El convulso efecto dominó de Malí
Diario Sur, , 31-08-2020Los países pueden caer como fichas alineadas que, golpeadas por una anterior, se precipitan sobre la siguiente. En los años 70, la teoría del efecto dominó pronosticaba la expansión del comunismo en el Sudeste Asiático por la capacidad de Vietnam de irradiar la actividad guerrillera a través de porosas fronteras. Medio siglo después, Malí se ha convertido en la primera y esencial etapa en el propósito de extender la anarquía yihadista en la región del Sahel. Su debilidad agudiza esa influencia desestabilizadora sobre toda África Occidental. El golpe militar del día 18 es el reflejo de la precariedad interna y la consecuencia del fracaso de Francia, EE UU y la UE, empeñadas en dotarla de cohesión interna.
La brusca destitución del presidente Ibrahim Boubacar Keïta, conocido como IBK, ha sido bien acogida por la opinión pública. Desde hace meses, las manifestaciones en la capital Bamako pedían su salida. El portavoz de ese descontento popular era el clérigo salafista Mahmoud Dicko, un individuo de veleidosa filiación política, capaz de solicitar la democratización del sistema y oponerse a las reformas legislativas que promuevan la igualdad entre hombres y mujeres. El ‘putsch’ ha sido acogido con satisfacción por la población urbana y visto con recelo por la Ecowas, la asociación regional de Estados soberanos. Ayer, el propio Dicko, tras reunirse el sábado su movimiento con los golpistas, expresó su confianza en la junta militar para una transición rápida en Malí y descartó postularse a la Presidencia.
El rechazo a una oligarquía corrupta explica el apoyo a la rebelión. La figura de IBK se vincula a esa elite que se ha beneficiado del saqueo de las ayudas oficiales. París ha mirado a otro lado a cambio de mantener su tutela y poco le ha importado que los depredadores fueran funcionarios civiles o castrenses. En realidad, la sucesión de periodos democráticos y militares no ha cambiado la naturaleza inamovible del estatus del país, una suerte de protectorado galo encubierto, que exaspera a buena parte de la ciudadanía.
Una respuesta al caos interno y la debilidad económica, con el 50% de la población bajo el umbral de la pobreza, son las principales demandas de los aliados del Consejo Nacional para la Salvación del Pueblo, título oficial de la junta militar. Esta crisis también evidencia la impotencia del Elíseo. La insurrección yihadista de 2012 fue supuestamente derrotada por la intervención gala, pero, siete años después, la situación no ha dejado de degradarse e, incluso, complicarse, con la aparición de nuevos actores armados. La denominada ‘Operación Barkhane’, que cuenta con apoyo español, tan sólo ha ejercido una labor de contención, mientras el Gobierno maliense mostraba su impotencia para abordar con garantías una solución global.
La insurrección tuareg tan sólo fue el punto de partida. La actividad islamista en el norte se ha desplazado hacia el centro y sur, invadido Níger y Burkina Faso, y amenaza la seguridad de Mauritania y Senegal, dos países claves para Francia por sus prospecciones ‘off shore’ de petróleo y gas. El incremento bélico es preocupante. Según estadísticas del African Center por Strategic Studies, organismo dependiente de la Secretaría de Defensa de EE UU, los hechos de armas en el territorio sahelino relacionados con Al – Qaida y el Estado Islámico se han multiplicado por siete en los últimos años y han alcanzado el millar en los últimos doce meses. Malí ha sufrido 361 ataques a lo largo de ese periodo.
Pero el problema no se circunscribe a las organizaciones radicales. Como la mayoría de los países africanos, creados por la arbitrariedad colonial, su territorio está poblado por diversas etnias que coexisten en una región de rectilíneas fronteras. El Frente de Apoyo para el Islam y los Musulmanes (JNIM) y el Estado Islámico en el Gran Sahara, las dos grandes milicias presentes en la zona, se relacionan con la minoría ‘peuhl’, tal y como sucede con Boko Haram en Nigeria, y su implicación en conflictos intertribales. La consecuencia más grave ha sido la formación de autodefensas entre otras comunidades como los bambara o los dogon, empeñadas en destruirse mutuamente. La devastación de aldeas y las masacres de civiles se han convertido en práctica habitual, envenenando sus relaciones y dificultando la obtención del necesario marco de diálogo.
La incertidumbre sobre el futuro político del país agrava un escenario de extrema fragilidad. El mundo no parece consciente del sumidero en el que se precipita la región. Mientras Malí mantiene su ‘impasse’, Níger ha declarado el estado de emergencia en los departamentos fronterizos y medio millón de habitantes del norte de Burkina Faso han abandonado sus hogares, acechados por los radicales. Ningún Estado es ajeno al conflicto. Chad, Mauritania y Senegal se han empeñado en una escalada armamentística para enfrentarse al reto yihadista. El Gobierno de Dakar construye una base militar en Goudiry, al este, ante el aumento de la amenaza. Mientras, las piezas del dominó siguen cayendo ordenadas, sin pausa, violentamente.
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