El mundo de Bilbao

Así disfrutan de Aste Nagusia tres inmigrantes de China, Colombia y Marruecos

Deia, 28-08-2006
SE HAN CONTAGIADO del espíritu festivo desde que dejaron atrás sus países y llegaron a Bilbao persiguiendo un futuro mejor. Ver la alegría que estos días inunda las calles de la Villa les trae recuerdos de las celebraciones de sus lugares de origen, en algunos casos diametralmente opuestas en carácter a lo que aquí estamos acostumbrados.

1. Xiao Rong Zhu Zhou Sus hijos viven la fiesta por él

La de 1988 fue la primera Aste Nagusia que disfrutó el presidente de la Asociación de Chinos de Euskadi, al que todos llaman Juan. Aunque opina que «cada año se ve menos gente en la calle», él sigue saliendo a pasear cuando cierra a medianoche el restaurante “Gran Muralla”, que regenta en la calle Gardoqui

Si no exprime a tope las fiestas es porque el negocio consume su tiempo, algo que les sobra a sus hijos de 21, 12 y 11 años. «La mayor va a todos los conciertos de Botica Vieja con sus amigos y luego se pasa la mañana entera durmiendo», explica. Los otros dos, nacidos en Bilbao, no paran hasta conseguir una visita a las barracas y, para matar dos pájaros de un tiro, «también al circo». El problema, el de siempre: lo elevado de los precios. Una tarde en el parque Etxebarria sale por «más de cien euros entre toda la familia».

Hace ya 21 años que abandonó la provincia de Zhe Jiang y la evolución de la sociedad se ha trasladado a las propias costumbres locales. Juan asegura que las tradiciones chinas «se están occidentalizando. Ahora se celebra más la navidad al estilo americano que el año nuevo chino». Ese día las familias al completo se reúnen para cenar antes de trasladar la fiesta a la calle. «Según nuestras creencias, quien menos duerme el 31 de diciembre tiene una vida más larga», dice. Por esa regla de tres aquí seríamos inmortales.

También aprecia similitudes en lo que respecta a la devoción religiosa, pese a expresarla de formas diferentes. Que nosotros recorremos kilómetros para venerar la Amatxo, ellos llevan a las estatuas gigantes de Buda 15 metros de alto y seis de ancho «comida con la que puedan alimentarse en las peregrinaciones que se realizan».

2. Jorge RojasBotica Vieja, un quiero y no puedo

En los cinco años que lleva viviendo en Bilbao se ha prodigado poco por las txosnas, como mucho suele ver «los fuegos artificiales un par de días». La culpa la tiene su trabajo de electricista, que también le priva de los conciertos. De hecho, la última actuación que presenció en Botica Vieja fue la de su compatriota Juanes hace ya tres años. Aprovecha para hacer un par de sugerencias al Ayuntamiento: «Que se tenga en cuenta al colectivo inmigrante y se traiga a más grupos de fuera, y que adelanten el horario para que podamos ir los que madrugamos».

El tiempo libre de que dispone en fiestas se lo dedica por completo a sus dos hijos, de diez y ocho años. Les lleva a las barracas a pesar de que «sólo se suben en un par de atracciones porque los precios están imposibles». Eso sí, lo que no falta es el desfile de la ballena, que en su casa de Santutxu «se ha convertido en algo sagrado».

Estas fechas recuerda la feria de su Cali natal. «Empieza el 25 de diciembre con una cabalgata que recorre la ciudad de extremo a extremo y dura hasta el uno de enero». Se asemeja bastante a la Aste Nagusia, compartimos el arraigo de las corridas de toros y «la apariencia del recinto de las barracas, al que allá llamamos “ciudad de hierro” por su gran tamaño».

3.Eddarouachi-Ahmed Txosnas y música en El Arenal

Abandonó la cinematográfica ciudad de Casablanca para venir a Bilbao hace cuatro años, casi un lustro que le ha servido para conocer la idiosincrasia de las fiestas y mimetizarse a la perfección con el ambiente. Eso demuestra el gorro que luce con el lema Gora Euskadi en una parte y la ikurriña en otra. Trabaja en una obra de Santutxu, pero en cuanto termina su jornada laboral aprovecha para «ir todos los días al Arenal porque me encantan las txosnas y la música». Desde ahí admira y aprovecha para fotografiar los fuegos artificiales, que aparecen en el fondo de pantalla de su teléfono móvil.

Nada que ver con las celebraciones que marcan el calendario en Marruecos. «A finales de setiembre tiene lugar el Ramadán, la fiesta más señalada. Durante 29 ó 30 días, ayunamos desde que sale el sol hasta que se esconde». Eso no significa que no ingieran alimento alguno: «Comemos a las siete de la mañana, a las doce de la noche y de madrugada». Lo que sí tienen terminantemente prohibido es el consumo de alcohol.

Por eso, al principio le sorprendía que la gente anduviera tan tranquila por la calle con el vaso en la mano. Ahora, sin embargo, se declara «fan convencido del kalimotxo».

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