Así convirtió Hitler a los niños y adolescentes en unos nazis fanáticos

El nazismo optó por una "estrategia muy astuta" al centrar su mensaje "extremo y apasionado" en los más jóvenes. El historiador Laurence Rees explica el motivo en el libro En la mente nazi.

Público, Henrique Mariño, 07-01-2026

Adolf Hitler apeló al pasado glorioso de Alemania, a la derrota en la Primera Guerra Mundial y a los pagos por reparaciones de guerra para sumar adeptos en su camino hacia el poder. En el contexto de una frágil República de Weimar y una economía en crisis, agravada por el crac de 1929, no sorprende que las masas de desempleados y otros sectores que padecían estrecheces se dejasen seducir por sus cantos de sirena. Sin embargo, ¿por qué los más jóvenes, que no habían sufrido la Gran Guerra, abrazaron con fervor el nazismo?

Crecían los parados —de 1,3 millones en agosto de 1929 a 3,4 en febrero de 1930— y también los afiliados al Partido Nazi —de más de 100.000 a finales de 1928 a casi 150.000 en septiembre de 1929, aunque tres años después ya era la formación política con más militantes del país—. Y pese a que los resultados electorales de 1928 no auguraban un próspero futuro a Hitler, un año después el éxito en las elecciones regionales de Turingia, donde superó la barrera del 10% de los votos, suponía una clara advertencia.

Ya en 1930, los más de seis millones de apoyos cosechados presagiaban su ascenso al Reichstag, ya que el porcentaje de voto obtenido por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) pasaría del 18% al 37%, con dos victorias por mayoría simple en sendas elecciones celebradas en 1932. Si en los años veinte muchos jóvenes agresivos se habían enrolado en los camisas pardas de la SA, en la década siguiente los veinteañeros fueron el segmento de población que más se afilió al Partido Nazi.

Así, a comienzos de 1935 el 17% de los militantes no alcanzaban los treinta años, a pesar de que representaban menos del 6% de la población. El sentimiento se había larvado en los campamentos de las Juventudes Hitlerianas y en las universidades, donde muchos de ellos bebían del movimiento völkisch, una subcultura folclórica, populista, nacionalista, romántica y antisemita que lamentaba la pérdida de territorios tras el Tratado de Versalles. Además, el carácter violento del nazismo ejerció como reclamo en plena efervescencia hormonal.

Hitler y la educación nazi

“La naturaleza pseudodarwinista del partido, obviamente, atraía en especial a los más jóvenes y sanos; lo mismo ocurría con el concepto de corregir los agravios de una guerra en la que casi ninguno había podido participar por motivos de edad, pero que había arrojado una sombra sobre su infancia”, escribe Laurence Rees en el libro En la mente nazi (Crítica), donde recurre a las últimas investigaciones en psicología para desentrañar los porqués del nazismo y el Holocausto.

El historiador y documentalista británico subraya que los nazis “optaron por una estrategia muy astuta” al centrar su mensaje “extremo y apasionado” en los más jóvenes: “La razón principal es que el córtex frontal —la parte del cerebro encargada de regular los impulsos emocionales y de analizar los problemas [y que aporta restricción y juicios analíticos]— no termina de formarse hasta aproximadamente los veinticinco años”. Es decir, Hitler aprovechó que “es más fácil convertir en fanáticos a los adolescentes que a los demás”.

Si los nazis adoctrinaban a los menores, también les inocularían una “nueva forma de pensar” que, al cabo de un par de generaciones, crearía unos ciudadanos que tendrían las mismas ideas, razona Laurence Rees, quien destaca en el libro que después de alcanzar el poder “politizaron el sistema educativo en su conjunto para promover tanto el pseudodarwinismo como el antisemitismo”.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)