Saray, María y Agustina, los rostros detrás de la exclusión social que se ceba (más) con ellas: "Si lo pienso mucho, me machaco"
El desempleo y la brecha salarial, entre otros factores, colocan a las mujeres en algunos extrarradios. Los hogares sustentados principalmente por ellas son los más afectados por la precariedad, en concreto, un 7,4% más que los sostenidos por hombres. Tres mujeres nos cuentan su testimonio.
El Mundo, , 08-02-2024Una mañana a Saray Navarro le dio asco fumar. Hacía algo más de un mes que había roto con su novio. Se hizo el predictor y dio positivo. El muchacho no se desentendía, pero tampoco iba a ser un padre presente. Así las cosas, la ruptura fue firme. Sin familia cerca, con poca cualificación profesional y de baja laboral en su empleo de hostelería, iba tirando en una habitación alquilada. “Pensé en abortar, pero yo quería una familia como la que nunca tuve”, cuenta. Saray (35 años) se cruzó con la fundación Redmadre y la asociación Provida y ahora vive con la recién nacida bajo su amparo. Comparte piso con otra mujer y su hijo, y aspira a conseguir estabilidad personal y económica para su niña. Por el momento, ellos se ocupan de la casa y los gastos. También le han proporcionado lo preciso para la bebé. Ya saben, ropita, cremas, carrito, cuna… “Todo está muy nuevo”, dice contenta.
La precariedad tiene muchas caras, la mayoría de mujeres, como Saray. Según el último estudio de la Fundación Foessa, impulsada por Cáritas Española, ‘Evolución de la cohesión social y consecuencias de la Covid-19 en España’, la tasa de exclusión social alcanza al 20,8% de los hogares. Cuando la sustentadora principal es una mujer, sube al 25,6%, mientras que si lo es un hombre, la cifra es 7,4 puntos inferior (18,2%). Y más: los casos de exclusión más severos afectan casi el doble a los hogares donde los únicos ingresos o los principales los aporta una mujer.
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Comercio y hostelería, sectores feminizados
Una de las razones coyunturales es que esta última crisis ha tenido más impacto en sectores feminizados, como el comercio y la hostelería, pero también hay motivos estructurales: “Las mujeres todavía trabajan en los sectores productivos peor remunerados. No cobra igual un oficial de primera en automoción que en patronaje y confección”, explica Raúl Flores, sociólogo y coordinador del Equipo de Estudios de Cáritas Española. ¿Estar en riesgo de exclusión social es lo mismo que ser pobre? “No tiene solo que ver con criterios económicos. Utilizamos 37 indicadores más allá del dinero, como el empleo, la formación, el consumo, la vivienda, la participación ciudadana, etc.”, matiza Flores. La exclusión, pues, no solo se determina por lo que hay en la nevera (merluza o macarrones), sino por la calefacción, el dentista, estudiar o quedar a tomar un café.
Saray (35 años), madre soltera
Saray Navarro
Saray NavarroJAVIER BARBANCHO
Saray y sus dos hermanas pasaron su infancia internas en un colegio de monjas en Jerez (Cádiz). Cuando cumplió los 18 tuvo que salir con 300 euros como único patrimonio. A su madre las drogas se la llevaron por delante y su padre, ahora enfermo, se pasó media vida de cárcel en cárcel. Las hermanas están cada una en una punta de España, así que Saray está muy sola. Y lo sabe. Padece ansiedad depresiva y trastorno de déficit de atención, pero confía en ser una buena madre. Ha trabajado como auxiliar administrativo, en la limpieza y, sobre todo, en hostelería: “En este piso podré estar 18 meses, que podrían prorrogarse otros 18. Cuando termine la baja de maternidad tendré que buscarme la vida y ahorrar”. No sabe si se quedará en Madrid, “porque está muy complicada”, o si volverá a Andalucía. “Se cobra poco, pero podría conseguir un trabajo en una cafetería. Si gano 800 euros, me da para pagar un alquiler. Con la niña prefiero no compartir piso”, reflexiona. Tampoco quiere pensar demasiado: “Si lo hago, me machaco”.
La bebé, de solo un mes, es su oportunidad para tener una vida nueva. “Ha tenido algún cólico, pero es una niña muy buena. No me quejo”. Piensa también en los pros de su núcleo monomarental y solitario: “La gente se queja mucho de las visitas cuando das a luz. No creo que a mí nadie me dé la lata. Y tampoco tendré que prepararle la comida a ningún marido. Ser madre soltera es duro, pero también tiene ventajas”.
