EL IMPERIO DEL ORO BLANCO
Mil cayucos de arroz
El aumento del precio del arroz, en sus niveles más altos en veinte años, lleva a una situación insostenible a miles de familias de Senegal y Mauritania y empuja a muchos a buscar una salida en el mar
La Vanguardia, , 20-08-2024Las malas cosechas de arroz por el cambio climático y la decisión de la India, primer vendedor mundial de este cereal, de restringir las exportaciones han disparado el precio del “oro blanco” en el mundo un 40%. La subida ha provocado un terremoto en África Occidental, donde el consumo masivo de arroz es una herencia impuesta de tiempos coloniales.
La Vanguardia inicia hoy una serie de reportajes desde Mauritania y Senegal para explicar el impacto económico y político social de una crisis que ha llevado a una situación insostenible a miles de familias africanas y complica el fenómeno migratorio.
La pesadilla de Kadya Brahima empezó hace un año a 9.316 kilómetros de su casa. Ya está en su salón. En junio de 2023, el gobierno de la India, que representa el 40% de las ventas de arroz mundiales, anunció que prohibía las exportaciones de este cereal para contener la inflación doméstica y en un intento de su primer ministro, Narendra Modi, de frenar una crisis política que le llevó a perder la mayoría en las elecciones del pasado junio. El cerrojo indio sobre el oro blanco, unido a las malas cosechas por la crisis climática, ha provocado un terremoto en África Occidental: el precio del arroz, un cereal básico para las dietas de las familias humildes, ha subido casi un 40% en doce meses y se sitúa en los niveles más altos de los últimos veinte años. Para Kadya, aquella decisión tomada en un despacho de Delhi, son hoy dos hijos ausentes y noches sin dormir. Hace dos meses, sus dos vástagos mayores abandonaron la aldea de Ndiawara, en la frontera de Senegal y Mauritania, para ir a buscar trabajo a Mbor, al sur de la capital, Dakar. Kadya, que tiene los pómulos marcados por el hambre y viste una túnica de colores vivos propia de su étnia fulani, sabe que la elección de sus hijos no es casual.
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Kadija Brahima espera en su casa de Mboyo, en el norte de Senegal, noticias de sus dos hijos mayores que fueron a buscar fortuna a otra aldea. Foto: Laura Aragó
Por eso le embriaga el miedo: Mbor es uno de los principales puntos de salida de cayucos hacia Canarias. “Me han dicho que han ido a buscar trabajo pero a veces no duermo y pienso si han ido a subir a un cayuco e intentar llegar a España. Cada vez que escucho que una embarcación ha naufragado me da miedo que vayan en ella. Les digo que no vayan, que es peligroso, pero contestan: ¿Mamá, es que podemos quedarnos así? Mejor intentarlo y morir”.
Kadya habla desde la estancia principal de una casa de adobe, sin muebles, sentada sobre una esterilla deshilachada. La estancia es una respuesta a esos interrogantes lanzados al aire: no pueden seguir así. Una de las habitaciones se derrumbó días atrás por las lluvias y Kadya y sus otros ocho hijos deben repartirse en las dos habitaciones restantes con la segunda mujer de su marido, con siete hijos más. En un hogar así, la subida del coste del arroz, un alimento central en la dieta de los senegaleses, que comen 120 kilos anuales de este cereal de media por persona, ha provocado una situación insostenible en un país que importa el 60% del arroz que consume. “Hace un año –calcula Kady– un kilo de arroz costaba 300 francos, ahora casi 500; y en casa comemos 3 o 4 kilos al día. Todo ha subido de precio, pero el arroz es lo que genera más problemas, por eso cada vez más jóvenes como mis hijos piensan ir a España, porque ven que las cosas no mejoran”.
Los números apuntalan las palabras de Kadya. Del 1 de enero al 15 de agosto de este año, 22.304 migrantes llegaron al archipiélago por vía marítima desde las costas de África Occidental, un 126% más que en el mismo período del año anterior y salieron el doble de cayucos desde Senegal, Namibia y Marruecos, 340 frente a 188. De seguir la tendencia, y con la época de buena mar y vientos favorables de agosto a octubre ya iniciada, se superará el récord histórico del 2023, con 39.910 llegadas. Ya nadie duda que volverán a quedar lejos los 31.000 migrantes llegados en 2006, durante la llamada crisis de los cayucos.
