POR SI LE INTERESA
La historia, un búmeran
Canarias 7, , 16-12-2020A menudo nos asustamos cuando vemos los estragos que hacen los productos ‘made in China’ en la industria y el comercio español. La insultante competitividad de sus precios hace que, para muchos, la calidad del producto pase a un segundo plano. A la chita callando, sin alharacas, China come cada vez más terreno en las economías occidentales. Y no deja de ser curioso que ahora nos asuste cuando fuimos nosotros, los de este bando del mundo, los que tocamos en sus puertas para obligarles a abrirse y a comerciar. Baste si no recordar las guerras del opio del siglo XIX.
Algo parecido pasó con Japón. Durante 250 años fue un gigante dormido. O mejor, enrocado en sí mismo, en un régimen feudal y medieval, hasta que EE UU se le planta frente a sus costas, en 1853, y le exige, bajo amenazas, que se abra al negocio. Los nipones accedieron a regañadientes a costa de un revolcón interno que puso al país patas arriba, pero, que, a la vez, y ya resueltos sus complejos, les sirvió de acicate para imitar el ‘modus operandi’ de la Europa de entonces y lanzarse a la conquista de otros territorios. Solo hay que recordar el papel que jugó Japón durante la primera mitad del siglo XX. Se la pasó encadenando guerras.
Y ahora nos pasa algo similar con el fenómeno de la inmigración irregular. Europa explotó y abusó de África como si fuera su finca durante los siglos XIX y XX. Les exprimimos como a naranjas y ahogamos su desarrollo. ¿Nos extraña acaso ahora que sus gentes busquen en nuestras tierras el futuro que les cortamos en las suyas? Les debemos solidaridad, no solo por humanidad, sino por responsabilidad histórica.
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