Ciudadanos

«Viajé a Siria, viví en El Salvador pero más radical es tener hijos»

Karlos Ordoñez Ferrer. Los cuentos del viejo y la viajera de Chalatenango

Diario Vasco, , 15-09-2020

Viajero, guía, cámara. Ha escrito. Ha vivido en El Salvador. En Mozambique. Ha visto la desolación de un mar que se secó ante los ojos de sus pescadores. Trabaja con ilusión en esa realidad llamada ‘Urretxindorra’, las mentorías de jóvenes y familias impulsadas por SOS Racismo. Los sábados publica un relato en Facebook.

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid-3381769898552436&id=100001583763041. ¿Qué es esto?

– La dirección de facebook por si queréis leer el relato que colgué el 5 de septiembre. ‘La viajera’ lo titulé y entre paréntesis puse ‘San José de las Flores, Chalatenango, El Salvador’. Mi blog o lo que sea se llama ‘Idas y vueltas’.

«La madre emigra. Deja a los hijos en su país. Trabaja duro. Para traerlos. Lo logra. Llegan y se sienten perdidos»

– Chalatenango hace frontera con Honduras y San José. Es un pueblo abandonado durante la guerra. Pero, ¿quién es esa viajera que protagoniza tu cuento?

– Juanita Morales, una mujer que ya cumplió los 70 y resulta que ha subido en globo, visitado la tierra de Scherezade y fue tragada por una ballena. Como Jonás y Pinocho. Pero si quieres saber cómo podía viajar tanto desde San José, lee mi relato hasta el final.

– Todos los buenos narradores hacen eso, dejar al que escucha con la miel en los labios… ¿Hacía lo mismo el Viejo Eduardo de ese libro tuyo publicado hace mucho tiempo por una editorial brava y donostiarra, Tercera Prensa-Hirugarren Prentsa, con sede en el 13 de Peña y Goñi?

– Lo publicamos en 2002 y ya está descatalogado y en librerías de viejo. Mi personaje enviaba de forma anónima cuentos a los vecinos de la ciudad. Historias en las que cualquier parecido con la realidad no era, para nada, pura coincidencia. A algunos les gustaba encontrárselos en el buzón. A otros no tanto, así que el Viejo Eduardo acaba ante un tribunal. El juez, aburrido, pide que se dé lectura a las pruebas acusatorias y Eduardo piensa, ¡cuánto honor!

– Llegas en bici al Kiskurra. Un con leche de por medio, háblanos de tu viaje a la orilla de ese mar que ya no lo es, el Aral.

– Si en algún momento os parece que me pongo en plan abuelo Cebolleta con sus batallitas, me cortáis. El asunto es que fuimos a grabar un documental cuando todavía no se sabía que los mares podían dejar de ser mares. El de Aral está (estaba) en Karakalpakstan, una región autónoma de la república de Ubezkistán. Los planes quinquenales soviéticos para el algodón desviaron el curso de los ríos que lo alimentaban. Está reducido actualmente al 10% de su tamaño original. Antes bañaba las puertas de muchas casas de pescadores. Ahora ha retrocedido 14 kilómetros. La sensación de desolación es única. Como lo es, también, la de nuestra ridiculez. No sé si la humana o la de los políticos.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque la primera vez que fuimos, la conservera, destartalada, seguía ‘produciendo’. No había con qué llenar las latas, no había peces en el Aral pero con un gran coste económico los traían, ¡del Caspio!, para hacer ver que algo se mantenía en marcha. Cuando, tiempo después, volvimos, ya la fábrica era un edificio en ruinas, sin actividad; un fantasma

– Tienes que ver en Filmin ‘Homo Sapiens’. Va de eso, de cuán ridículas resultan nuestras máquinas y paisajes fabriles cuando nosotros ya nos hemos ido. Volvamos al hoy; conoces muchos mundos, ¿qué sabes de la realidad del Covid-19 en ellos?

– Sé que es mentira que el virus iguale a los ricos con los pobres. Por mucho que haya infectado también a poderosos y famosos. El rico puede confinarse, el pobre, no. Sé que en Mozambique no cuentan los muertos porque para ellos no es más que otra forma de morir. Sé que en Ecuador los muertos están tirados en la calle. Y que en otros países, la corrupción está sacando buena tajada. Como lo hace en las guerras y en las catástrofes naturales.

– No es mala tampoco esa reflexión tuya sobre la mujer emigrante que para traer a sus hijos se desloma y estos, al llegar, se sienten descolocados, desubicados… ‘des’ todo.

– Llegan niños, adolescentes. Dejaron allá a sus amigos, a su familia, su red social. Bien, se vienen a un país donde les han dicho que no tendrán problemas de idioma. Cierto, se habla castellano. Pero resulta que también otra lengua, rara e incomprensible. No encuentran su sitio, no son ‘uno más’ y empiezan a desarrollar rechazo. A esta sociedad cuyos códigos no conocen. Pero también hacia la madre que los desarraigó.

– Y por eso hay que seguir con ese plan de mentorías. Cuenta…

– Chicos y chicas de aquí que no llegan a los 20 años se reúnen con chavales y chavalas emigrantes de 12 o 14. No para grandes asuntos. Para comer pipas en la plaza. Para ir al fútbol (cuando se podía) o al Aquarium. Para contarles de qué va ser adolescente en este país…

– Me da que tú no tuviste ninguna mentoría para ser padre.

– No. Y juro que es una experiencia más bestial y radical que vivir la guerra de El Salvador o descubrir que aquella gente tan bella que conocí en Siria estaba siendo engullida por un conflicto sin fin.

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