Argentina, pero indígena

Luciana de Mello publica ‘Mandinga’, una novela que explora la identidad mestiza, el desarraigo familiar y el abuso sexual infantil, que ella sufrió

La Vanguardia, Julio Hurtado/Madrid, 02-01-2026

Desde Europa se ve América como una tierra monolingüe, cuando es un continente de muchísimas lenguas originarias, lenguas híbridas mezcladas con el castellano, el portugués, con africanismos del bantú”, reflexiona Luciana de Mello (Buenos Aires, 1979) al hablar del portuñol que caracteriza el estilo de Mandinga (Yegua de Troya). “Mi familia viene de esa línea de frontera. Pero tiene también una parte indígena, charrúa, afro, que es la borrada. Nadie sabe bien quién, cuándo, dónde, pero está ahí…”, analiza.

Hija de migrantes en Buenos Aires, afirma que su argentinidad es un poco extraña: “Con el tiempo me di cuenta de que no pertenecía, que había una parte de mí que no encajaba con el ser argentino (europeo, de familia italiana, española…), esas costumbres no eran las de mi casa. Tampoco la lengua era la misma: el portugués se mezclaba con el español. Era ese idioma secreto de mis padres, que los avergonzaba”.

De ahí esa exploración de los límites, de las zonas periféricas, y ese desclasamiento a partir de su educación: “Sí, también me siento argentina. Para mí es algo que se fue haciendo cada vez más claro a partir de dónde está mi intelectualidad, yo me formé en Buenos Aires. Y su universidad tiene toda una tradición que mira a la escuela europea. Entonces, el blanqueamiento, por así decirlo, del pensamiento entró a través del conocimiento”, explica, aunque la gente a veces se confunde: “Me ha pasado de ir a Brasil y que me hablen directamente en portugués, mientras que en Argentina me ven exótica y me preguntan de dónde soy”.

Pero Mandinga es, sobre todo, una obra sobre el desamparo infantil en un contexto de pobreza: “La novela es la novela. Es una ficcionalización llevada al extremo de experiencias que sí conozco de cerca pero que han sido manipuladas por mí como escritora en favor de la trama. Pero el pasado de clase social trabajadora, la experiencia de haber sido okupas, eso sí, es algo que conozco”.

Y el tratamiento de esa violencia sorda es chocante, porque no hay un juicio moral: “Me costó mucho. Es un trabajo enorme. Pero tenía claro que cuando tocara el tema del abuso sexual infantil, que es algo por lo que yo pasé, tenía que construir un personaje que contuviera la familiaridad y el acercamiento, ya que muchas veces estos hombres ocupan los lugares del afecto y la protección para llegar a sus víctimas. Necesitaba crear un personaje al que yo pudiera querer. Pero esta no es mi historia exactamente. Es duro, pero me parecía importante no juzgar. Suele darse la imagen del hombre monstruo. Y estos hombres no lo son. Son personas manipuladoras y aprovechan el lugar vulnerable de los niños… Son hombres que tienen familias, que quieren a sus hijos, que son buenos ciudadanos… El abuso es el poder llevado a la máxima expresión, la omnipotencia cegadora”.

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