ESCOLARIZACIÓN
Dos nuevas alumnas en la gela
Barbara, de 5 años, y su hermana mayor Mariia, de 10, estudian ya en el colegio San José de Donostia tras huir junto a su madre del horror de la guerra
Diario Vasco, , 21-03-2022Toca clase de pintura en la gela de cinco años. Alicia, la andereño, reparte folios blancos entre todos los alumnos. Junto a las hojas, unos lapiceros de colores. La tarea de hoy es celebrada por toda la clase: dibujo libre. Lo niños comienzan a pintar un cuadrado, mitad color amarillo, mitad color azul. Es la manera de dar la bienvenida, y que se sientan como en casa, a las dos nuevas alumnas del colegio San José de Donostia: Barbara, de 5 años, y Mariia, de 10. Son dos de las primeras menores ucranianas escolarizadas en el territorio que, tras dejar atrás el horror de la guerra, confían en poder comenzar una nueva vida lejos de fusiles, tanques y bombas.
La inocencia de Barbara le permite irradiar una felicidad impropia de una persona que acaba de escapar de un conflicto bélico. Su hermana mayor transmite un semblante más frío, pero enseguida deja asomar una sonrisa en su rostro en cuanto se mimetiza con los demás niños. Llegaron hace dos semanas a Donostia junto a su madre, Ludmila. Aquí les esperaban su tía, Katerina, y su abuela, Mariia también, que viven en el barrio de Gros desde hace tres años.
En apenas unos pocos días, sus vidas han cambiado por completo. Iban a la escuela y tenían sus rutinas. Pero, de repente, todo eso se acabó. Comenzaron a sonar las sirenas, las bombas empezaron a caer del cielo y tuvieron que huir precipitadamente, con el poco equipaje que pudieron recopilar. Abandonaron Borýspil, una pequeña ciudad de algo más de 60.000 habitantes cercana a Kiev, bajo el asedio ruso para salir de Ucrania junto a su madre, después de recorrer a pie 17 kilómetros hasta la frontera, desde donde alcanzaron un autobús que les trajo hasta Gipuzkoa. Nueva ciudad, nuevo idioma, nuevo colegio y nuevos amigos. Todo nuevo.
La primera barrera para la enseñanza está en el lenguaje. Ninguna de las dos habla castellano. Ni mucho menos euskera. La comunicación, por tanto, tiene que ser en inglés, aunque la interculturalidad de este centro educativo donostiarra permite saltar cualquier obstáculo que se tercie. «En las gelas donde están las niñas hay otros ucranianos que nos ayudan un poco con la traducción cuando nos vemos apurados o no llegamos», explica su director, Iñaki Leunda, dejando de manifiesto que «lo bueno es que tenemos experiencia desde hace un montón de años acogiendo a niños que vienen de situaciones más o menos difíciles».
La acogida de los primeros días ha sido inmejorable. Lo hace saber su madre a través de Katerina, que hace las veces de traductora. «Las niñas están encantadas, les gusta mucho el cole. La gente es muy simpática y los profesores son muy buenos, les ayudan con textos para que lo entiendan todo», sostiene. Leunda asiente y apunta que «tenemos el Classroom con el traductor de Google para que vayan viendo un poco los contenidos, con alguna persona de apoyo que pueda haber». Mariia, por ejemplo, cree que «va a andar muy bien. En matemáticas no creo que vaya a tener ningún problema».
La entereza de las niñas es una de las características que ha asombrado a los propios docentes del colegio, habituados a ver situaciones de toda índole. «Solo el salir de tu país, abandonar tu casa y dejar a tu padre allí sabiendo que hay una guerra tiene que ser dramático para las niñas. Esa era una de las cosas que nos preocupaba, pero estarán ahora con el subidón por ser todo nuevo, con lo que estamos preparados porque en cualquier momento puede llegar un bajón. Pero desde el primer día son una maravilla y una felicidad de niñas», reconoce el director de San José Ikastetxea.
«Quiere ser diseñadora»
En ese sentido, tienen claro que lo primero es que las recién llegadas «estén bien» y «a gusto» y luego «ya llegará el momento de ver qué nivel traen y hasta dónde podemos llegar», académicamente hablando. «Cuando en el recreo juegan y están bien, entonces empezamos a pensar en matemáticas y en todo lo demás. Mientras tanto, no tiene sentido», manifiesta Iñaki Leunda. La mayor, Mariia, incluso ya se ha ido de barnetegi con sus nuevos compañeros. «A nivel de integración de grupo y para conocer a los nuevos compañeros era ideal. Más allá del tema idiomático, ese tipo de cosas hacen grupo».
En el cole coinciden con su primo Makar, un primer apoyo para dos niñas cuyas rutinas se rompieron de la noche a la mañana. Pero la conexión con el resto de compañeros ha sido extraordinaria incluso desde antes de poner un pie en la gela. «Barbara el primer día no vino y los niños me preguntaban a ver cuándo iba a venir la niña nueva. En ese sentido, los críos son una maravilla», explica, recalcando que «aquí no necesitamos la figura esa del alumno embajador que es un poco el que se encarga de dar la bienvenida a los nuevos niños. A estos les sale solo y además mucho más natural que si yo les propongo hacerlo. Automáticamente les sale, y les sale súper bonito además».
A Ludmila, la madre, aún le cuesta contener las lágrimas cuando se le cuestiona por lo que han dejado atrás en su país. «Son momentos muy duros y no queda otra que apoyarnos el uno al otro», dice tras haber dejado a su marido luchando en Ucrania con el que, afortunadamente, pueden mantener el contacto telefónicamente. Prefiere, en cambio, mirar adelante por el futuro de sus dos hijas. «Barbara lo tiene claro, quiere ser diseñadora de moda. Mariia todavía no sabe», relata agradecida por toda la ayuda que está recibiendo por parte de la sociedad guipuzcoana pero, al mismo tiempo, esperanzada de poder regresar algún día a la que es su casa. «¿Volver a Ucrania? Quién sabe… Nadie sabe lo que va a pasar», suspira encogiéndose de hombros.
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