«Dos 'hermanos' murieron en la guerra, y cuando me sentí vigilado hui de Mali»
El maliense Fili Kanouté pasa por Irun camino de Francia, donde espera poder reunir algún día a su madre y dos hermanos, que siguen en un país que vive un conflicto bélico
Diario Vasco, , 26-02-2024Fili Kanouté tiene 34 años y llevaba una vida tranquila en Mali, si alguien que trabaja a 15 metros bajo tierra extrayendo oro de una mina puede estar tranquilo en su país, donde los derrumbes de galerías están a la orden del día. Hace menos de un mes, más de 70 malienses murieron tras venirse abajo una mina ilegal en Kangaba, al suroeste del territorio. «Un accidente», lo calificó el Gobierno. Asegura que percibía un sueldo de 30.000 francos CFA, poco más de 45 euros, algo menos que el salario mínimo legal. Llevaba una vida «dura», en un sector minero que emplea a «millones de personas». Concretamente, según las cifras oficiales, son más de dos millones el 10% de la población en busca de oro.
Bajo tierra solo llegaban los ecos de la guerra que sacude el norte maliense. Pero, un día, Fili se rompió. «Dos ‘hermanos’ (grandes amigos) murieron en la guerra y mi espíritu se vino abajo. Aquello me partió», cuenta. Huérfano de padre desde «hace muchos años», su madre, una hermana y un hermano más pequeños vivían a 160 kilómetros al norte de Bamako, la capital de un país que ha vivido dos golpes de Estado desde 2020, y donde los combates entre el Ejército y grupos separatistas tuareg se suceden al norte del país.
«Cuando murieron mis ‘hermanos’, me escondí. Pero hubo un momento que la vigilancia llegó al pueblo, y decidí que tenía que marcharme». ¿Pero a dónde? «A Francia, porque hablo francés. No conozco a nadie, pero ahora mismo no pienso en volver a Mali sino en traer un día a mi familia. Se lo planteé a mi madre, y estuvo de acuerdo pero me dijo que primero tenía que ponerles a salvo. Les llevé a un pueblito en la zona de Kéniéba, al oeste. Le dije a mi’ madre que rezara por mí y me fui».
Afectado por la guerra
«Voy a Francia porque hablo francés, no conozco a nadie; quiero recuperar la calma, la paz espiritual. Estoy muy removido»
No tiene claros los tiempos de su viaje hasta Mauritania, donde se subiría a un cayuco para echarse al Atlántico en busca de Canarias. «¿Casi un año? Estaba muy afectado por mis ‘hermanos’ y por dejar a mi familia. Tampoco había preparado el viaje. La guerra me empujó a salir». Finalmente llegó a Nouakchott, una de las principales ciudades portuarias mauritanas. Por supuesto, debía ingeniárselas para tratar de reunir el dinero para el ‘bateau’ (barco). «Había unas obras, y vi que andaban subiendo ladrillos a la casa. Así que me puse a ayudar. Se ve que le caí bien a un hombre y él se percató de que yo estaba mal. Me preguntó a dónde iba. Le dije que a Europa y me contestó que si seguía trabajando me pagaría el pasaje. Cumplió su palabra», aunque antes Fili debió cumplir con su tarea. «¡Ya trabaje, ya!», exclama en la primera de las dos veces que sonríe.
Seis días en el mar
A bordo del cayuco, junto con «unas 50 personas más», pasó «casi seis días. Salimos el 27 de enero y llegamos a El Hierro el 1 de febrero por la mañana. Resultó muy pesado, pero fue bien». Pudo beber agua y comer «galletas, manzana y dátiles». En cuando pudo, lo primero que hizo fue «llamar a mi madre. Le dije que había llegado a España y ella no pudo decir nada. Se puso a llorar, y no podía parar. Lloramos juntos. Ahora está más tranquila, ve que voy dando pasos». Tras unos días en Canarias, fue trasladado a Almería, donde permaneció tres jornadas. «Me preguntaron a dónde iba, y al decirles que a Francia, vine a Irun», tras varias horas de autobús hasta Madrid y luego otro hasta la muga. «Llegamos ayer por la noche (miércoles), dormí en Cruz Roja, y solo puede darles las gracias. Cruz Roja se ha portado muy bien. Y ahora en la plaza, también», en referencia al voluntariado de Irungo Harrera Sarea que trata de asesorarles los pasos para seguir su viaje con seguridad.
Esperanza
«Solo tengo ganas de trabajar, ganar dinero para enviar a mi familia e ir ahorrando para poder traerlos conmigo»
Unas horas antes de cruzar la muga hacia Iparralde, Fili no sabe adónde dirigirse. «A cualquier sitio de Francia», responde. Es la ventaja de ir sin billete ni casi equipaje. «Lo que quiero es recuperar la calma, la paz espiritual. Tengo todo muy removido. No estoy bien. Solo tengo ganas de trabajar, ganar dinero para enviar a mi familia e ir ahorrando para poder traerlos conmigo».
Francia esquilmaba las minas de oro de Mali pero no regala nada. «Confío en mis ganas de trabajar. Está claro que no seré abogado, pero ¿por qué no jardinero? Me encantaría. Los jardines de Europa no son como los de África. Allí no hay agua, debes ir al pozo a sacarla y cargar con ella. Es muy duro. Aquí basta con abrir el grifo». Y de su boca brota su segunda sonrisa de la mañana. «Esta es mi historia», concluye. Ayer, llegado ya a Baiona, emprendió la segunda parte de su vida fuera de las minas y la guerra.
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