¿Dónde se esconde nuestro fanático?
Diario Vasco, , 16-09-2021El concepto ‘talibán’, además de su acepción concreta relacionada con el movimiento y organización militar del islamismo fundamentalista, se suele utilizar de forma inadecuada para referirse a cualquier fanático intransigente o alguna ideología que defiende de forma extrema sus creencias y determina la acción política, policial y militar a partir de técnicas totalitarias y excluyentes.
La historia nos ha mostrado muchas veces que el par amigo-enemigo, sobre el que Carl Schmitt teorizó en ‘El concepto de lo político’ (1932) y se utilizó para justificar el nazismo, puede hacer que cualquiera, en un momento dado, sea capaz de usar la violencia o tomar las armas para defender ideas, religiones, naciones, razas o privilegios de clase. Así, señalar un enemigo nos define en lo que somos y en lo que podríamos llegar a ser, incluso lo que seríamos capaces de hacer para desembarazarnos de él si desplegáramos un odio fanático sin limitaciones. Es una cuestión muy compleja. Incluso las revoluciones y movimientos de liberación y emancipación, que emplean la violencia defensiva en procesos de guerras y destrucción para garantizar su supervivencia y su derecho a existir, pueden llegar a convertirse en instrumentos de dominación y opresión. Sigmund Freud en ‘De guerra y de muerte. Temas de actualidad’, publicado en plena Primera Guerra Mundial, nos señaló que la violencia no es exterior a la vida sino esencial a ella. Parafraseando a este autor, la civilización podría ser entendida como un sistema de protección de la vida o, por el contrario, como la capacidad para aniquilarla. Lacan le replicaría unos años más adelante con la afirmación: «Ya somos de sobra una civilización del odio».
Esta es una de las grandes paradojas con las que el ser humano se ha enfrentado a lo largo de los tiempos. La ‘pulsión de vida’, de auto conservación y cuidado mutuo y, a su lado, la ‘pulsión de muerte’ –concepto propuesto por primera vez en 1912 por la psicoanalista rusa Sabina Spielrein en ‘La destrucción como causa del devenir’–, de autodestrucción y confrontaciones bélicas. El amor y el odio son intrínsecas a la realidad psíquica y determinan las relaciones con nuestros semejantes.
Más recientemente, Achile Mbembe, conocido por desarrollar la noción de ‘necropolítica’, en ‘Políticas de la enemistad’, reinterpreta los análisis del colonialismo y el esclavismo de Frantz Fanon mencionando que en lo esencial la historia es una sucesión de homicidios de pueblos a pueblos. Y nos dice que podría ser que nuestras democracias hayan sido solo comunidades de semejantes, es decir círculos de separación; que podría ser que la democracia universal liberal siempre haya tenido esclavos, ese conjunto de personas que, de una u otra manera, siempre son percibidas como parte del extranjero, poblaciones excedentes, indeseables, de las que uno sueña con librarse y, por esa razón, total o parcialmente son privados de derechos. Por el momento –añade– baste con repetirlo: nuestra época es de la separación, de los movimientos de odio, de la hostilidad y sobre todo, de la lucha contra el enemigo.
También bell hooks (Gloria Jean Watkins) en ‘Una revolución de los valores’, publicado en ‘Enseñar a trasgredir. La educación como práctica de la libertad’, escribe que hoy en día, vivimos en una civilización que se tambalea. Vivimos en el caos, la incertidumbre sobre la posibilidad de construir y sostener una comunidad. «El mayor compromiso de los personajes públicos que más nos hablan del retorno a valores antiguos es con el mantenimiento de sistemas de dominación: el racismo, el sexismo, la explotación de clases (…) que nos hacen creer que la dominación es ‘natural’, que está bien que los fuertes se impongan sobre los débiles, los poderosos sobre los que no tienen poder». Lo que más le asombra a esta autora es «que tanta gente diga no aceptar estos valores, cuando nuestro rechazo colectivo de los mismos no puede ser completo si prevalecen en nuestra vidas cotidianas».
Martin Luther King, que se negó a alistarse en el ejército y en la década de 1970 criticó con dureza la intervención de EE UU en la guerra de Vietnam (si no lo hubieran asesinado con seguridad lo habría hecho en las sucesivas invasiones de Somalia, Afganistán e Irak), nos enseñó a entender que «si queremos paz en la tierra», nuestras lealtades deben trascender nuestra raza, nuestro clan o religión, nuestra clase y nación.
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