La visita «guiada» de los nazis a uno de sus primeros campos de concentración

A Eugenio Montes y otros periodistas les abrieron «a medias» la prisión política de Oranienburgo en 1934

ABC, Mónica Arrizabalaga, 06-10-2020

Eugenio Montes necesitó animarse y persuadirse con el ejemplo de su paisano Ramón de la Sagra para emprender lo que consideró un deber informativo en 1934. Al corresponsal de ABC en Berlín le habían invitado a visitar « uno de esos campos de concentración en los que el Gobierno de Hitler encierra a los detenidos políticos, a unos por actos consumados de rebeldía, a otros por posibles actos, por sus antecedentes, por sospechas, por vagos temores». Y le disgustaba la idea.

Como el botánico y sociólogo gallego Sagra hiciera un siglo atrás, al informarse sobre el sistema penitenciario de los Estados Unidos, se propuso abrir rejas y observar a los presidiarios, pero sin dejarse invadir por el sentimentalismo. Como don Ramón, buscaría «exactitudes, claridades, ideas limpias». No se apartaría de los hábitos científicos.

Montes se acomodó en el automóvil oficial alemán junto al resto de la pequeña Sociedad de Naciones periodística para la que iban a abrirse «a medias» las puertas del campo de Oranienburgo. «Nos acompañan no, nos guían dos funcionarios del ministerio de Propaganda, portadores del permiso y la contraseña sellada por la Dirección de Policía Política», explicó el periodista español, que iba entre uno francés, un inglés y un chino.

«El inglés nos da, a sus compañeros de viaje, lo que dan los ingleses: cigarrillos y silencio; cortesía y lejanía. El francés nos da lo único que dan los franceses: conversación. El chino nos da una cosa más exquisita, más civilizada que el humo imperial del británico mudo, o el humo verbal del parisien avaro y parlanchín. Una cosa que no es una cosa: su sonrisa. El galo, el ánglico, el celeste. Y en las rodillas, porque apenas si cabemos en el coche, la sombra de D. Ramón de la Sagra diciéndome: “Haz como yo. Toma notas y apuntes. Cuenta y mide. No te exaltes. Mira todo con ojos impasibles como una máquina fotográfica. Y luego, si escribes algo, no le eches retórica ni fantasía al asunto”». Y así describió su visita en 1934 a un campo de concentración nazi, cinco años antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial y se escribiera en la Historia la negra página del Holocausto. Con la concisión y distancia de un cirujano. Este fue su relato:

«Oranienburgo. A la derecha, en una cima, hay un castillo. Bajo el castillo, un poblado. La carretera, en medio. A la izquierda, el campo de concentración. Arquitectura achaparrada de ladrillo. Detrás, una chimenea altísima. Si no fuese por esos dos S.A. que están ahí, fusil al hobro, esto no parecería una prisión. No lo parece, porque no fue construida para eso. Este edificio era una fábrica. Al pararse las máquinas, por la crisis, quedó sin destino. El Gobierno la transformó en penitenciaría política. Eso que hace que la vida sea ahí probablemente más incómoda que una cárcel edificada para su propio fin. Pero espiritualmente, quizás sea mejor para los detenidos. Su aspecto es menos hosco que las cárceles ordinarias. Y los concentrados, tal vez se sientan de paso huéspedes pasajeros.

Pongan ustedes todos los S.A. que quieran, a mirar y remirar las contraseñas, a ver si los sellos de la Policía que autorizan nuestra visita son auténticos. Por fin llega el jefe del campo de concentración. Con un gesto amable: “Entren”.

Un patio grande, enorme, de arena y guijarros. En el centro hay algo que se adivina que debe ser un busto. La cabeza del busto está tapada por un paño negro. Me dicen que representa a Hitler y fue erigido por sus partidarios, sin autorización previa. El führer, cuando lo supo, ordenó, por delicadeza, que lo tapasen. Pensó, sin duda, que a los prisioneros no había de serles agradable su efigie.
Soledad en el patio. El jefe del campo nos conduce a las oficinas. Saca unos libros de contabilidad y nos muestra diversas cifras alineadas bajo diversos nombres; algo así como el debe y el haber de los comerciantes. En una columna aparece un número que representa el peso en kilos de cada detenido cuando entra en el capo. En otra, su peso cuando sale a la calle. Con ellos se demuestra que la libertad y la delgadez se corresponden, por cuanto, si la estadística es verdadera ¿pero hay estadísticas verdaderas? resulta que en los campos de concentración se engorda.

El jefe nos va indicando con su índice las libras de aumento. ¡Qué germánico es esto! Llevamos media hora, y aún no hemos visto a un solo detenido; pero ya nos han enseñado todas las abstracciones.

Otra vez al patio. Ahora la cantina de la penitenciaría. El estadístico uniformado nos enseña la lista de precios. A tanto el bocadillo de jamón. A tanto la cerveza. La cocina. Inmensos calderos: marmitas colosales. Los concentrados se hacen ellos mismos la comida. El jefe coge un plato del vasar, una gran cuchara de palo y nos ofrece la prueba de la sopa. Evidentemente se come mejor en el Adlon. Pero el potaje no es malo. El comedor con bancos de tabla. Seguimos sin ver un solo detenido. En un gran cuadro colgado de la pared hay recortes de periódicos extranjeros en los que aparecen caricaturas, artículos tendenciosos sobre los campos de concentración. En uno de ellos, un nazi gigantesco y brutal castiga a latigazos a los prisioneros. En lo alto del marco, y con letras enormes, este título: “Así se calumnia a Alemania”.

