El equipo de fútbol de Francia

Diario Vasco, Santiago Eraso, 04-07-2024

rancia fue uno de los primeros grandes imperios modernos europeos. Desde el siglo XVI desplegó su dominio militar, económico, social y cultural sobre vastos territorios de América del norte y del sur, así como de Asia. En la última fase colonial, ya hacia finales del siglo XIX, su presencia se extendió por gran parte de África occidental: Malí, Túnez, Marruecos, Senegal, Mauritania, Benín, Níger, Chad, Nigeria, Togo, Camerún…

Una parte substancial de la riqueza, el progreso social y el desarrollo económico de Francia se debe a su historia colonial. Es decir, si en la actualidad es una de las naciones más poderosas del mundo es porque durante varios siglos impuso su dominio para apropiarse de tierras, extraer sus recursos, someter a la población, esclavizarla y, en largos procesos de explotación social y migraciones forzosas, convertirla en mano de obra barata para los sucesivos ciclos de industrialización y desarrollo económico de la metrópoli, el Estado francés. Sin toda esa fuerza laboral y vital –en la que se incluye la reproducción social de los cuidados asumida por las mujeres que fueron llegando a lo largo de continuos procesos de reagrupación familiar─ sería impensable la actual economía de Francia y, mucho menos, su diversidad cultural, cuya sustancia constitutiva es intrínseca a la república francesa.

Aunque estos datos sean irrefutables, en las últimas elecciones europeas el 30% de los ciudadanos franceses con derecho a voto lo hicieron por Agrupación Nacional, una fuerza política profundamente nacionalista y euroescéptica, que enarbola sin disimulo programas que dan prioridad a la ‘ciudadanía francesa’ frente a la ‘extranjera’ mediante medidas de discriminación positiva en el acceso a la vivienda, al empleo y otras ayudas públicas. A esas propuestas, con evidentes sesgos racistas, se añade de manera explícita una agenda antinmigración dirigida a evitar la llegada de más personas procedentes de otros lugares del mundo y a dificultar la legalización de las que no tengan documentos que les acredite la nacionalidad, incluso expulsándolos del país. Es una agenda política que reproducen la mayoría de los partidos ultraderechistas.

El número de inmigrantes ‘sin papeles’ en Francia es difícil de calcular con exactitud. Según datos de 2023, emitidos por France 24, canal gubernamental de televisión, rondaría el millón de personas. Por otro lado, el censo del Institut National de la Statistique registró en 2019 nueve millones de inmigrantes nacidos fuera del país en situación regular, más unos siete millones de descendientes de diferentes generaciones procedentes de sucesivos flujos migratorios. A partir de estos datos se concluye que, les guste más o menos a algunos recalcitrantes ‘blancos’ racistas, la diversidad de colores de piel de las francesas y franceses es una amalgama de vidas, de largo aliento histórico y profunda dignidad.

No hay que mirar muy lejos para darse cuenta de que la realidad es mucho más tozuda que el inventado idealismo ultranacionalista de los visionarios racistas de siempre, peligrosos y violentos que vuelven a enarbolar las banderas fanáticas del odio.

Estos días, en los que se está celebrando la Eurocopa, el torneo internacional de selecciones nacionales de fútbol, es fácil comprobar que una gran parte de los equipos de los países constituidos a partir de su historia colonial se nutre de futbolistas que pertenecen precisamente a ese fundamento histórico. Podría decirse que la mayoría de los componentes del equipo francés tiene ascendientes africanos y, quizás, muchos procedan de familias de extracción social humilde.

Como dice Asad Haider en Identidades mal entendidas. Raza y clase en el retorno del supremacismo blanco, las estructuras de opresión del racismo y el patriarcado son indisolubles del orden económico y social. La raza como categoría general es una abstracción que la historia ha introducido en nuestras cabezas y constituye una manera errónea de entender la diversidad de los seres humanos. Si creemos que la raza es real, invisibilizamos las verdaderas relaciones económicas, sociales y culturales que producen el racismo. Los regímenes de racialización son reales en tanto son el resultado de hechos históricos y sociales que crean la noción de inferioridad y superioridad y, en consecuencia, generan estructuras de exclusión, subordinación y violencia.

Por mucho que Agrupación Nacional se invente concepciones puristas de una supuesta nación fundacional o pretenda reconducir el malestar social hacia políticas del odio, especialmente dirigidas a la población musulmana, nada ni nadie puede eludir la condición heterogénea de Francia, producto de un largo proceso histórico cuya complejidad social es el verdadero fundamento del Estado, de cualquier Estado.

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