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Un chico observa la playa en la ciudad de Mbor, uno de los epicentros de salidas de cayucos desde Senegal a Canarias. Foto: Xavier Aldekoa
Para Aly Tandian, fundador del Observatorio Senegalés de Migraciones, aunque hay varias causas del aumento de salidas de migrantes, desde la ausencia de futuro y la desafección política, con cifras de desempleo disparadas, la desigualdad económica entre fronteras, el cierre de otras rutas migratorias o la inseguridad en el Sahel, es evidente que el aumento de los precios del combustible o los alimentos empuja a muchos a buscar una salida al mar. Y ahí el oro blanco es clave. “El arroz es el alimento principal para las familias pobres. El impacto de una subida tan grande es brutal en un hogar de 10 o 12 miembros; y son esas comunidades las que ahora se ven obligadas a partir”, opina. Para Tandian, si antes eran los barrios pesqueros las que nutrían principalmente los cayucos migratorios, cada vez se lanzan al mar más chicos de los suburbios e incluso mujeres o niños. “Las campañas de sensibilización se centran en el miedo, pero esos jóvenes ya se sienten muertos por dentro, sin valor y desesperados por el coste de la vida y la incertidumbre sobre de futuro. ¿Por qué no iban a arriesgar?”, subraya Tandian.
Ami Kole está dispuesta a apostarlo todo. Kole es una joven de 25 años que ni estudia ni trabaja y vive en el barrio de Pikine Tableau Walo, a las afueras de la ciudad de Saint Louis, con su tío Moukthar Cissé, quien mantiene con su trabajo de taxista a sus dos esposas y una decena de familiares más. Escucha despanzurrada en un sofá del salón como su tío lamenta que las subvenciones del nuevo gobierno sobre el precio del arroz son insuficientes y que en casa más de dos tercios de los ingresos se esfuman en comida. Al rato Kole se cansa de cháchara e interrumpe. “Pues yo también quiero ir a España. Me preparo para ir”, dice. Cissé intenta frenarla –“ah, yo solo iría en avión, en cayuco me da miedo, es muy peligroso”–, pero la joven se envalentona. “Yo no tengo miedo, es Dios quien decide nuestro destino. Pronto me iré”.
Es una constante durante cualquier visita por la región. Apenas hace falta una conversación breve para toparse con decenas de jóvenes que sueñan con ir a Europa o que conocen a alguien que lo consiguió y cambió la vida de los suyos. Las fotos de éxito de quienes trabajan en España se reenvían de teléfono a teléfono y crece la esperanza de emularlos algún día.
En el barrio pesquero de Guet Ndar, en la ciudad vieja de Saint Louis, Pape Ndiegue, de 53 años, no es que tenga la impresión de que cada vez más vecinos quieran migrar, es que lo oye a diario. Él sabe los riesgos de la ruta –dos de sus hermanos llegaron a España por mar hace años y ha perdido la cuenta de conocidos a los que se tragó el océano– pero escucha cada día cómo los jóvenes buscan ahorrar los 500 o 600 euros que cuesta una de las 220 plazas de los cayucos atiborrados que salen desde Senegal. Cuanto más al norte, desde Mauritania o Marruecos, el precio aumenta y puede llegar a los 2.500 euros por persona.
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Una pintada de un cayuco en un muro frente a la playa de Saint Louis. Foto: Xavier Aldekoa
Ndegue, que cambió las redes por pasear a turistas en su barca, lamenta que el expolio de las flotas extranjeras que vacían de peces las costas africanas, además del aumento del coste de la vida, deje sin futuro a los jóvenes el barrio donde creció. “El precio del arroz se ha disparado, pero la vida en general se ha vuelto extremadamente cara. Creo que esta situación va a explotar porque va a hacer que más chicos quieran ir a Canarias. La gente quiere casarse, construirse una casa, tener una vida normal, y no puede”.
El precio a pagar para algunos es alto. Porque si las cifras de llegadas aumenta, las de muertos apuntan a un cementerio bajo el océano. Solo este año, más de 5.000 personas han muerto en su intento de llegar al archipiélago español, 35 muertes diarias, según cifras de la oenegé Caminando Fronteras. Es el número más alto desde que la organización de defensa de los derechos de los migrantes empezó a recoger estadísticas en 2007.
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Bientou Diop se hace un selfie en la playa de Saint Louis, cerca del lugar donde, apenas unos días antes, se produjo uno de los peores naufragios de migrantes en la ruta a Canarias. Foto: Xavier Aldekoa
En la playa de Saint Louis, las cicatrices de esa tragedia se difumina con los gritos de la diversión. La arena está abarrotada por chicos que juegan partidos de fútbol y grupos de adolescentes que se tiran arena por la cabeza entre risas. En el agua hay decenas de personas bañándose. Apenas unos días antes, a cuatro kilómetros de ese punto exacto, ocurrió una de las peores desgracias migratorias de la última década, cuando un cayuco con casi 200 personas se incendió y naufragó. Se recuperaron 89 cadáveres y se contabilizaron más de 70 desaparecidos.
La joven Bientou Diop, que ha venido desde su pueblo con un amiga a disfrutar de unas vacaciones en la playa, se acerca a la orilla para hacerse un selfie. Se coloca de cara al viento, deja volar su velo blanco y saca morritos. Dice haber escuchado en la radio sobre el accidente y acierta a comentar un “qué triste” que rima con rutina. Otra desgracia más. Después de unos segundos incómodos, no tiene más que decir. Da un paso adelante, alarga el brazo con el móvil y saca morritos. Otro selfie más.
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