«Espero que con los papeles no se olviden de mí»

Diario Sur, FERNANDO TORRES / JUAN CANO, 19-05-2021

Brahim camina entre dos amigos. Lleva, casi una excepción, una mascarilla nueva que se baja hasta el mentón para hablar y fumar un pitillo. Cargan a sus espaldas bolsas repletas de objetos que han recogido: zapatillas deportivas, unas aletas de buceo, ropa… Su rostro refleja una victoria a medias. Tiene que volver, pero su mujer y su hija de tres años podrán quedarse. Al menos, de momento. «Espero que cuando tengan los papeles no se olviden de mí», dice en dariya, un dialecto árabe común junto a Ceuta.

Brahim (nombre ficticio) conversa con una militar, que actúa de intérprete. Le cuenta que se animaron a cruzar cuando escucharon que los mejani (fuerzas auxiliares de Marruecos) habían decidido mirar para otro lado en la frontera. Lo hicieron a nado, sorteando la doble escollera del Tarajal, que vive desde la madrugada del lunes una presión migratoria sin precedentes. «Nos dijeron que aquí había gente esperando para atendernos y decidimos intentarlo, pero no es como nos habían contado. Mi mujer y mi hija se han quedado en la Cruz Roja, están bien. Yo debo volver, aquí no hay nada que hacer».

Son las siete de la tarde y, mientras él camina hacia la frontera de Marruecos para regresar a su país, un grupo de compatriotas permanece atrincherado en un roqueo que sobresale del agua, a pocos metros de la orilla. Es la última estación de un viaje que comienza a nado en suelo marroquí. «Saltad ya, esto no sirve de nada, tenéis que volver», les explica en su idioma un militar de los Regulares del Ejército de Tierra. Desde el pedregal, uno de los jóvenes le hace ver que su determinación es mayor que el miedo. «Dice que prefiere morir aquí que vivir en Marruecos», aclara el soldado. Brahim ya ha asumido esa derrota. Los chavales lo harían luego, al subir la marea.

La frontera marítima del Tarajal la conforman dos escolleras que ayer amanecieron tomadas por el Ejército y la Legión, con tanques y todo. El espigón sur es el de Marruecos. Es el brazo más largo, el que entra en el mar y el que estos días han sorteado más de 10.000 personas ante la relajación (o mejor, dejación) de la vigilancia marroquí. A 200 metros está el espigón español, algo más accesible, que se puede escalar sin apenas mojarse. Los dos pasos de rocas están alambrados. A un lado, el marroquí, aguardan unos 2.500 migrantes, entre los que han sido devueltos y los que aspiran a cruzar. Al otro, un retén militar y de las Fuerzas de Seguridad dispuesto para impedírselo, pero también socorrerlos.

Entre las dos escolleras hay 200 metros de playa, la ‘zona restringida’, una especie de limbo que, en la práctica, controla la Guardia Civil. «Es suelo español, ahí mandamos nosotros», reclama un agente sabiendo que lo que se juega en el Tarajal es algo más que una cuestión humanitaria. «Algunos chavales te dicen que esto no es migración, es invasión. Y no les falta razón. Es una demostración de fuerza de Marruecos. Y una advertencia: cuando queramos, tomamos la ciudad», añade otro funcionario, saturado por el cansancio y enrabietado. «Esta semana se ha puesto en tela de juicio la soberanía de la Ciudad Autónoma de Ceuta», se lamenta otro agente local.

Jóvenes, muy jóvenes

El panorama de las calles es fantasmagórico. Pequeños grupos de chavales deambulando sin rumbo. Jóvenes, muy jóvenes, con una bolsa donde llevan sus únicas pertenencias. Algunos llevan camisetas del Madrid o del Barça, incluso de la selección española. Cuesta encontrar a un ceutí por la ciudad. La mayoría de las tiendas están cerradas y en los colegios apenas hay alumnos. Los Cuerpos de Seguridad han pasado la noche atendiendo llamadas por intentos de ocupación de inmuebles y locales comerciales vacíos, además de otros problemas de orden público.

Pero donde unos ven una invasión, también se puede ver una huida desesperada del hambre, como la de un quinceañero aterido, literalmente en los huesos, al que ni la manta térmica de la Cruz Roja le quita el frío. O unos subsaharianos que, tras un viaje mucho más largo, hacen una sentada en la playa y se niegan a marcharse hasta que los invitan a levantarse (otro eufemismo) los uiperos de la policía (los antiguos antidisturbios) y los GRS de la Guardia Civil. Igual que quienes antes criticaban las devoluciones en caliente, ahora las justifican tildándolas de «inmediatas».

«Ahora estamos consiguiendo controlar la situación – algunos jóvenes inmigrantes intentaron cruzar hasta cinco veces, sin suerte para ellos – , pero esta mañana eran tantos que se te escapaban por todos lados, era imposible», reconocía ayer tarde un militar sin abandonar la formación.

Al caer la tarde, el trasiego en la alambrada española era constante. Algunos volvían completamente secos después de pasar la noche deambulando por las calles de Ceuta sin saber a dónde ir. Llevaban a cuestas, como Brahim, todo lo que habían pillado por el camino. Hubo hasta quien volvió con un televisor o maletas. Otros, los atrincherados en el pedregal, pasaban tiritando de frío, pensando que quizá, tendrían que haber desistido antes. Pero para los miembros de Cruz Roja el lenguaje no tiene suficientes adjetivos, como ese abrazo de una voluntaria a un joven subsahariano porque lloraba desconsolado por su amigo, al que otros compañeros trataban de reanimar para sacarlo de la hipotermia.

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