El día que Dalí inventó una religión racista

Una carta inédita del artista a Breton revela el credo sadomasoquista, sin Dios, científico y con elementos hitlerianos que le costó la expulsión definitiva del grupo surrealista

El País, Josep Masssot, 01-09-2022

Cuando Salvador Dalí decía que “Cristo, como creador de religión, era un aficionado”, no bromeaba. El pintor ampurdanés había creado una propia en los años treinta. Lo había apuntado en sus memorias y se lo había contado en una entrevista al escritor y periodista Alain Bosquet, pero nunca dio más detalles que una breve frase en su libro de memorias Diario de un genio: “Precisamente cuando Breton [padre del surrealismo] no quería oír hablar de religión, yo me disponía, por supuesto, a inventar una nueva religión que sería a la vez sádica, masoquista, onírica y paranoica”. Una carta que el pintor envió precisamente a Breton, fechada en 1935 e inédita, encontrada durante una investigación en el archivo digital que conserva una gran cantidad de documentación de Dalí aunque citada parcialmente por el historiador del arte William Jeffett, revela en qué consistía su idea y ofrece detalles, hasta ahora desconocidos, sobre por qué el artista fue expulsado definitivamente del surrealismo en 1939. Breton se la guardó como prueba en su contra.

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Dalí escribe en la carta: “Creo que los surrealistas nos estamos convirtiendo finalmente en curas. Es una idea que me ronda desde hace ya mucho tiempo, hasta tal punto que tengo entre mis proyectos urgentes el de inventar una religión, puesto que no hay curas sin religión”. Una “religión —añadía— esencialmente anticristiana y materialista, basada en el progreso de las ciencias”; es decir, sin Dios y científica.

Dalí diseña su proyecto cuando Hitler, Mussolini y Stalin están en el poder y la ultraderecha asalta el Parlamento francés. La situación es tan grave que André Breton se alía con uno de sus rivales más feroces, el pensador Georges Bataille, para constituir un laboratorio de ideas que serán difundidas por la revista Contre-attaque. El objetivo es combatir el fascismo y, al mismo tiempo, hacer triunfar la revolución proletaria, aunque sin seguir las directrices del Partido Comunista. Bataille cree que si los fascismos están ganando, algo han hecho de forma eficaz para atraer a sus seguidores. Y esta baza está en el ámbito afectivo (hoy diríamos emocional), los mitos, el fanatismo. Por eso concluye que al fanatismo fascista hay que oponer la violencia fanática, “una intratable dictadura del pueblo armado”.

Una de las páginas de la carta que Dalí envió a André Breton en 1935.
Una de las páginas de la carta que Dalí envió a André Breton en 1935.
Dalí no era marxista —menos aún desde que estaba con Gala, rusa que conocía bien la tiranía de Stalin—, pero tampoco demócrata. Creía que para combatir a Hitler, primero había que entenderlo. Para hacerlo, le aplicó su método paranoico, basado en las teorías de Freud y Lacan, a fin de hacer visibles los deseos que la razón y la moral cristiana reprimen y quedan ocultos en el inconsciente. Ya un año antes había imaginado al Führer desnudo con sus correajes militares marcando sus carnes blancas y lechosas, apetecible sexualmente, como la imagen de la nodriza de su infancia, a la que había pintado una esvástica. El peligro era que, a fuerza de aplicar a Hitler sus delirios paranoicos, acabara hipnotizado por su reflejo, lo que en 1934 le había costado la expulsión temporal del grupo surrealista.

Al cristianismo —pensaba Dalí— solo le puede sustituir con éxito otra religión, y la que propone para crear un clima de confusión surrealista es una mezcla disparatada de sus lecturas. Echa al puchero, sin citarlos, sobre todo ideas de la religión científica propuesta por Auguste Comte y de su versión catalana, la Hiparxiologia elaborada por Francesc Pujols, y de su amigo de infancia de Figueres, Alexandre Deulofeu, autor de La matemática de la historia, un cálculo aritmético de los ciclos de los imperios y el ascenso, caída y renacimiento de las civilizaciones, inspirado en Spengler. Pero también añade, además del psicoanálisis, tesis de Bataille, Einstein, Sade o del mismo Breton.

