfrenta Laura a todo ello?

«Por lo que veo, la gente se solidariza más por el hecho de verme mujer. Hay vecinos que viven en los arcos de la Plaza de Gipuzkoa que se preguntan que a ver qué pasa para que no tenga un lugar de acogida, que debería tener prioridad porque puedo ser atacada». Le preguntamos a Laura si se ha enfrentado a alguna experiencia negativa en ese sentido.

«He tenido insinuaciones que he sabido cortar rápido. No dejo que ese tipo de comentarios traspasen mi vida personal. Dentro de lo malo, en esta zona predomina una vida de clase media y un sistema de vigilancia que me permite sentirme más o menos segura. Al menos, supone una dificultad añadida para que puedan actuar las personas pervertidas que pueda haber por ahí».

Laura dice que no conoce a ninguna otra mujer en su misma situación en el centro de la ciudad. «Hay otras chicas que también viven en difíciles condiciones pero que se cuelan en pabellones y edificios y no son tan visibles como lo puedo ser yo. La verdad es que no sé ni cómo lo hacen. Yo prefiero quedarme aquí, quieta con mis pertenencias. Eso sí, trato de evitar por todos los medios que me registre la policía porque me parece degradante».

La conversación con este periódico se ve interrumpida por la presencia de un joven que se acerca interesado por su situación.

– «Hola, ¿quieres tomar un café?».

El chico, que se presenta como trabajador social, le ofrece algo de dinero. Le insiste en que pregunte por alguna plaza libre en el albergue municipal de Errenteria. «Yo he trabajado ahí, inténtalo. Hay que hacer la solicitud a través de Diputación, pero hay otros albergues que te ofrecen unas noches», le sugiere el joven, que se marcha deseándole suerte tras ofrecerle un teléfono de contacto.

Hay un porcentaje indeterminado de población de calle que prefiere vivir con lo puesto, a la intemperie; personas que parecen priorizar su decisión de vivir en «plena libertad». Le trasladamos la pregunta a Laura, que esboza media sonrisa cuando se le plantea la posibilidad de pedir ayuda en los recursos habituales. «La estancia en estos lugares es de tres días, algo que rechacé, aunque visto el frío que ha hecho después la verdad es que me he arrepentido de ello», sonríe. A la hora de buscar un alojamiento más o menos prolongado, no lo ve ni mucho menos claro. «Las trabajadoras sociales, en cuanto hay una posibilidad, te avisan. Pero si no me dicen nada es porque no hay nada. Aquí hay varios albergues con estancias prolongadas pero en los que ahora mismo es muy difícil entrar porque están ocupados».

Por momentos Laura parece preocupada en adecentar el lugar. Sabe que tarde o temprano recibirá la visita policial. «Vienen por quejas vecinales. Llegan, te dicen que no puedes acampar, y se marchan». A Laura le han echado varias veces de la Plaza de Gipuzkoa y se ha solido instalar en sus calles adyacentes. «Pero hay vecinos que han intercedido para que regrese aquí. Parece que molesta que vivamos en la calle, ¿pero a dónde vamos? La gente no es consciente del problema que hay. ¿A dónde vas? Lo tenemos difícil», admite la mujer sin dejar de toser.

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