El miedo
Diario Vasco, , 29-07-2024Alegría, tristeza, sorpresa, ira, miedo y asco son consideradas las emociones básicas, sin olvidar otras como el odio, la vergüenza, la compasión o la envidia. Pero ¿qué son las emociones? Hay que distinguir las emociones de apetitos corporales como el hambre y la sed y de ciertos estados transitorios como la irritación. Tampoco son descargas de energía ni fuerzas exteriores que se apoderan de la mente; las emociones valoran objetos y hechos del mundo exterior y tienen un componente cognitivo. Las emociones son experiencias asociadas a algún tipo de creencia. La ira requiere un pensamiento causal: la creencia en que alguien me infligió un daño injustificado. O la pena, la creencia en el sufrimiento significativo de otra persona.
Los sólidos cimientos de la modernidad hicieron posible el continuo progreso personal, económico y social. Y bajo el paradigma racionalista, las emociones, tildadas de irracionales, no constituían el objeto de estudio de los análisis filosóficos y sociales. Con la crisis de la modernidad y, más recientemente, con el auge de populismos y nacionalismos, la guía de la razón se quiebra y brotan las emociones. La razón se encuentra sitiada por las emociones.
En EE UU cunde el racismo y la misoginia de Trump. En Francia, los extremos estrangulan a Macron. Y en España se consolidan los discursos de la ultraderecha contra la inmigración, el del miedo a la derecha («el muro» de Sánchez) y el del odio y la repugnancia de amplios sectores nacionalistas. Como dice Félix Ovejero, «la madurez consiste en saber renunciar, sabiendo a qué renuncias. La indecencia del populismo consiste en escamotear esos dilemas, decir que es posible comer chocolate y estar delgado». Por su parte, los nacionalistas, al apelar a sentimientos que por su condición epistémica solo son accesibles desde el yo personal, rehuyen el entendimiento.
Del conjunto de emociones, habría que situar en un nivel epistemológico superior al miedo, ya que casi siempre es el disparador de la ira, el asco, el odio y la envidia. La pérdida del control de nuestras vidas genera incertidumbre y extiende el miedo. Podrían caracterizarse nuestras sociedades avanzadas como ‘sociedades del miedo’. Miedo de las clases medio-bajas a los avances tecnológicos y a la pérdida de empleos; dado el deterioro de la sanidad, miedo a perder la salud; miedo a no encajar en las formas tradicionales de familia; miedo a la pérdida de vínculos familiares y amicales por la aceleración social; miedo a la inmigración masiva y descontrolada; miedo al extraño; miedo a la extensión de conflictos y a la desestabilización de Europa. En definitiva, incertidumbre y miedo al futuro. «Algo malo se avecina y yo estoy aquí atrapado», así definía Aristóteles el miedo.
Sin embargo, desde una perspectiva genética, el miedo es la primera de las emociones. El bebé tiene hambre, frío, está mojado, se encuentra solo, desvalido, y siente miedo. El problema es la disonancia entre el lento desarrollo físico del bebé y su acelerado desarrollo cognitivo. Cuando el niño comienza a relacionarse con sus progenitores como personas separadas y no como una prolongación de él mismo, cuando es capaz de estar solo sin sentir miedo, el yo narcisista se abre paso lentamente al yo democrático: comienza a desarrollar su vida moral, preocupándose por los demás.
Para ello es necesario lo que el psiquiatra Donald Winnicott denomina un «ambiente facilitador»: la familia debe proporcionar un ambiente de afectuosidad desterrando el maltrato. La resolución satisfactoria del ‘gap’ entre el lento desarrollo físico y el rápido desarrollo cognitivo tendrá su correspondencia, dice Winnicott, en el adulto que aprende a defender argumentos por sí mismo. Es así como lo personal y lo político quedan entrelazados.
El miedo forma parte de la dotación evolutiva para la supervivencia. El problema es el miedo construido que hace posible la servidumbre voluntaria: si tengo miedo la prioridad es la búsqueda de cuidado y protección y la democracia cede ante la autocracia. Aristóteles decía que los oradores podían exacerbar el miedo si a) caracterizaban el suceso inminente como algo importante para la supervivencia, si b) lograban que la gente pensase que estaba muy próximo, y si c) conseguían que la gente creyese que la situación estaba descontrolada.
El miedo conduce a estrategias agresivas: la culpa es de los otros. El miedo debilita la confianza. Sin confianza en los demás ni en las instituciones se pierde también la confianza en uno mismo y se instalan la ira, la envidia y el asco. Sin confianza no hay democracia. Como dice Martha C. Naussbaum, «el miedo siempre está ahí, hirviendo a fuego lento y amenaza con desestabilizar la democracia. Si el miedo se extiende, los ciudadanos pueden volverse indiferentes a la verdad y optar por la comodidad de un grupo de iguales en el que refugiarse y aislarse».
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