Dormitorios. Interminables filas de literas. La nave tiene un aspecto de barco. Todo limpio y bien cuidado. Piso de asfalto negro, reluciente. Nada hay aquí de hórrido y tenebroso. Sin embargo, uno piensa que esos hombres soñarán que están durmiendo en sus casas, entre sábanas propias y que van a oír pronto un lloro infantil y la voz de una mujer que dice: “Es el niño, que se ha acatarrado”.

Los talleres. Aquí, según nos cuentan, trabajan los detenidos en obras de artesanía. En efecto, vemos a dos o tres jóvenes batiendo suela, dándole a la garlopa. Los presos, cuando ven al jefe de campo y a los dos funcionarios del ministerio, interrumpen su labor, se ponen en pie, extienden el brazo y gritan: “Heil Hitler”.

Por último, una especie de descampado entre alambradas. A un lado un S.A. en su garita, monta la guardia, tercerola al hombro. Ocho o diez detenidos se pasean mudos, silenciosos, melancólicos. Me sorprende que no se paseen de a dos o de a tres, en grupos, en diálogo. Van uno detrás de otro. De pronto uno de ellos se queda parado, gira sobre sí mismo y, por espíritu de contradicción se pone a pasear en dirección contraria.

Casi se ve la calle desde aquí. Se oye el ruido de los automóviles que pasan por la carretera. Rumor de vida. Se ve una casa enfrente y una mujer acodada al balcón. Menos mal. El ver y oír hacen la prisión un poco menos dura.

Pero, ¿por qué solamente encontramos ocho o diez detenidos en un campo donde viven o sufren ochocientos hombres? Le hacemos la pregunta al jefe. Y nos responde que precisamente hemos llegado a la hora en que la gente está fuera trabajando en brigadas, por los bosques y las lagunas.
Pero usted puede hablar -si quiere con cualquiera de los que están ahí.

Sin demasiadas esperanzas de obtener confesiones sensacionales, le digo:

-Pues con ese.

Es un hombre de mirada triste, un poco cansado, como de unos cincuenta y tantos años. El jefe lo llama. Llega, saluda militarmente, se pone enhiesto y grita su: “Heil Hitler”.

-¿Por qué lo tienen aquí?

-Porque han creído que hacía propaganda comunista, distribuyendo hojas clandestinas en las fábricas y en las tabernas. Y no es exacto. Creo que me han confundido con cualquier otro que se me parezca.

El jefe interrumpe y dice que eso es lo que todos alegan. Que es un truco. Adelante.

-Usted es comunista, ¿verdad?

-Primero fui racista. Hace ya muchos años…

Se pone a buscar en su memoria una fecha lejana. Lo siento ausente, en no sé qué añoranzas remotísimas. Pasa un largo minuto.

-… Hace treinta años. Mucho antes de la guerra.

-O sea, que usted fue racista cuando aún no lo era Hitler.

Lanzo, como al descuido, esta impertinencia que los psicólogos llaman, con su idioma púdico, “palabra inductora”. Pero él sigue firme y quieto, cuadrado militarmente, sin mover un músculo ni descubrir un sentimiento. Entonces pienso que es demasiado cruel tener a un hombre así. Debe estar deseando que nos vayamos todos: que me vaya yo, que se vaya el jefe, presente al interrogatorio. Dentro de media hora ya no podrá pasear. Le estoy robando minutos preciosos, de lo único que aún le queda: su soledad, su nostalgia, su doloroso sentir. Me arrepiento un poco de haberme prestado a iniciar un interrogatorio inútil, porque la presencia de un tercero impide la confesión. Y aún si estuviésemos solos los dos, sin un tercero delante, aún así, ¿con qué derecho me pondría a comprar sus confidencias, a arrancarle quejas, yo que no podría darle nada a cambio, nada más que mi profundo silencio?

Eugenio Montes notó que se estaba poniendo sentimental. Ya intuía desde el principio que podía pasarle, cuando se preguntaba: «¿Y hay nada más sentimental que una visita a la cárcel?». Debía ser cosa del atardecer, de las primeras lluvias, se justificaba.

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Las SA utilizaron esas invitaciones a la prensa para proyectar una imagen de disciplina y orden del campo de concentración, ocultando que a menudo los presos eran interrogados y torturados durante horas y que algunos fueron asesinados, según explica Jenny Oertle, del Museo Histórico Alemán. En aquel mismo año de 1934, el campo de concentración de Oranienburgo pasó a manos de las SS, tras la famosa «noche de los cuchillos largos» y la eliminación de las SA. La prisión fue clausurada y los presos transferidos al campo de concentración de Lichtenburg. Posteriormente sería reemplazada en la zona por el campo de concentración de Sachsenhausen.

Oranienburgo tuvo en total unos 3.000 prisioneros durante el periodo en que estuvo abierto. En su mayoría, miembros destacados del movimiento obrero, socialistas, socialdemócratas y otros representantes de la República de Weimar, así como intelectuales y artistas.

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