Amarás al prójimo como a ti mismo

Diario Vasco, SANTIAGO ERASO, 30-12-2020

Más allá de nuestras propias convicciones, creencias o dudas sobre la existencia de algún dios determinado, la tradición cristiana es parte sustancial de las complejas identidades europeas. Seamos creyentes, agnósticos o ateos su herencia simbólica, legado religioso, presencia social e influencia institucional componen lo que el filósofo Alain Badiou llama ‘cristianismo latente’ y, de una manera u otra, la llevamos inscrita en nuestro subconsciente cultural.

«Amarás al prójimo como a ti mismo» es el precepto que mejor resume el espíritu de la Navidad, la alegría por el nacimiento de Cristo. En ‘Carta a los romanos’ san Pablo abunda más en ese mandato y subraya que la única deuda con los demás es la del amor mutuo: «El que ama al prójimo ya cumple toda la Ley de Dios», insiste el converso de Tarso, conocido como ‘apóstol de los gentiles’, el de todos aquellos que no pertenecían al pueblo elegido, en su sentido bíblico, referido exclusivamente a los judíos.

A lo largo de la historia, esa originaria concepción sagrada de ‘pueblo elegido’ se ha hecho consustancial a otras religiones, estando esta ‘elección’ relacionada con el surgimiento de las naciones modernas. Esto es evidente en el caso de Israel con el judaísmo, pero también en Gran Bretaña con la concordancia que la corona establece con la iglesia anglicana; el sintoísmo con el emperador de Japón o el Dalai Lama con el budismo tibetano, por citar algunos ejemplos. En el caso español –mejor dicho, de los reinos de Aragón y Castilla–, la primera vinculación histórica entre catolicismo, pueblo y nación se inició en el siglo XV cuando se produjo la expulsión de los judíos y los musulmanes, y la posterior expansión colonial y religiosa en tierras amerindias. Es a partir de este punto de la historia cuando el nacional-catolicismo hispánico comienza a tomar cuerpo ideológico y, en buena lógica, cuando el generoso «amaos los unos a los otros como yo os he amado» pronunciado por el buen Jesús se convierte en amarás a los tuyos por encima de todo. Entonces, ese ‘otros’ universal, esa «comunidad fraternal» se reduce a un nosotros defensivo.

Hace unos días Santiago Abascal, líder de Vox, se presentó en Arrecife para arremeter contra las emigrantes africanas que, huyendo de la pobreza, las guerras y el hambre pretendían llegar a las costas canarias para conseguir mejores condiciones de vida. Ni corto ni perezoso, rodeado de abundantes enseñas y símbolos nacionales, les acusó de invasores. Lanzó esas arengas racistas haciendo caso omiso de la propia historia de España, que ha sido una de las empresas coloniales más importantes de la historia moderna, y por tanto invasora y explotadora de parte de África.

Cuando estos días de excesos lumínicos callejeros, parafernalia consumista y algarabía social, leo las noticias de la muerte de varios inmigrantes en el incendio de una nave industrial abandonada en la periferia de Badalona, me viene a la memoria la historia del Portal de Belén. Aunque Jesús naciera en Nazaret, las representaciones que las leyendas, relatos y la historia del arte nos han legado del nacimiento del hijo de Dios se localizan siempre en un pesebre de pobre condición a las afueras de un pueblo llamado Belén. Allí, sus padres, escapando de la ira del rey Herodes que quería a toda costa eliminar al nuevo ‘rey de los judíos’, hicieron un alto en el camino para descansar en su huida hacia el exilio en Egipto.

Los fallecidos en Badalona y sus más de cien compañeros supervivientes, obligados por la dignidad robada a la que son sometidos por el sistema, ‘habitaban’ la lonja como último refugio posible, en una especie de trágico tránsito de supervivencia. Pues bien, el máximo mandatario de esa ciudad catalana, Xabier García Albiol, dirigente del PP –otro partido que se reconoce católico– y acreditado xenófobo, ha culpabilizado a los emigrantes de las causas del incendio y muerte de sus compañeros. Como estos desdichados, Jesús, María y José entraron y ocuparon el establo para guarecerse sin permiso de la policía ni autorización judicial como, refiriéndose a los ‘okupas’ subsaharianos, denunciaba el insigne alcalde.

La huida a Egipto de la Sagrada Familia es una de las muchas metáforas sobre la diáspora que se repiten cuando la condición de pobre va unida a la de paria. Es decir, cuando la clase social a la que se pertenece impide viajar en primera o comprar una casa y obliga a hacerlo en patera y a vivir perseguido porque no se tienen recursos suficientes para acceder a un trabajo y vivienda dignos, aunque te conviertas en un ser ‘ilegal’ privado de cualquier derecho. No me cabe duda que, si fuéramos fieles a los preceptos cristianos, esas vidas perdidas en el mar canario o abrasadas en Badalona deberían haber tenido la oportunidad de aspirar a una vida vivible que no fuera un continuo sufrimiento, desplazamiento o muerte, como fue la de Jesús de Nazaret.

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