EL SINHOGARISMO
Cuando la calle es tu casa
La amistad entre una fotógrafa y un sintecho de Barcelona
La Vanguardia, , 21-06-2021No hay suficiente espacio aquí para elogiar a las fundaciones y entidades sin ánimo de lucro que luchan contra la vulnerabilidad social y el sinhogarismo. La solidaridad, sin embargo, no es patrimonio exclusivo de asociaciones y oenegés. También la practican a título individual un sinfín de personas. Hoy hablaremos de una de ellas, la fotógrafa Gloria Mora. Pero para hacerlo hay que hablar antes de Pablo.
Pablo, de 54 años, es una de las 1.239 personas que cada día duermen en la calle en Barcelona, según el último recuento de Arrels Fundació. Vive desde junio del 2020 en un rincón del Eixample que preferimos no revelar. Tiene la complicidad de los vecinos, que le regalan libros para que los revenda. El otro día un coleccionista le dio 25 euros por un ejemplar de La Vanguardia del 16 de abril de 1931.
La pobreza tiene cada vez más rostros. Engrosan sus filas universitarios, empresarios y personas que jamás se imaginaron en la calle. Es el caso de Pablo, que nació y creció en Sarrià, que estudió en el colegio del Real Monasterio de Santa Isabel, que ha trabajado como comercial, que ha viajado por el mundo, que tuvo un apartamento en Canet de Mar, que se ha alojado en hoteles de lujo… Y que llegó a manejar bastante dinero.
Quienes le reclaman esos trámites pasan cada día junto a él y saben cuáles son sus circunstancias, pero la burocracia es la burocracia. Todo eso y muchas más cosas ha aprendido la fotógrafa, que en estos meses ha hecho un cursillo intensivo de supervivencia urbana y ha descubierto que en la calle no se vive, se sobrevive. En la calle está lo mejor y lo peor…
Dos vecinas del barrio le hacen la colada Pablo. Coqueto, él solo permite que le lave la ropa interior la menos joven de las dos, Graciela, y se reserva las sudaderas para Julie. Sí, en la calle está lo mejor, como ellas o la propia Gloria, pero también lo peor. Borrachos con ganas de bronca y gente sin corazón, capaz incluso de robar a quien solo tiene unos libros.
El toque de queda y las calles vacías le dieron tranquilidad. Lleva un año en este rincón. Un año y ya ha perdido varios dientes. Cree que es de lo mucho que aprieta las mandíbulas cuando duerme. “¿Dormir? Esto no es dormir. Me acuesto a las 22 horas. Escucho la radio hasta la medianoche. De las 0 a las 2 horas descanso. A partir de ese momento me quedo con un ojo abierto, en alerta”.
“Ya no me vuelvo a relajar hasta las 5 o las 6, cuando la ciudad se pone en marcha y sé que, si tengo problemas, al menos habrá gente por la calle. Pero sé que tendré problemas. Lo que no sé es si los tendré dentro de 15 días o de 15 minutos”, explica. Y, justo entonces el destino se empeña en reforzar sus palabras: un joven surgido de la nada comienza de repente a retarle e increparle.
Pablo, un hombre fornido y, cuando quiere, de mirada intimidante, no quiso llamar a la policía. Está acostumbrado. Pero el cronista no le hizo caso y avisó a la Guardia Urbana. Vinieron los agentes 25.105, 27.686, 71.069 y 77.890, que dominaron la situación en un instante. El desconocido, a quien tranquilizaron, resultó tener problemas mentales y aceptó su traslado voluntario en ambulancia a un hospital.
“¿Ves? ¡Todo ha quedado en nada!”, suspira aliviada Mila, de una tienda de modas cercana. “¿En nada? Este es mi pan nuestro de cada día”, responde Pablo. “Tú te irás esta noche y bajarás la persiana, pero yo me quedo. Y cómo puedo saber si este u otro aún peor volverá de madrugada para buscarme más problemas. Yo vivo aquí. Esta es mi casa”, añade mientras abre los brazos, como si quisiera abarcar el vacío, la calle.
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