Editorial
En nuestras aguas
Euskadi ha de seguir perseverando en sus políticas solidarias tras la segunda muerte de un migrante en el Bidasoa en menos de tres meses
Diario Vasco, , 09-08-2021La muerte ayer de un migrante en aguas del Bidasoa, al tratar de alcanzar a nado suelo francés para sortear los controles policiales fronterizos, vuelve a poner sobre la mesa, agravada, la problemática de quienes buscan ganarse una nueva vida en las sociedades prósperas y la pierden en una huida de las suyas transformada en odisea. La víctima, cuyo cuerpo fue rescatado del río por los equipos de emergencia mientras otro hombre sí logró llegar a la orilla, es la segunda que fallece tratando de pasar por esta vía a territorio galo tras Yaya Karamoko, el joven de Costa de Marfil de 28 años ahogado el pasado 22 de mayo. Yaya había iniciado su arriesgada travesía vital subiéndose a una patera en Dakhla, el mismo lugar del Sáhara Occidental desde el que partió la treintena de inmigrantes engullidos por el océano hace apenas unos días. El naufragio, provocado por el embate de una ola contra una embarcación muy precaria, se conoció por los contados supervivientes; entre ellos, una mujer que acababa de quedarse sin sus dos hijos. Este drama y el de Yaya, enlazados ambos en un puerto africano, describen descarnadamente las existencias truncadas por la inmigración ilegal. Y cómo la tragedia es tan incontenible, tan devastadora, que acaba llamando a las puertas de la desarrollada Euskadi con dos extranjeros muertos en menos de tres meses al tratar de cruzar por el Bidasoa la muga hacia Francia. Sobrecoge saber que el cementerio en que se han convertido el Atlántico y el Mediterráneo sepulta biografías sin rastro, muchas más de las que consignan las estadísticas con identidades verificables. Y estremece preguntarse aquí, en la casa de los vascos, si el Bidasoa se ha cobrado otras vidas de cuya pérdida no sabemos nada. Como no sabemos de la peripecia letal de la víctima ahogada ayer.
El fallecido pretendió nadar hasta Francia por un tramo de aguas turbulentas, seguramente sin estar al corriente de su peligrosidad. Aunque es difícil persuadir del riesgo que corren a quienes han superado los desafíos de mares y océanos y están impulsados por la determinación desesperada de conquistar la expectativa –ni siquiera la realidad– de una vida que merezca vivirse. Ante la persistencia de un éxodo globalizado, la insuficiente represión de las mafias y la incapacidad de Europa para una política migratoria más compartida y más humana, queda el compromiso doméstico. La solidaridad en la que deben seguir perseverando las instituciones vascas como un bien de todos.
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