El director que muestra la Francia más racista y oscura: "La verdad del país es que la policía mata a un joven de los suburbios al mes"

Ladj Ly, director de 'Los miserables', regresa a los suburbios para componer en 'Los indeseables' la segunda entrega de un futuro tríptico sobre la degradación de las ciudades, de la política y, por qué no, de nuestra vida en general

El Mundo, Luis Martínez, 17-06-2024

Hay películas que funcionan como profecías. Y no es tanto porque den ideas o sirvan de modelo de comportamiento (que quizá también), como por su claridad en el diagnóstico, por su contundencia en la exposición de motivos y, llegado el caso, por su compromiso desmedido con una historia que se diría más real que la propia realidad. En 2019, el director francés de origen maliense Ladj Ly sorprendió a Francia y, de paso, al mundo con su muy particular revisión de la más francesa y universal de las historias. Los miserables poco o nada tenía que ver sobre el papel con la novela de Victor Hugo y, sin embargo, el espíritu se antojaba el mismo. Localizada en los suburbios parisinos (la banlieu famosa), se contaba la historia de unos policías enfrascados en su guerra diaria. De por medio, las mafias locales, el integrismo islámico incipiente, los jóvenes de la calle, la desesperación, el ruido y hasta la euforia malsana de un Mundial de fútbol que se gana y estalla. Todo estaba ahí.

Ahora, Los indeseables da un salto hacia atrás (sobre 2005) para narrar con el mismo gesto descarnado el momento quizá en el que los problemas empezaron a ser demasiado grandes. “Mi idea”, dice el director, “es completar una trilogía sobre los barrios. ¿Si servirá o no para cambiar las cosas? Esa es al menos mi intención. No hago cine para nada, hago cine para que las cosas tengan sentido”.
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Pero hablábamos de profecías. La entrevista tiene lugar en pleno festival de San Sebastián, apenas unos meses después del asesinato de Nahel Merzouk a manos de la policía. Se diría que la escena que se ve en las televisiones reproduce con una transparencia desusada lo mismo que acabamos de ver en la película. Es más, en una escena de Los indeseables, la gente del barrio asalta la casa de un político que les ha engañado, un hecho que ocurrió de verdad después de verse en el cine como ficción.

“Es curioso. Yo siempre digo que no hay un solo segundo de mi filmografía que no esté basado en la realidad, en lo que he vivido casi personalmente. Y es así. Lo que no me imaginaba es que la realidad acabara por copiar a la ficción, mi ficción”, comenta con una sonrisa entre la ironía y la estupefacción. Y sigue: “Cuando estrenamos Los miserables hace cuatro años, nos sorprendió gratamente que la clase política y el propio presidente Macron se referían a ella como un grito de alarma. Pero vemos que no solo no se ha hecho nada, sino que las cosas van a peor. Todos los políticos han fallado. Se habla de emigración constantemente como fuente de problemas, pero la realidad en Francia es que la policía mata a un joven de los suburbios cada mes. Es pura estadística no parece que vaya a cambiar. Un muerto cada 30 días”. Queda claro.

Los indeseables vuelve a la misma banlieu para detenerse ahora en la clase política ya citada por el director. Se cuenta cómo los habitantes de un bloque de viviendas son desalojados con la excusa del deterioro de sus casas y con la idea de reformarlas. Pero hay truco. Los propietarios son expropiados y reciben una cantidad de dinero en concepto de indemnización que no les permite volver a comprar las casas renovadas, ahora demasiado caras para ellos.

“Bueno, es lo que está pasando en buena parte de Europa. Se llama gentrificación. El barrio en el que crecí se benefició de uno de los mayores planes de renovación urbana de Francia. Las personas que habían vivido allí, y que en su mayoría también habían nacido allí, fueron expulsadas. Eran condominios privados”, explica Ly. “Nuestros padres compraron su piso pagando unos intereses enormes en su momento, más del 15% y, al cabo de 20 años, cuando terminaron de pagar, se les dijo: ‘Su barrio está demasiado degradado, tienen que irse’. Se les pagó poco menos de 15.000 euros y ya. ¡Fue una estafa organizada!”.

La cinta arranca con una secuencia para el recuerdo. De puro desgarradora. Y hasta algo cómica en su desolación. Un ataúd desciende a hombros de los vecinos por una escalera sin duda demasiado estrecha. Pero termina, con el esfuerzo solidario de todos, donde debe. De nuevo, la estrategia consiste en hacer coincidir la fiebre de los personajes con la de la misma cámara. Desde el primer al último fotograma, el trabajo de Ladj Ly responde a una coreografía en trance tan magnética como peligrosamente entretenida. Quiere el director jugar con esa sensación muy cerca del sentimiento de culpa que procura el disfrutar con el más desolador de los panoramas. Y es ahí, en esa fractura, donde se cuela toda la bilis, todo el poder corrosivo de una mirada que hace suyos sin complejos los artificios de una película de género. “Puede sonar pretencioso”, dice Ly, “pero me siento orgulloso de ver que nuestra forma de hacer cine ha sido replicada por otros directores. El problema del cine actual es que siempre son los mismos los que cuentan las mismas historias. Y eso se ve muy claro en Francia. Es necesario que la gente cuente su propia historia, que no sea otro el que venga a hacerlo y la convierta en una caricatura condescendiente”.

El compromiso de Ly con su forma de ver el mundo, el cine y a sí mismo le ha llevado a abrir escuelas hasta en cinco sitios diferentes del mundo. “Las escuelas tradicionales son caras y restringidas a los de siempre. En éstas, todo el mundo, independientemente de su formación es invitado a rodar y a aprender”, dice. Una de ellas, por cierto, se abrió y se cerró (“por inviabilidad económica”) en el distrito madrileño de Vallecas. “Lo cierto”, sigue, “es que con el paso del tiempo ha habido un monopolio de los relatos. Luchamos por tener una voz y que esa voz sea de verdad”.

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Cuenta Ly que es consciente de que las cosas van a peor. “La izquierda francesa vota a la derecha, y la derecha de siempre, a la extrema derecha… Cuando el sistema es corrupto o entras en el molde o te vas”, comenta. Y pese a todo, no hay elección. “Es imposible renunciar a ser quien eres. Quizá si hubiera nacido en un barrio rico mis películas tratarían de yates, de coches lujosos y de problemas amorosos, pero solo puedo hacer lo que hago. Entiendo que tengo una responsabilidad con las generaciones futuras”, sigue. ¿Es el problema de Francia distinto al del resto de los países europeos? “No creo. Sí es cierto que Francia arrastra un pasado colonial de explotación y esclavitud que se niega a reconocer. Francia no quiere disculparse por su pasado y eso lleva a que ahora mismo un continente entero como África no quiera saber nada de Francia”, responde, se detiene un segundo y añade: “Me temo que alguien protestará por lo que acabo de decir. En fin, son cosas que todo el mundo sabe y parece que queramos ocultar”.

Los indeseables llega a los cines justo cuando alguien diría que Francia se encuentra en la más complicada y difícil de las situaciones. Definitivamente, algo de profecía hay en Los indeseables.

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