Tarea monumental

Para quienes sufren los males del racismo y la desigualdad, sus vidas no mejorarán con un cambio de símbolos en los espacios públicos por muy necesario que sea

Diario Vasco, DAVID MATHIESON PERIODISTA Y EXASESOR DEL GOBIERNO BRITÁNICO, 26-06-2020

Se han caído una tras otra en las últimas semanas. El movimiento ‘Black Lives Matter’ (‘Las vidas negras importan’), una reacción a la muerte de George Floyd a manos de policías blancos en Estados Unidos, ha tomado muchas formas y una de las más visibles ha sido el derrumbe de unas cuantas estatuas. En muchos casos las figuras atacadas han sido asociadas con el comercio de la esclavitud que llevó a millones de africanos de sus hogares a la miseria. Desde Cristóbal Colón en la ciudad de Boston en Estados Unidos hasta Edward Colston, parlamentario del siglo XVII en la ciudad británica de Bristol, las estatuas han sido derribadas por multitudes enfurecidas. En otros lugares como Barcelona la figura de Colón ha sobrevivido en su zócalo en las Ramblas solo porque la alcaldesa Ada Colau ha prometido una evaluación profunda de su papel en el comercio de esclavos. Otras imágenes han estado bajo escrutinio público como nunca antes: hasta que el Banco de Inglaterra ha decidido retirar todos los retratos de antiguos gobernantes que estuvieron involucrados en el comercio de esclavos. Habrá muchos huecos vacíos en las paredes del banco en los próximos meses.

Como es bien sabido en España, la forma de la memoria histórica puede suscitar un debate muy animado. Toda la historia está escrita para el presente y es así cuando se levanta una estatua. Los memoriales son un reconocimiento público de la gente y de los eventos que parecieron importantes y dignos de elogio en un momento dado. El problema es que los valores y la moralidad de una sociedad cambian. Las personas y los acontecimientos que parecía que valía la pena conmemorar en un momento de la historia pueden convertirse más tarde en un motivo de vergüenza nacional en otra época. Pero incluso cuando hay un consenso sobre los valores del presente como la democracia y los derechos humanos hay mucho menos acuerdo sobre qué hacer con los recuerdos del pasado.

Algunos prefieren negar cualquier complicación del pasado y congelar la historia. Este parece ser el enfoque de muchos en la derecha española en relación con los monumentos que recuerdan la época de Franco –la historia es la historia y no vale la pena el dolor para resucitar el pasado, dicen–. Otros quieren derribar los monumentos que estaban sincronizados con los valores de su tiempo pero que ya no están en sintonía con nuestros propios valores. Esto es lo que ha sucedido con las estatuas de Colón a manos del movimiento ‘Black Lives Matter’.

Un debate sobre el pasado corre el riesgo de ignorar las realidades del presente

El debate es importante porque, como un individuo, cada sociedad debe preguntarse quiénes somos y quiénes queremos ser. La respuesta se puede encontrar de varias formas. La constitución y las instituciones del Estado de derecho aclaran temas muy importantes. Y en una forma muy concreta las estatuas y monumentos que adornan nuestras calles, ciudades y pueblos proporcionan otra respuesta. Está claro que nunca habrá una sola contestación a las preguntas y la diversidad es importante tanto en nuestro debate público como en nuestros monumentos. Pero también está claro que la ética y las normas sociales pueden cambiar.

Algunas de las personas y acontecimientos que fueron reverenciados en el pasado –racistas e imperialistas– ahora no reflejan las creencias de la gran mayoría de la gente decente. Al revés, nos dan vergüenza. Esto nos lleva a la pregunta incómoda: si estos monumentos ya no reflejan los valores de la mayoría de nosotros hoy en día, ¿por qué mantienen posiciones tan prominentes en nuestras calles?

En algunos casos la decisión sobre el camino a seguir es clara. En Alemania hay un profundo consenso sobre el pasado y tiene un único mensaje –nunca más–. En todo el país existen monumentos a las víctimas del nazismo y los horrores del Tercer Reich. No los destruyen ni los dejan en paz. Hay centros de información desde la villa en el lago Wansee cerca de Berlín donde se diseñó la solución final para eliminar a todos los judíos de Europa, hasta el palacio de justicia en Nuremberg donde se llevó a cabo el juicio de los líderes nazis. Muchos de los niños alemanes, por ejemplo, deben completar una visita escolar a un campo de concentración como Dachau.

Una revaluación del pasado es con frecuencia complicada, pero incluso esto constituye solo el primer paso. Aunque es necesaria, no es suficiente, porque un debate sobre el pasado corre el peligro de ignorar las realidades de la actualidad. Para muchos de los que sufren los males del racismo y la desigualdad sus vidas no mejorarán con un cambio de símbolos en nuestros espacios públicos por muy necesario que sea. El verdadero asunto pendiente es cómo recordamos el pasado para llevar a cabo los reformas necesarias en el presente. Como bien saben los simpatizantes de ‘Black Lives Matter’, nos queda mucho por hacer.

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