Biden denuncia el «racismo sistémico» de su país

El presidente se propone utilizar la memoria de Floyd para introducir cambios legislativos con los que reformar los cuerpos policiales

Diario Vasco, MERCEDES GALLEGO Corresponsal en Nueva York, 21-04-2021

El presidente estaba con el alma en vilo. «Lo hemos seguido al minuto», le confesó a la familia de George Floyd. A diez días de que se cumplan los primeros cien de su presidencia, Joe Biden sabía que el país que gobierna era una olla a presión a punto de estallar. ¿Cuántos abusos más, cuántas masacres, cuantos negros asesinados a la luz del día por la policía puede aguantar la opinión pública? «¡Ya basta!», ordenó al dirigirse a la nación. «Ya basta de asesinatos sin sentido».

Lo de Floyd fue eso, «un asesinato», ahora se puede decir con la boca llena, porque un jurado lo ha determinado así después de escuchar durante tres semanas a los 45 testigos que han desfilado por el tribunal de Minneapolis. Su verdugo, Derek Chauvin, ha sido declarado culpable «y no de un cargo, ¡sino de tres!», celebró el mandatario cuando llamó para prometer que esto será solo «el primer paso» para acabar con «el racismo sistémico que mancha el alma de nuestra nación».

Y es que el mandatario sabe lo que mismo que todos los afroamericanos, que lograr la condena de un policía «es demasiado raro». Si para que se le condene tienen que darse las extraordinarias circunstancias de que una muerte tan depravada se filme al completo en un vídeo de casi diez minutos donde la victima muere a cámara lenta y hasta los superiores del policía testifican en su contra, ver a Chauvin esposado no es un gran consuelo.

Nadie quiere ni imaginarse qué hubiera pasado si en vez de Biden fuese Donald Trump el que estuviese ayer en la Casa Blanca, pero desde luego todo el mundo sabe que no hubiera llamado a la familia de Floyd para decirles «ojalá que pudiera estar ahí para daros un abrazo». El tono tiene que venir acompañado de una reforma judicial que traiga «el verdadero cambio» que anoche prometió al país.

«Hace falta reconocer y confrontar de frente el racismo sistémico y las disparidades raciales», dijo a sus conciudadanos. Todo el mundo sabe que tropezarse con la policía tiene resultados muy distintos para un afroamericano que para un blanco. Por eso quiere que el nombre de George Floyd quede para siempre asociado con el cambio profundo que introduciría una ley en su honor que reforme los departamentos de policía, confronte las malas conductas de los agentes y restaure la confianza de las minorías en las fuerzas del orden. Un trabajo de diario para cambiar «tanto las mentes y los corazones, como las leyes y las políticas», anheló. «Solo entonces se habrá hecho justicia con plena igualdad a todos los estadounidenses».

Hace falta abrir la válvula y permitir que escape lentamente la tensión, antes de que vuelva a estallar con el próximo vídeo de brutalidad policial que se haga viral. Biden sabe que hay un «momentum» que aprovechar, pero para que el país se redima es necesario reconocer lo que no pudo decir Barack Obama, ni reconocería nunca Donald Trump: que el pecado capital de Estados Unidos sigue presente, por mucho que el país quiera presumir de valores democráticos en el mundo. «La batalla por el alma de esta nación ha sido un constante tira y afloja durante más de 240 años, una guerra constante entre el ideal estadounidense de que todos hemos sido creados iguales y la dura realidad del racismo que durante tanto tiempo nos ha dividido», admitió anoche el nuevo presidente. «Ha llegado el momento de unirnos y desterrar el odio».

Ya no es solo Floyd el que se ha quedado sin aliento, Estados Unidos no puede respirar. No hay más remedio que cambiar la trayectoria, pero ni siquiera Biden tiene claro que sea posible. «Es mi esperanza y mi rezo para que estemos a la altura», suspiró.

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