El auge de Vox amenaza con fragmentar más el puzle electoral de Gipuzkoa
La ultraderecha pretende aprovechar la ola y llegar al 5% de los votos con mensajes críticos sobre seguridad e inmigración en barrios obreros de grandes municipios
Diario Vasco, , 28-12-2025Gipuzkoa no está vacunada del peligro de que en su sociología urbana menos nacionalista prenda, tarde o temprano, un fenómeno en auge como Vox. La … ultraderecha que lidera Santiago Abascal –la gran ganadora de las últimas elecciones extremeñas y que tiene el viento a favor de todas las encuestas– quiere sacudirse de determinados prejuicios ideológicos y llegar al 5% en determinados municipios de Gipuzkoa y del conjunto del País Vasco, lo que le garantizaría representación.
Vox sitúa su reto en las próximas elecciones municipales y forales de mayo de 2027 –en estas últimas bastaría un 3% para tener voz en las Juntas– y centrará sus esfuerzos en aquellos barrios obreros de los principales municipios. Irun y San Sebastián, los únicos en los que Vox se presentó en las últimas locales, se convierten en el principal escenario de esta contienda, en especial en la primera localidad, en donde la formación ultraderechista obtuvo cerca de un 5% de los votos en mayo de 2023. De entrada, parece difícil que Vox pueda cambiar drásticamente las dinámicas políticas y las relaciones de fuerza. Pero su ascenso meteórico en el resto de España tendrá sus efectos en el electorado, sobre todo en el no nacionalista y en la abstención, y puede enredar más si cabe el puzle electoral del territorio.
La táctica de Vox es sencilla. Pretende aglutinar el voto de cabreo, protesta y descontento frente al Gobierno y el sistema. Ya se trate de antiguos electores de la derecha tradicional ahora ubicados en la órbita antisistema. También quiere pescar en el caladero de la abstención y en aguas de lo que ha formado parte del universo de Podemos, que ha llegado a ganar las elecciones generales en Gipuzkoa en dos ocasiones: en 2015 y 2016 con un discurso contra la ‘casta’, o hacerse con el apoyo de antiguos votantes de otros partidos convencionales que hoy se sienten desencantados. La estrategia de la formación que lidera Santiago Abascal pasa en primer lugar por ‘naturalizar’ su imagen en el País Vasco, que considera demonizada por el nacionalismo y la izquierda, y hacerse presente en los barrios con mesas informativas que lleven el mensaje a pie de calle.
Vox quiere quitarse el estigma neofranquista pese a que los discursos de algunos de sus referentes ensalzan la dictadura y a pesar de que, por ejemplo, en sus principales resoluciones políticas y congresuales arremeten directamente contra el Título Octavo de la Constitución española que establece el Estado de las Autonomías, cuestionan el Estatuto de Gernika o rechazan de manera frontal el Concierto Económico porque sostienen que consagra la desigualdad entre los territorios de España. Hace poco tiempo, cualquier formación que se situara en estos parámetros tenía un gran déficit de imagen y credibilidad en el País Vasco.
De entrada, la llegada de Vox a Gipuzkoa –aunque con una fuerza sensiblemente menor que en otras comunidades de España– encierra aún un alcance simbólico en el territorio en el que el nacionalismo y la izquierda han sido históricamente hegemónicos y han articulado durante años todo un marco cultural de referencia ideológica que se ha transmitido, hasta ahora, de generación a generación.
El objetivo prioritario de Vox pasa por aproximarse al voto en los barrios obreros muy sensibilizados en cuestiones como la seguridad y la inmigración.
El empuje de Vox tiene que ver con el profundo cambio social. Lo comunitario ha perdido fuelle y la identidad cultural vasca se vive de una forma más privada que en el pasado. Empezamos a vivir en una sociedad más líquida y versátil con identidades cada vez más compartidas. El nacionalismo como actor aglutinante de la identidad ha perdido peso y la cuestión nacional histórica se ha visto desplazada por el eje social y la desmovilización hacia la política.
Sin embargo, hay que entender también el despegue de Vox en un contexto de guerra cultural en todo el mundo occidental en el que una parte considerable de la derecha tradicional se ha radicalizado y en el que los nuevos hábitos sociales de consumo alrededor de las redes sociales simplifican los mensajes y han revolucionado la comunicación política al herir gravemente el poder de los medios de comunicación convencionales.
El crecimiento de Vox en toda España se ha convertido en un fenómeno político y sociológico de primer orden. El despegue de toda la ultraderecha en el mundo con este repliegue identitario tiene como bases el miedo al futuro y la incertidumbre ante una sociedad cada vez más compleja han sedimentado un mensaje extremista y populista que desprecia lo complejo, reclama la vuelta de los valores tradicionales y utiliza banderines de enganche contra la inmigración.
El crecimiento de Vox se ha convertido en un fenómeno político y sociológico. El despegue ultraderechista en el mundo tiene que ver con este repliegue identitario. El miedo al futuro ante una sociedad cada vez más compleja ha sedimentado un mensaje extremista y populista que desprecia lo complejo, reclama la vuelta de los valores tradicionales y utiliza banderines de enganche contra la inmigración irregular.
La base electoral de Vox está formada por esos desencantados del nuevo orden, los desplazados de la globalización, los hijos del resentimiento, que se sienten víctimas del bloqueo del ascensor social –la falta de vivienda y los sueldos bajos también les afectan– y ellos convierten a la extrema derecha en la genuina impugnatoria del sistema. El mismo papel de látigo que ejercía Podemos contra la ‘casta’ cuando nació, ahora lo representa Vox como producto antisistema, que ve en la democracia liberal un modelo degenerado y corrupto por la política, que denuncia la cobardía de la derecha tradicional y la ‘traición’ de la izquierda clásica.
En esta coctelera incide el factor de género de forma determinante, sobre todo entre las nuevas generaciones de chicos varones. La transversalidad social de esta tendencia es clara, aunque se acentúa en los estratos sociales de clase media – baja o sin estudios superiores. La extrema derecha cabalga en una sociedad en la que el hombre se siente desubicado por el ascenso de la mujer en esferas de poder.
La nueva extrema derecha carbura con ese combustible de sentirse desplazado cada vez con mayor fuerza. El ecosistema de las redes sociales y los mecanismos alternativos de información construyen una burbuja perfecta para la retroalimentación en bucle de estos comportamientos en los que, hasta ahora, la ultraderecha se ha movido con agilidad como pez en el agua.
(Puede haber caducado)