Uno de los grupos de Contre-attaque se denominaba grupo Sade; el otro, Marat. Dalí, aunque al final no se afilió a ninguno, propone en su carta la “aniquilación de la inflación escandalosa del ‘altruismo’ cristiano. No queremos la felicidad de ‘todos’ los hombres, sino la felicidad de algunos en detrimento de otros, pues la opresión, su sufrimiento, es condición psicológica, biológica y física primordial para la felicidad del resto”. Y, según el principio sadiano del placer y el dolor, llega a sugerir “sacrificios humanos, o sea, apoteosis de ‘la injusticia’ en el sentido cristiano de la palabra”.

La religión daliniana era también masoquista. La élite tendrá que hacer algún sacrificio. “Por ejemplo ―sigue la carta de Dalí―, el material de los sacrificios humanos será escogido a menudo entre las jerarquías expansivas e imaginativas, pues la lujuria de la angustia y por tanto de placer, que les ha de procurar la posibilidad de la pena de muerte, es esencial”.

El pintor tenía la cuestionable creencia de que todo fenómeno que perturba las certezas intelectuales es revolucionario, y el nazismo, según él, lo era, un movimiento nuevo —”hiperoriginal”, decía—, que tocaba agitaciones reales, vivas, subestimadas por el marxismo. Incluso dijo que el nazismo era el surrealismo en el poder y la cruz gamada, un objeto surrealista; es decir, su rival en la conquista de lo irracional. “La nueva religión ―detalla Dalí― apoyará moralmente todo movimiento subversivo en el dominio político, al constituir la amalgama anárquica de todas las ideologías prácticamente revolucionarias, incluso si sus aspiraciones llevan etiquetas reaccionarias”. En su delirio, sostiene que las nuevas jerarquías destruirían la distinción entre derechas e izquierdas, “entre el bien y el mal del cristianismo”.

Otro fragmento de la carta de Dalí a Breton.
Otro fragmento de la carta de Dalí a Breton.
La obsesión de buscar una nueva espiritualidad para la humanidad combatiendo la irracionalidad nazi con más irracionalidad llevó a Dalí a su contrario, a un abismo de crueldad antihumanista. El mismo año en que Hitler firma las leyes racistas de Núremberg, el pintor sustituyó la lucha de clases por la lucha de razas. Frente al racismo nazi, opone otro racismo: “El dominio o la sumisión a la esclavitud de todas las razas de color (algo tal vez posible, si todos los blancos se unieran fanáticamente) podría provocar inmensas posibilidades de ilusiones inmediatas a los hombres blancos”.

Solo en 1939, cuando Dalí ya no ocultaba su apoyo a Franco y se había autocoronado líder del surrealismo en Estados Unidos, Breton decidió expulsarle definitivamente del grupo, reprochándole su racismo. “Lo sé por él —dijo Breton— y me tomé tiempo para asegurarme de que su comentario excluía cualquier tipo de humor”. La prueba que guardaba es la carta aquí citada. Incluso tenía otra carta, más cruel e inhumana, de la que no se conserva el original, sino sólo la copia escrita a mano por Breton y que en el archivo está atribuida, “sin duda alguna”, a Dalí. La carta es escalofriante: “Declaro que: al margen de todo sentimiento de piedad y que yo pueda tener una opinión peyorativa de los linchamientos y de las piras más crueles, reconozco que siento un placer real e incluso una excitación sexual considerable en la lectura de tales cosas y no pienso censurar a las multitudes que queman vivos a los negros y los linchan, pues tengo que considerar el placer legítimo que guía a estas multitudes, placer que no tiene que ser al menos inferior al de la realización de un crimen cualquiera”, dejando claro que “me revuelvo contra las ‘odiosas’ razones sociales fuera de toda pasión y de todo placer que están en la base de tales conflictos”.

Al igual que Sade imaginó sus perversiones más infames preso en la Bastilla, los delirios de Dalí no pasaron de ser simulacros y años después, en la España de Franco, tuvo que exhibir un grandilocuente misticismo católico, pero la lectura de sus cartas inéditas son una llamada de atención sobre los peligros del irracionalismo y su deriva anárquico-autoritaria.

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