Francesc Boix, el único testigo español en los juicios de Nuremberg

Las fotografías del día a día en Mauthausen, conservadas por los republicanos españoles dentro del campo, sirvieron como prueba irrefutable para juzgar a algunos altos cargos del gobierno nazi

La Vanguardia, Miquel Ferrer Rueda/Barcelona, 20-11-2025

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y 2.000 fueron suficientes para demostrar ante el Tribunal Militar Internacional las atrocidades cometidas en los campos de concentración nazis durante el Tercer Reich.

La historia de cómo unos documentos clasificados —que deberían haber sido destruidos— llegaron a manos de quienes juzgaron a los responsables del Holocausto solo se entiende a través de un nombre: Francesc Boix, el único testigo español en los juicios de Nuremberg.

Boix fue uno de los más de 450.000 españoles —hombres y mujeres— que, tras la victoria del fascismo en España, cruzaron la frontera para exiliarse en Francia. Ante la inminente guerra con Alemania, el Estado francés utilizó a miles de estos refugiados españoles para crear Compañías de Trabajadores y reforzar así las líneas defensivas, como la línea Maginot.

Tras la caída del Ejército francés ante la invasión nazi, miles de refugiados españoles fueron capturados por los alemanes e internados en campos de prisioneros de guerra. Lejos de casa y sin poder regresar, los republicanos fueron declarados enemigos políticos del nazismo y enviados en situación de apátridas al campo de concentración de Mauthausen – Gusen, en Austria.

Pese al célebre apodo de Boix —conocido como el fotógrafo de Mauthausen— lo cierto es que este catalán nacido en Barcelona no realizó las fotografías que sirvieron como pruebas en Nuremberg, ya que como prisionero, su trabajo consistía en revelar, archivar y conservar los negativos que se registraban en el campo, en el laboratorio fotográfico de Mauthausen. Los negativos que condenaron a los nazis fueron disparados por los propios oficiales de las SS.

“El laboratorio tenía dos finalidades: registrar a las personas cuando llegaban y documentar toda la vida que se desarrollaba en el campo”, explica Juan Manuel Calvo, presidente de la Amical de Mauthausen y otros campos, asociación fundada en Barcelona desde la clandestinidad por antiguos deportados supervivientes de diferentes campos de concentración.

“Toda esa información se enviaba a la administración central de los campos gestionada por las SS, por lo que necesitaban fotógrafos profesionales en el laboratorio. Francesc Boix fue uno de los tres españoles que trabajaron allí: antes que él Antonio García, de Tortosa, y José Cereceda, de Madrid”, explica Calvo.

La hazaña real de Boix —que sí fotografió Mauthausen, pero lo hizo tras la liberación— fue la de robar negativos de las instantáneas, esconderlos para evitar su eliminación, y sacarlos al exterior del campo de exterminio, algo que fue fruto del trabajo colectivo y del compromiso político. “En el ocultamiento de los negativos participaron Antonio García y Francesc Boix. No fue una decisión personal, sino una acción política organizada dentro del campo por el Partido Comunista”, expresa el director de la Amical. “Conservar aquel material fue posible gracias a una acción consciente de militancia y resistencia colectiva”.

La operación para sacar las imágenes de Mauthausen implicó a varias personas: los prisioneros del laboratorio fotográfico, los republicanos que los ocultaron en diferentes lugares, los reclusos que tenían acceso al exterior del campo para trabajar —conocidos como ‘Comando Poschacher’ en referencia al apellido del empresario austríaco para el que trabajaban— y Anna Pointner, una vecina de la zona, simpatizante de los españoles deportados, que escondió el paquete de negativos en un muro de su jardín para mantenerlo a salvo.

Cuando Mauthausen fue liberado en 1945, los jóvenes acudieron a casa de Pointner para recuperar los negativos, que fueron difundidos después de la liberación y revelaron al mundo imágenes esenciales sobre la realidad de los campos de exterminio.

Tras la capitulación alemana, algunas de las imágenes rescatadas en Mauthausen causaron revuelo en París después de que la prensa comenzara a difundirlas, por lo que no fue ninguna sorpresa para los nazis juzgados en Nuremberg que la acusación contara con suficiente material para probar su culpabilidad. Francesc Boix acudió a los juicios llamado a declarar por la acusación francesa, y su presencia tuvo un objetivo básico: probar la culpabilidad de Ernst Kaltenbrunner.

Kaltenbrunner no había tenido un papel mediático en el Reich pese a ser el Director de la Oficina Central de Seguridad y uno de los principales artífices del Holocausto, junto a sus sucesores Reinhard Heydrich y Heinrich Himmler. Aprovechando que apenas se conocían fotografías suyas, trató de escapar a través de los Alpes haciéndose pasar por médico, pero fue detenido por las fuerzas estadounidenses y puesto a disposición del Tribunal Internacional de Nuremberg junto a 23 dirigentes supervivientes más del gobierno nazi.

El acusado alegó desconocimiento del funcionamiento de los campos de concentración, de los planes de Hitler respecto a la guerra y de la “solución final” a la cuestión judía, es decir, eliminar a los judíos de Europa mediante su eliminación sistemática. Sin embargo, cuando Boix subió al estrado, una de las fotografías no destruidas por los nazis reflejaba una realidad tangible e irrefutable, como así lo mostró en su declaración:

“Esta fotografía fue tomada en la cantera. Al fondo, a la izquierda, se ve a un grupo de deportados trabajando. En primer plano están Franz Ziereis, Himmler y el obergruppenführer —rango equivalente a general— Kaltenbrunner. Lleva el emblema dorado del Partido”. Tras dar su palabra ante el tribunal, el testimonio de Boix fue una de las pruebas, que, diez meses después, llevaría al general a la horca tras ser condenado a la pena de muerte.

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