El racismo en las Españas de ayer y de hoy: 'eppur si muove'

El Diario, , 14-09-2024

España no es racista en la misma medida que España no es machista y que España no es clasista. Es decir, España sí es racista. Menos que otros países y más que otros países, pero como las meigas del dicho, haberlas haylas. Y ha bastado que una víctima del racismo, el futbolista brasileño Vinicius José Paixão de Oliveira, Vinicius Júnior, lo ponga de relieve para que buena parte de la sociedad y la casi totalidad de la prensa deportiva haga un elocuente, quizás inconsciente, ejercicio de, precisamente, racismo.

La autocomplaciente afirmación de que España no es racista es una excrecencia ideológica de la España de Franco, siempre y cuando no se le preguntara a un gitano, la única minoría étnica relevante por entonces. O ni siquiera eso, a los andaluces, extremeños, manchegos, gallegos y murcianos de la España de la migración interior, que arrastrábamos la mala fama que da la pobreza y éramos tildados, en el mejor de los casos, de maketos en el País Vasco y de xarnegos en Cataluña. Apenas había negros en España, pero los que había, lo sufrían: ya he contado aquí que cuando en 1982 entrevisté a Chester Himes, el gran maestro negro de la novela negra norteamericana, me contó el cabreo que le producían las miradas curiosas y los cuchicheos por el color de su piel de sus vecinos de Moraira, Alicante, donde se estableció en los 60 junto a su bella esposa blanca, rubia y parisina: “¡Pero si eran más negros que yo!”. Y bastó una pequeña inmigración –pequeña comparada con la de otros países desarrollados, pues en 2002 en España sólo había 0’87 migrantes por cada mil habitantes– para que apareciera nuestro peor rostro racista: los refugiados de las criminales dictaduras chilena y argentina eran sudacas; cuando llegaron los centroamericanos, panchitos; los subsaharianos, conguitos y los magrebíes, moros (y no en el sentido etimológico, de mauritano, sino en el peyorativo).

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