Del virus a la guerra

Una final con Calamaro

Diario Vasco, ALBERTO SURIO, 19-12-2022

El fútbol es un gran motor de pasiones y paradojas, Es lo que tienen los Mundiales. El balón sigue siendo una factoría de sentimientos en este mundo nuestro. También de nacionalismos. Los últimos partidos del Mundial de Qatar han devuelto las audiencias millonarias y compruebo un tanto sorprendido el bullicio de los seguidores argentinos por el barrio de Gros para darme cuenta de la descomunal fuerza que sigue teniendo este deporte. Tengo amigos bonaerenses que han llorado como nunca estos días. Siempre me ha fascinado hasta qué punto un juego puede convertirse en un mecanismo tan primario y tan sofisticado a la vez para provocar sentimientos de identidad, felicidad y angustia de la gente. Aficionados, chicas y chicos jóvenes, que han convertido algunos bares de Gros en pequeñas ‘bomboneras’. Tan lejos de su casa, estos jóvenes argentinos han venido a buscarse la vida entre nosotros, como nuestros abuelos lo hicieron allende el Océano. Pasean sus banderas y sus canciones con una inmensa euforia que me parece hasta tierna en su sencillez. «¡No son horas!», les grita una vecina desde un piso alto en esta noche lluviosa de diciembre sin darse cuenta de que es el título, precisamente, de una gran canción de desamor de Andrés Calamaro, el otro icono después de Messi. Siempre Calamaro.

Me alegra mucho de que esta final del domingo enfrente a Francia y Argentina, lo tengo que confesar. Son mis países favoritos y los disfruto de forma compulsiva. Me gustaría que las selecciones que se enfrentan mañana tuvieran un guiño con los valores y los derechos humanos. El reglamento, la FIFA o no se quién lo impedirá, pero a veces hay gestos valiosos y hay que actuar en conciencia a la hora de dar pasos y avances en la historia de la humanidad. ¿Estaremos a tiempo?

Por eso me ha resultado desolador ver los incidentes en Francia en el partido contra Marruecos, con algunos seguidores energúmenos de ‘Les Bleus’ protagonizando incidentes con mensajes xenófobos y racistas. Quiero pensar que son altercados aislados, que la mayoría rechaza esa imagen repulsiva y atroz. Es una marcha atrás y una enorme decepción. No me identifico con esa Francia supremacista y ultranacionalista que se siente superior en el terreno de juego. Me parece todo lo contrario a lo que yo asocio a la civilización francesa de las letras y las luces. Este partido era mucho más que una cita de fútbol. Un derbi de alto riesgo, con muchos ciudadanos franceses de origen magrebí que animaban a la selección marroquí. La tensión se cortaba con un cuchillo.

La final de mañana entre Argentina y Francia destapa con fuerza las pulsiones nacionales latentes
El peligro de determinados instintos patrióticos es que deriven al final en una borrachera de prejuicios que contribuyen a destruir valores de convivencia, de empatía, de unión. Valores de fraternidad universales que siguen siendo tan necesarios como el comer o el dormir. Los insultos reflejan todo lo contrario de lo que yo entiendo que condensan los principios republicanos que sigue representando Francia en la historia, frente a las tinieblas del fundamentalismo.

El color del dinero del negocio del fútbol, ese sí que es el nacionalismo más poderoso
La simplificación de estereotipos nacionales en un campo de fútbol es uno de los ejercicios de reduccionismo más tópicos y más peligrosos en este mundo en el que comprobamos que las guerras actuales siguen necesitando de caldos de cultivo tóxicos para manipular a la opinión pública. La cabeza me dice que, además de deporte, el balón es un gran negocio que mueve miles de millones de euros en todo el planeta. El color del dinero. Ese sí que es el nacionalismo más poderoso y, seguramente, el más sibilino y el más eficaz. Pero sé que el corazón, que encierra su lógica, me va a tender una trampa y me llevará arrebatado a Andrés Calamaro a escuchar por enésima vez ‘No son horas’, a alegrarme con el entusiasmo argentino y a simpatizar con la infinita ilusión que sienten por lograr la Copa del Mundo. Somos así, carne de contradicciones en esta parrilla de la vida.

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