Más desempleo y trabajo parcial indeseado
Otro factor de riesgo para la exclusión social tiene que ver con el desempleo y la inestabilidad laboral. Con respecto a lo primero, los datos oficiales de enero dicen que hay 1.658.887 mujeres en paro, frente a 1.108.983 hombres. La inestabilidad, por su parte, “perjudica a más mujeres que hombres”, así como el trabajo parcial indeseado: “Las afecta tres veces más a ellas”, continúa Raúl Flores. La brecha salarial entre ambos sexos alcanza el 20%, «de modo que para que una mujer gane lo mismo que un hombre, tendría que trabajar 1,5 horas más al día», precisa el experto. Si migrante, media hora más: 10 frente a las ocho de una jornada laboral común.
María (51 años) cobra el Ingreso Mínimo Vital
María Rendón
María RendónDAVID GONZÁLEZARABA PRESS
María Rendón vive en Sagunto (Valencia) y tiene 51 años. Se quedó viuda con tres hijos hace 14, pero no estaba casada legalmente. El seguro de su casa tampoco estaba al corriente y de ahí se nacen dos consecuencias decisivas: no cobra pensión de viudedad y tiene una hipoteca que llama a su cuenta cada mes. Su madre también enviudó con seis hijos, así que no pudo pisar mucho el colegio. Apenas sabe leer y escribir y es un ejemplo de esa inestabilidad laboral: trabajó un tiempo en el servicio de jardinería y mantenimiento de su ayuntamiento, estuvo de interna durante un mes, se ocupó algunas horas en un bar… “Pero llegó el covid y se acabó”, resuelve.
Vive con su hija de 25 años, madre soltera, y su nieta, de dos. Ahora que la niña va a la escuela infantil y no tiene que estar tan pendiente de ella, está buscando trabajo. “Pero no me llaman”, se queja. Sus ingresos se reducen al Ingreso Mínimo Vital que recibe, en su caso, 400 euros, y otros 400 de “la ayuda” que ingresa su hija, ahora desempleada. “Lo primero que hago cada mes es pagar todo y lo que queda, queda. El techo es lo primero”, zanja.
Pero ese dinero da para lo que da, y es poco. Su preocupación principal es su nieta. A María y a su familia de mujeres Cáritas les echa un cable para aflojar el apuro. “Ahora me han dado unas medias y un jersey para la nena y todos los meses tengo 40 euros en cheques para comida en el supermercado”. Así van arreglándoselas, aunque la incertidumbre no desaparece: “Me van a bajar ‘la vital’ a 300 euros y a lo mejor también me quitan los cheques. Hace más de dos años que los recibo y hay otra gente que los necesita, pero para mí es una gran ayuda”, concluye.
La incorporación al trabajo remunerado de las mujeres llegó a España más tarde que en la media de países de la Unión Europea. «Han cotizado menos y por eso, sus pensiones contributivas son un 25% más bajas que las de los hombres. Las que no han trabajado nunca solo pueden acceder a las no contributivas, cuyos beneficiarios son mujeres en un 75% de los casos», analiza el sociólogo de Cáritas. “Esa es la realidad de las mujeres mayores”.
Agustina (66 años), migrante en situación irregular
Asunción Aparicio
Asunción AparicioJORGE ARMESTARARABA PRESS
Agustina Aparicio no es española, pero sí mayor. Tiene 66 años, nació en El Salvador y lleva dos recién cumplidos aquí. Su vida no ha sido nada fácil: “No tengo marido. He criado a mis dos hijos sola. Trabajaba de cinco de la mañana a nueve de la noche y conseguí que se sacasen el bachiller. Fue todo lo que pude hacer”, confiesa.
Vive en Badajoz con su hija y sus tres nietas, de 10, 15 y 16 años. “Ellas llevan aquí cuatro años. Vinieron porque las maras acosaban a las niñas, que ya estaban en edad de ser reclutadas. Nadie quiere ese futuro para sus hijas. Además, allí no hay trabajo”, cuenta. El padre vino también, pero hace tiempo que vive al margen de su familia. “Mi hija trabaja de interna y yo cuido a las niñas”.
Agustina y sus mujeres viven el agravante de ser migrantes. Su hija estuvo a punto de ser deportada, pero ha conseguido hace muy poco el permiso de residencia. Ella, en cambio, continúa en situación irregular, amparada por el recurso que ha interpuesto contra la denegación de asilo que solicitó: “Mientras no se resuelva, tengo asistencia sanitaria y puedo circular libremente”, explica. Si la respuesta es negativa, Agustina tiene otro cartucho que quemar: con el permiso de residencia en la mano, su hija puede pedirla a ella por reagrupación familiar.
Con ella, sin ingresos, y tres menores a cargo, se mantienen con el sueldo de cuidadora interna de su hija: “Pero no nos llega para el alquiler y para todo. Gracias a Dios Cáritas nos ayuda”. Cada mes reciben 100 euros para gastar en el súper. “Después llevamos los tiques”, justifica.
No hace falta una calculadora para adivinar que Saray, María y Asunción hacen muchos números para llegar a fin de mes. Si llegan.
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