Jonas Mekas, el cineasta experimental que dio voz a los exiliados
Nueva York dedica una exposición al director y poeta lituano que inspiró a maestros como Martin Scorsese y Jim Jarmuch
El País, , 05-04-2022iva en el mundo del artista, donde se proyectan de forma sucesiva 11 de sus diarios visuales fragmentados a través de 12 pantallas. Es una alusión a cómo el cineasta estructuraba sus piezas. Es también un espectáculo poético. Cuando uno de los rollos se agota, esa pantalla se funde en negro, hasta que finalmente todas las pantallas se apagan. “Dondequiera que mires, puedes percibir que el cámara adora a la persona que aparece en pantalla. Las películas de Mekas pueden resultar a menudo confusas y difíciles de seguir, pero es admirable la afección que se percibe en cada una de las personas que grababa”, resalta John Leland, reportero de The New York Times, que conoció a Mekas durante sus últimos años de vida.
Entre las piezas proyectadas está Reminiscencias de un viaje a Lituania (1972), considerada por muchos su obra maestra. Narra el regreso a su tierra y el reencuentro con su madre, 25 años después de haber partido. “El mundo está lleno de personas desplazadas en todos los continentes. El mundo está lleno de nosotros”. En una pantalla vemos escenas en blanco y negro de la vida de Mekas cuando llega a Nueva York. Reuniones con otros refugiados, paseos solitarios. En otra pantalla, a color, la vida en Semeniskiai, el pueblo donde creció. La familia y los vecinos reunidos, cantando y bailando al aire libre. El campo y los animales. “Todavía sigo de viaje, hacia mi hogar. Te amábamos, mundo, pero nos hiciste cosas terribles”, dice la voz en off.
Jonas Mekas fue un director de referencia para muchos cineastas, entre ellos Scorsese o Jim Jarmusch, pero sobre todo era poeta. Y es por su poesía y sus libros por lo que lo recuerdan en Lituania. Esto explica por qué la esencia de sus películas fluctúa siempre entre la búsqueda de la luminosidad y la más profunda melancolía. Así narra en Lost, Lost, Lost (1976) sus primeros días en América: “Aquellas eran noches muy largas y solitarias en las que me dedicaba a caminar por Manhattan. Creo que nunca he estado tan solo”. Y prosigue. “No podré olvidar el día de Navidad. No podíamos quedarnos en la casa porque nos sentíamos muy solos. Bebimos cerveza fría. El viento hacía volar pedazos de periódico por una de esas calles de Brooklyn en el final del mundo”. Su obra es muy difícil de imitar; aunque en sus películas parezca que no pasa nada, lo que pasa es la vida.
Mekas no creía en la trama ni en la conclusión. Sus películas están hechas para que se pueda entrar y salir de ellas mil veces, pudiendo ser cada vez el principio. Era su forma de vivir. “A Jonas le gustaba reinventarse a sí mismo. Vivía siempre en presente. Sus obras no eran del año en que estaban hechas, sino del año en que eran vistas”, afirma Leland sonriendo mientras lo evoca.
Mekas creó hasta el final. Aún se encontraba en la edición de su última película, Requiem, cuando murió. Para entonces se había pasado al cine digital, porque siempre estuvo abierto a los retos. La cinta entremezcla imágenes de flores con escenas de archivo de los eventos históricos más trágicos del siglo XX. “Quizá presintió que era su última película y por eso la tituló así. Para mí representa la experiencia de un poeta que ha sido testigo del horror, pero que siempre buscó la belleza”, apunta Brasiskis. “Creía en el poder transformador de la belleza”, matiza Inesa Brasiske.
El pensamiento de Jonas Mekas está más vivo que nunca. “Al final las civilizaciones perecen porque escuchan a sus políticos, no a sus poetas”, escribió en 1962.
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