Cinco años de 'fake news' llevaron al Capitolio

La campaña de Trump en las redes se aprovechó del interés colectivo que despiertan sus insidias y creció con los intereses de algunos legisladores

Diario Sur, MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL, 08-01-2021

nueva york. Fue la crónica de una revuelta anunciada. Mucho antes de que el mundo se pegara a las pantallas para seguir la sublevación de los trumpistas, las imágenes del Capitolio ya llevaban ocho meses en la web. Pero no las del Capitolio de Washington DC, sino las del Capitolio de Michigan, donde los fanáticos del presidente ensayaron la toma en pleno confinamiento tras leer su consigna en las redes sociales: «¡Liberad Michigan!», tuiteó el mandatario.

El plan incluía también secuestrar a la gobernadora, juzgarla sumariamente en un zulo y ejecutarla «por sus crímenes contra la Constitución», declararon los detenidos. Que nadie se sorprenda si ese plan abortado por el FBI se extrapola un día a la escena nacional. El asesinato de Biden arroja ya 60 millones de resultados en Google y aún no ha sido investido presidente. Su mejor seguro de vida es haber elegido a Kamala Harris como sucesora, porque las milicias de ultraderecha no soportarían dar el poder a una mujer negra.

Los verdaderos instigadores de la revuelta no estaban el miércoles en las calles saltando barricadas y rompiendo las puertas y ventanas del Capitolio, sino dentro, sentados en los asientos del Congreso donde han dado alas a las acusaciones de fraude del presidente por sus propios motivos personales. Son, decía el académico Lawrence Douglas, profesor de Derecho, Jurisprudencia y Pensamiento Social en Amherst (Massachusetts), «productos de universidades de élite como Yale, Harvard o Princeton». Sus señorías eran «totalmente consciente de que Trump ha perdido las elecciones pero por oportunismo han elegido aliarse con él para asestar un ataque potencialmente mortal a la democracia».

La turba llevaba cuernos de vaca y chalecos de piel, peones de quienes les han instigado por las televisiones y las redes sociales. Como los hutus que masacraron a los tutsis en el genocidio de Ruanda respondían a las arengas. Varios de esos legisladores elegantemente vestidos cambiaron de opinión tras sentir el miedo en el cuerpo, pero 138 diputados y siete senadores aún objetaron los datos electorales.

Mientras el populismo de Donald Trump siga amasando votos en las urnas y audiencias televisivas no le faltarán titulares ni políticos oportunistas que le den la razón. Para entender lo del miércoles hay que remontarse a junio del 2015, cuando Trump, con Melania del brazo, se puso frente a una hilera de cámaras para arremeter contra mexicanos y musulmanes al anunciar su candidatura presidencial. Había nacido una estrella.

Ningún analista apostaba entonces por el magnate de ‘reality show’ al que los medios trataban como un payaso, pero al que a la vez dedicaban riadas de tinta y tiempo en el aire – 2.000 millones de dólares en publicidad gratuita, estimó SMG Delta – . Otros 21 candidatos con mucho más peso eran ignorados. La adicción a Trump acababa de comenzar.

Ahora, cinco años después, a EEUU y al mundo lo devora su propio Frankestein. Ni Facebook ni Twitter suspendieron sus cuentas hasta que vieron la toma del Capitolio, cuando ya era demasiado tarde. Como tampoco Mitch McConnell desestimó públicamente las acusaciones de fraude hasta que el miércoles vio perdidas las elecciones de Georgia, con las que esperaba mantener el control del Senado. Si el «America First» de Trump resuena en cada uno de los 74 millones de votos que obtuvo el 3 de noviembre es porque el «primero yo y solo yo» es un mal muy extendido.

Trump había denunciado a través de Twitter – su medio favorito – el fraude electoral al menos 70 veces antes de las elecciones, consciente de que cuanto más se repite una mentira, más verdad se hace. Con la ayuda de las redes sociales eso es más cierto que nunca. Llegados al 3 de noviembre, sus seguidores tenían muy claro que el único voto fiable era el que depositaran en las urnas el día de autos. Por contra, los votantes de Biden, temerosos del virus, preferían depositar la papeleta por correo. Buzones que fueron convenientemente desmantelados – como las máquinas de Correos y el sistema postal – , por uno de sus leales, el multimillonario Louis DeJoy, al que en mayo puso a cargo de Correos para sabotear el vehículo electoral.

El plan siempre fue declararse ganador a primera hora de la noche, cuando los votos presenciales le dieran la victoria, y deslegitimar todo lo que llegase después en el recuento tardío del voto por correo, que en algunos Estados clave como Pensilvania podían llegar hasta tres días más tarde. Al final, de las 62 demandas que ha interpuesto solo una fue aceptada, pero apenas sirvió para apartar mil de votos en Pensilvania. Muchos de esos jueces los había nombrados él mismo, pero no compraron las acusaciones.

Donde sí triunfaron fue en las redes, donde ayer se acusaba a la policía del Capitolio de haber dejado entrar a manifestantes de Antifa para hacerse pasar por seguidores de Trump. La prensa daba fe de que algunas camisetas que vestían los furibundos manifestantes con gorra roja llevaban impreso la fecha del 6 de enero como el comienzo de la «Guerra Civil». En las mismas redes la primera congresista de QAnon, Marjorie Taylor, a quien Trump subió hace tres días a uno de sus mítines, había advertido que la única vía que les quedaba era la «violencia en las calles».

Quienes llegaron a Washington desde todas partes del país estaban listos para el asalto, a la espera de una orden del comandante en jefe: «Este atroz ataque a nuestra democracia no se puede tolerar. Descended sobre el Capitolio». Costó la vida a cuatro personas, víctimas de la guerra de desinformación. El 45% de los republicanos, según una encuesta de YouGov, estuvo de acuerdo. Había que defender unos resultados electorales que, además, el 77%, según otra encuesta de Quinniapiac, cree fraudulentos.

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