Albiol, el racismo rentable y las barracópolis
La Vanguardia, , 03-01-2026Pensar que lo que ocurre en Badalona se queda en Badalona no solo responde a ingenuidad política. Revela una gran dosis de autoengaño. El desalojo del instituto B9 no irrumpe como una rareza. Es un aviso. La señal visible de un problema estructural que ya desborda a ayuntamientos y entidades sociales. Todavía ayer, medio centenar de personas seguían durmiendo bajo el puente de la C – 31.
Lo sucedido allí estas navidades debería servir para algo más que para otro episodio de demagogia y bronca partidista, con las administraciones que se pasan la pelota escudándose en las competencias. Como si no estuvieran gestionando vidas. Pero eso exige una respuesta poco frecuente: coordinación institucional.
España gestiona mal los flujos migratorios. Las costas son coladeros. Los padrones municipales, otro tanto. La falta de control da cuerda a las mafias y al engaño de miles de personas atraídas por el señuelo de una vida mejor. Una vez aquí, el Estado –de los ayuntamientos al Gobierno– escurre el bulto. Hasta que el conflicto estalla.
Como el polvorín del B9. Por eso la pregunta ya no apunta a si volverá pasar, que sí, sino a qué ocurrirá cuando un juez ordene el próximo desalojo de una nave ocupada.
No sirven los atajos ideológicos. Ni el buenismo ingenuo ni la xenofobia. Ni el “papeles para todos” ni el “todos fuera”. Hay que objetivar el problema. Porque el resultado actual, perverso, es cruel para el inmigrante y generador de inseguridad entre los vecinos.
Durante años, la izquierda –o una parte de ella– optó por esquivar este debate. Entrar en ese terreno, se decía, suponía comprar el marco discursivo de la extrema derecha. Se impuso una corrección política mal entendida. Y las evasivas. El caldo de cultivo perfecto para que otros ocuparan el espacio con mentiras y consignas fáciles. Vox y Aliança Catalana, ya saben.
En ese contexto se explica la popularidad de Xavier García Albiol. El alcalde tensa las costuras sociales que sostienen su mayoría. Le importa poco que lo llamen racista. Sabe que ese señalamiento le suma votos de vecinos de barrios castigados por la precariedad, temerosos de que todo empeore más para ellos.
Hace unos días un colega recordaba que, en la investidura de 2003 como president, Pasqual Maragall ya advirtió de que el debate sobre la inmigración extranjera arrancaba mal planteado. La realidad, afirmaba, se juega en los barrios, no solo en el terreno abstracto de los valores. Cuando se deja que esos barrios se degraden o se alimenta el conflicto, revertir la situación después resulta extremadamente difícil.
Algo de eso explica lo ocurrido alrededor del instituto B9 y que casi se asaltara una parroquia. Ha costado muchísimo realojar de urgencia a 153 inmigrantes, y todo es provisional. Otro parche. ¿Dónde han ido los doscientos que se marcharon tras los primeros avisos policiales? Tal vez a Barcelona. Allí también crecen las bolsas de miseria: tiendas de campaña y cartones al raso. Barracópolis. Cambia la postal, no el fondo. El problema no desaparece, solo se desplaza.
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