Sectarismo purista o alianza antifascista: lecciones históricas ante el avance del fascismo
Público, , 24-12-2025La historia del movimiento obrero y de las izquierdas no puede comprenderse como una línea recta de avances progresivos hacia la emancipación. Es, más bien, una acumulación compleja de experiencias, atravesada por derrotas, rectificaciones, tensiones internas y aprendizajes obtenidos, casi siempre, en condiciones extremas. En ese recorrido accidentado, uno de los momentos más decisivos, y más ricos en enseñanzas para el presente, fue el giro estratégico que la Internacional Comunista formalizó en 1935 con la adopción de la política de Frentes Populares. Aquel fue una transformación profunda en la forma en que el comunismo internacional interpretaba la realidad histórica, identificaba a su enemigo principal, concebía el sujeto del cambio social y jerarquizaba las tareas inmediatas de la lucha política.
Para comprender la magnitud de este viraje resulta imprescindible analizarlo en contraste con la línea estratégica que lo precedió, conocida como la política de “clase contra clase”, elaborada durante el llamado “tercer periodo” del capitalismo y adoptada oficialmente en el VI Congreso de la Internacional Comunista en 1928. Solo desde esa comparación es posible extraer enseñanzas útiles para el presente, especialmente en un contexto marcado nuevamente por el avance de fuerzas reaccionarias y neofascistas y por la persistente fragmentación de las izquierdas.
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La política de “clase contra clase” se apoyaba en una lectura profundamente determinista, casi catequística, del análisis sobre el desarrollo capitalista. Según la teoría del tercer periodo, el capitalismo habría entrado en su fase terminal, caracterizada por crisis económicas cada vez más profundas, una polarización social extrema y una radicalización inevitable de la lucha de clases que abriría de forma casi automática la vía a la revolución socialista. En este marco interpretativo, la historia parecía avanzar por una lógica propia, casi mecánica, en la que la acción política consciente desempeñaba un papel secundario. La tarea de los partidos comunistas no consistía tanto en construir amplias alianzas como en preservar la pureza revolucionaria y acelerar el colapso del sistema.
Desde esta perspectiva, cualquier alianza con fuerzas no comunistas era vista no solo como innecesaria, sino como objetivamente perjudicial. La socialdemocracia, lejos de ser considerada un aliado potencial frente a la reacción, fue caracterizada como el enemigo principal dentro del propio movimiento obrero, bajo la célebre y polémica etiqueta de “socialfascismo”. Esta caracterización implicaba sostener que los partidos socialdemócratas desempeñaban, en última instancia, la misma función histórica que el fascismo: desactivar la radicalización revolucionaria de la clase trabajadora, canalizar el descontento social hacia reformas limitadas y preservar el orden capitalista. En consecuencia, la lucha contra la socialdemocracia pasaba a ocupar un lugar prioritario, incluso por encima de la lucha contra las fuerzas reaccionarias abiertas.
Las consecuencias prácticas de esta orientación fueron devastadoras. En numerosos países, los partidos comunistas quedaron crecientemente aislados de amplios sectores populares, incapaces de articular políticas unitarias y condenados a una marginalidad que contrastaba dramáticamente con la gravedad del momento histórico. El caso alemán constituye el ejemplo más trágico y elocuente de este fracaso estratégico. Durante los años decisivos que precedieron al acceso de Adolf Hitler al poder, el Partido Comunista de Alemania, siguiendo estrictamente la línea de la Internacional, rechazó cualquier alianza estable con el Partido Socialdemócrata, incluso cuando el peligro nazi se hacía cada vez más evidente. La fragmentación del movimiento obrero, la competencia sectaria entre sus principales organizaciones y la ausencia de un frente común de defensa facilitaron objetivamente la victoria del nazismo en 1933. Aquella derrota no fue solo alemana: fue una derrota histórica del conjunto del movimiento obrero europeo.
El ascenso del fascismo en Alemania, Italia y otros países europeos no solo no confirmó la hipótesis de una crisis final del capitalismo que abriría directamente la vía a la revolución socialista, al contrario, reveló una realidad mucho más peligrosa y dramática: el capitalismo, lejos de colapsar, demostraba su capacidad para recurrir a formas extremas de dictadura reaccionaria con el fin de preservar el poder de las clases dominantes. La crisis no conducía a la emancipación, desembocaba en la barbarie nazifascista.
Esta constatación obligó a una revisión profunda del análisis estratégico. El giro se formalizó en el VII Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1935, bajo el liderazgo político e intelectual de Georgi Dimitrov. Su informe central no solo redefinió el fascismo, sino que reordenó por completo las prioridades del movimiento comunista internacional. Dimitrov sostuvo que el fascismo no era un poder situado “por encima de las clases”, sino “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”. Esta definición tenía implicaciones decisivas. Si el fascismo era la forma extrema del poder del capital en crisis, la tarea inmediata no podía ser la lucha aislada por el socialismo, sino la construcción de una amplia alianza social y política capaz de derrotarlo.
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