Atuendos

La Razón, 14-06-2006

El ministro Alonso ha decidido entregarles 300 euros a los inmigrantes
ilegales cuando los manda para casa, para indignación de los agentes
policiales que hacen los servicios de repatriación y se quedan a dos
velas. Y es que con esa cantidad un subsahariano puede volver a casa hecho
un potentado y hasta presumir entre la tribu de haber estado en el Mundial
luciendo una camiseta fardona de Ronaldinho comprada en el aeropuerto pero
que da igual el pego, como si se la hubiese regalado sudada el astro
brasileño. Con eso y un poco más cualquiera acaba de alcalde de la aldea o
hasta ministro, sabiendo administrar bien el relato del viaje, como en
aquellos tiempos en los que un español que hubiese estado en París y se
las arreglase para soltar un par de frases de apariencia cosmopolita tenía
suficiente para alcanzar un cargo en el gobierno.
   Yo creo que esa
multiplicación de pateras, kayukos y demás transportes repletos de
inmigrantes desesperados que pensábamos que venían aquí a buscarse un
puesto en el andamio, a lo que venían era al fútbol. Con ese sueño que
teníamos antiguamente cuando éramos Alfredo Landa, del «Vente a Alemania,
Pepe», convertido en «Vente a Alemania, Mohamed, Mobuto o Chin – chun – chao».
Unos se han quedado por el camino y otros han llegado a su destino
arropados por esa aspiración de la aldea global transformada en la ronda
metafísica del balompié. Por eso, mientras los periodistas deportivos se
lo pasan tan bien entre comilonas y micrófonos, a mí me llama la atención
ese interno y paralelo campeonato mundialito en el Mundial de los países
pobres a los que nunca se les tiene muy en cuenta, pero cuyos aficionados
se las arreglan para llegar a los graderíos desde el quinto pimiento y que
compiten por destacar con sus pinturas, abalorios y músicas con las
tendencias estéticas de los favoritos. Es el choque de ese tercer mundo
que sorprende con tintes y aromas de fútbol imprevisto y que al menos
revoluciona el cotarro para poder contárselo a la familia. Una ilusión
gozosa en el paraíso que ya podría imitar la selección española, que
debería haber cambiado hace tiempo de camiseta, con su tristeza de
procesión. Si se piensa en el juego como una sorpresiva fiesta de
disfraces.
   

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