Katir, un bronce esculpido en sacrificio
Un loco de la poesía, llegó a los cinco años a Huesca, aprendió a correr en un descampado en Mula y tuvo que esperar por la nacionalidad hasta el 2019
La Voz de Galicia, , 21-07-2022Nació en Marruecos, a los cinco años pisó Huesca en busca de una vida mejor, aprendió a correr en la planicie interminable de Mula (Murcia) y la pasada madrugada se colgó una medalla de bronce al cuello, la sexta de toda la historia del 1.500 metros español en unos mundiales.El resumen de los 23 años de Mohamed Katir es sencillo, pero su vida y la de los suyos ha sido dura. Su padre llegó a España en patera y cuando Mo —nacido en la localidad marroquí de Alcazarquivir— tenía cinco años, saltó a la península de la mano de su madre, de origen egipcio. Huesca y el fútbol fueron sus primeros destinos. Se curtió en el frío del alto Aragón y demostró con una pelota en los pies que le sobraba velocidad y le faltaba calidad.
Poco después, los Katir cambiaron el norte por el sur y se marcharon a la localidad murciana de Mula. Por una razón de subsistencia: al patriarca le salió un trabajo de albañil. Y ahí comenzó la historia del nuevo medallista español de la aristocrática distancia.
Katir aprendió a correr solo en un descampado, por los caminos que rodeaban el pequeño lago de la localidad. Hasta que, cuando tenía once años, Cristóbal Carlos, su descubridor, lo vio ganar una carrera en el colegio y le pidió a sus padres que lo apuntaran en el UCAM Murcia de atletismo.
Bajo su manto comenzó a correr en los campeonatos de España de categoría de base, pero ahí surgió otro problema. Aunque llevaba en España toda la vida desde los cinco años, su nacionalidad era marroquí y sus éxitos no computaban. Ganaba, pero no existía. De hecho, tuvo que esperar para obtener la nacionalidad hasta el 2019, cuando su nombre ya no era anónimo, ni mucho menos, en el atletismo.
Para entonces ya había desistido de ganarse la vida de bombero para centrar todos sus desvelos en forjarse un futuro en el mundo del atletismo. Tokio 2020, con un quinto puesto en los 5.000 metros, fue su punto de inflexión, pero a Katir siempre se le tildó de corredor de mitin, no de campeonato. Porque atacaba como nadie, pero naufragaba en las carreras tácticas, hasta que en Eugene su intuición aunó ambos aspectos. Fue paciente para no dejarse llevar por el frenesí inicial de una final que se corrió con el cuchillo entre los dientes y le sobró valentía para meterse entre los favoritos y ganar el bronce con suficiencia. Con un tiempo de 3:29.90 que solo pudieron mejorar el británico Wightman (3:29.23), campeón del mundo contra pronóstico, e Ingebrigtsen (3:29.47), el favorito sin corona.
En la lectura de carrera seguramente tuvo que ver su culto a la introspección, porque Mo cuida su cuerpo y también su mente. Ama la poesía, devora los libros de Antonio Machado y hasta se atreve con unos versos en su cuenta de Instagram: «Converso conmigo mismo en la meditación, me tomo el tiempo antes de la toma la decisión». Un poeta con unas piernas de bronce.
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