EL CORREO CATALAN
Una buena conducta catalana
El Mundo, 26-08-2006Querido J:
Uno de los libros que más quiero empieza diciendo: «Siéntate, relájate, estás a punto de empezar a leer el nuevo libro de Italo Calvino». Si una noche de invierno, un viajero. Siéntate, relájate, amigo mío, que estás a punto de leer a Carod – Rovira. Hace unos días quisieron saber su opinión sobre el voto de los inmigrantes. Apenas podía disimular su malhumor y su rechazo. Dijo que sí, porque no se atreve a decir otra cosa, pero de inmediato estableció las condiciones que debían de cumplir los peticionarios: «Una voluntad de integración en el país, y en sus derechos democráticos, su cultura, su lengua y su sistema de vida». Esos mismos días hubo otras palabras sobre el asunto de diversos líderes nacionalistas, los señores Felip Puig, de Convergència, y Duran Lleida, de Unió Democràtica. Todos coincidieron con Carod, aunque fuera con otras palabras.
Hemos hablado alguna vez sobre este asunto. Y creo que coincides conmigo, aunque más educadamente, en un aspecto crucial: la necesidad de eliminar la putrefacta hipocresía de la discusión. Todo se ve mejor, clarísimo yo diría, cuando se asume que el inmigrante es un empleado y el país que lo acoge una empresa. Las razones de la inmigración son abrumadoramente económicas, y es desde este punto de vista como cabe analizar los problemas. En este sentido, me parece un gran avance la formulación del vínculo entre los inmigrantes y Cataluña que Convergència Democràtica propone. Quizá la hayas ya leído: un contrato con Cataluña. Que esa formulación sea un acto de inmoralidad, y que incluya la confusión entre costumbres y valores de la que luego te hablaré, es lo de menos. Su gracia crucial es la transparencia, el hecho de que refleje con tan notable economía la esencia de la relación entre un inmigrante y su empresa. No conozco un solo país que enfoque la inmigración como un acto de caridad. Y, al mismo tiempo, no conozco una sola razón, una sola y minúscula razón ética, que pueda impedir a un ser humano moverse por la tierra e instalarse allá donde quiera. Por desgracia no hay todavía una ley universal y ese movimiento del hombre ha de acomodarse a leyes cambiantes. Aunque esas leyes sean de justicia desigual, un elemental principio de la realidad obliga al inmigrante a cumplirlas. Lo que me solivianta, y me pone entre la arcada y la pared, es la exigencia de plusvalía. Esto que Carod llama la integración en el país, su cultura, su lengua y demás zarandajas. Me pregunto por qué no me lo pide a mí, esto. Yo, que soy un desintegrado y además lucho por la desintegración de Cataluña: ¿por qué no se atreve a exigírmelo, dime?
La actitud del nacionalismo catalán (y holandés, por ejemplo) de convertir en valores lengua, cultura y costumbres es tan falaz y ridícula como el nacionalismo tout court. Pero es que tampoco cabe exigir a un hombre sometimiento a los valores. Basta con exigirle que cumpla la ley, y la ley debe ser igual para todos. Los ingleses se lamentaban del considerable porcentaje de ciudadanos islámicos que anteponen Mahoma a Inglaterra. Y bien, ¿cuál es el problema? Como el nacionalismo, la religión es muy poco saludable. Pero basta con la ley para impedirle que atufe a la sociedad con su incienso y que extienda más allá de lo privado su influjo perverso. El asunto clave, sin embargo, es que nuestros hipocritones no quieren legislar. Prefieren los contratos, la mano izquierda (y blanda), que no se diga. Una amiga holandesa me explica que en la ciudad de Rotterdam hay 45 mezquitas. ¡45 mezquitas en una ciudad de 700.000 habitantes! ¿Acaso la ley no puede invocarse contra esta usurpación del espacio público? ¿Es que la ley, detallada y con sus reglamentos, no puede ilegalizar la poligamia si es que los gobernantes de un Estado consideran que la poligamia atenta contra los Derechos Humanos? Cada vez que abren los ojos, después de exhalados sus discursos, nuestros hipocritones se sorprenden del aspecto que ofrece el mundo: es impresionante, pero una vez más sus epístolas no han transformado la naturaleza humana. Las derivas religiosas y las derivas nacionalistas siguen congregando adhesiones y, lo que es peor, adhesiones independientes del grado de alfabetización o de renta de las víctimas.
A ningún inmigrante se le puede exigir algo más que la ley. Mucho menos el totalitarismo sentimental que los nacionalistas pretenden imponer y que, por obvias razones, no puede traducirse en la ley. Los nacionalistas quieren inmigrantes. Claro que sí. En todas partes y a lo largo de la Historia, y salvo épocas muy cortas de crisis, los inmigrantes son necesarios. En el caso concreto catalán, los inmigrantes se quieren y se temen como en todos lados. Pero hay un temor que sobresale de la balanza: la posibilidad de que los inmigrantes desfiguren el proyecto nacionalista. Todos los nacionalistas saben que la fuerza de su proyecto es al mismo tiempo su debilidad: si Cataluña tiene alguna importancia demográfica, económica, cultural y política se lo debe, en gran medida, a los inmigrantes; pero los nacionalistas saben que los aluviones inmigratorios afectan a la cohesión de su proyecto y retardan el alba esperada. Los nacionalistas pretenden así una negociación difícil. Te voy a traer unas palabras de un libro interesante, aunque a ratos demasiado convencido de que la clase obrera va al paraíso. Se llama La lucha por Barcelona, y lo ha escrito Chris Ealham. En muchos de sus capítulos se alude a la política nacionalista respecto a la inmigración de los años 20 y 30. Entonces gobernaba el catalanismo de Esquerra Republicana. «Otro rasgo constante de los pronunciamientos de ERC sobre el paro fue su énfasis en las nefastas consecuencias de la inmigración. Esquerra atribuía el desempleo a una oferta excesiva de mano de obra (obreros que habían ido a trabajar a Barcelona antes de la Exposición Universal de 1929), y abogaba por la repatriación de los inmigrantes no catalanes. En otras palabras, ERC interpretaba el desempleo en términos nacionalistas. Resulta irónico que con la izquierda liberal por primera vez en el poder en 1930, el partido gobernante definiese la inmigración como ‘una ofensiva contra Cataluña’ y explotase el tema políticamente, pese a que Barcelona llevase recibiendo a trabajadores no catalanes desde la década de 1880. El discurso de ERC formaba parte de una estrategia deliberada para dividir a la clase obrera en términos étnicos y entre los que trabajaban y los que no trabajaban».
Lo que se infiere del retrato de Ealham, de las condiciones estipuladas por Carod y del contrato convergente es uno y lo mismo: la exigencia de inmigrantes «sanos». Es decir, de aquellos que aseguren su adhesión al proyecto catalanista. No difiere tampoco de las intenciones morales de los patronos de las antiguas colonias fabriles. Allí se encerraba a los obreros para que trabajasen en la sal o en el textil; pero también para que adquiriesen una cosmovisión inofensiva. Se exigen sus manos y su espíritu.
Está bien, está bien. Pero yo creo que pagan poco.
La carta es ya muy larga. Habrá una segunda sobre el asunto.
Sigue con salud
A.
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