En el muelle de Arguineguín
¿Qué hace falta para que abran, de una vez, las instalaciones militares? Están amontonados, como lo están las pateras y los cayucos
Canarias 7, , 11-09-2020Apretaba el calor. El confort del aire acondicionado al enfilar la autopista del Sur, no cambiaba el presagio sobre lo que podías encontrarte rumbo al muelle de Arguineguín (Mogán). Con todo, el palparlo de cerca superó lo que uno podía imaginarse. A menos de una hora en coche desde Las Palmas de Gran Canaria, te tropiezas con una realidad tozuda, una tragedia de primer orden y un recordatorio de que la inmigración seguirá siendo uno de los grandes problemas del mundo globalizado (o tendente a ser desglobalizado) en el siglo XXI. La única línea que separaba lo cotidiano con aquel hacinamiento inhumano, eran unos pocos efectivos de la Policía Nacional que, a poco que se monte una reyerta con el aumento de la tensión, que la habrá, se verán desbordados.
En el muelle de Arguineguín se vive una situación límite. Un cuadro dantesco recrudecido por la presencia de menores que, ni por asomo, deberían estar ahí. ¿Qué hace falta para que abran, de una vez, las instalaciones militares? Están amontonados, como lo están las pateras y los cayucos que se agolpan junto a ellos; testigos del más dolorido silencio gubernamental. Y desde la Cofradía de Pescadores de Arguineguín asisten atónitos a un episodio lamentable que nadie es capaz de detener. Y que al instante que te aproximes, y valores sus rostros y sus penetrantes miradas con las que saludan desde la más honda tristeza a aquel que se acerque, piensas en este drama humano que bien conoce el pueblo canario en su historia reciente o en el exilio de los que perdieron la guerra expulsados por los golpistas y el fascismo. Solo falta que Santiago Abascal se adelante para hacer propaganda o un mitin desde el sur de Gran Canaria. La inacción se paga cara. Y la ausencia reiterada del ministro de Seguridad Social, Inclusión y Migraciones, José Luis Escrivá, no tiene atenuantes ni justificación que lo disculpe. Esta semana era decisiva para el archipiélago; este reto, sin duda, irá a más.
Ángel Víctor Torres está tardando en acudir. De hecho, podía haber ido la misma mañana de la Fiesta del Pino antes de asistir a la misa en Teror por la tarde. Carolina Darias, la ministra canaria, también está tardando en acercarse para así reportarle de primera mano a Pedro Sánchez lo que está aconteciendo en su imaginado ultramar al que ir tan solo de vacaciones a broncearse y darse un chapuzón. Porque una vez superado, con creces, el delegado del Gobierno, Anselmo Pestana, y la fallida política de comunicación desplegada desde la plaza de La Feria, el problema político está ya en la agenda de Torres y Darias. El mismo partido gobierna aquí como en el Estado. Pero Canarias va camino de ser un pretendido tapón que intente contener el fenómeno migratorio para no causar molestias en la península. «Aguanten, aguanten», soltarán a modo de largas desde los despachos de los ministerios en Madrid mientras el mandamás de turno se ajusta la corbata y observa el tráfico en el paseo de la Castellana. No quieren hacerse cargo, ni les interesa. Aunque estemos rebosados, aunque por cada jornada que transcurra se haga más evidente que las circunstancias se tornan insostenibles. Hasta que en el momento menos pensado brote la desgracia que lleva tiempo vaticinándose. Y entonces será tarde, demasiado tarde.
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