No puedo respirar

Lo peor del asunto es que el malestar, la calle incendiada, los saqueos y la rabia favorecen al presidente cara a la reelección en noviembre

El Periodico, , 07-06-2020

Suena en el Spotify una desconcertante canción de Billie Holiday que arranca con un toque de trompeta que parece un aullido. ‘Strange fruit’ se titula. Eriza la piel la combinación de voz doliente y letra puñetazo. Habla de “frutas extrañas” colgadas de los álamos y mecidas por la brisa, una escena pastoral del sur norteamericano, frutas con “los ojos abultados, la boca torcida/ el aroma de las magnolias, dulce y fresco/ y de pronto el olor de la carne quemada”. Escrita por el judío de origen ruso Abel Meeropol, la pieza se refiere al ahorcamiento de dos jóvenes negros en el estado de Indiana, el 7 de agosto de 1930, mientras una muchedumbre, compuesta en su mayoría por varones blancos, contemplaba el espectáculo. Una canción bella y terrible a la vez, desempolvada del olvido por la campaña ‘Black Lives Matter’ (“las vidas de los negros importan”) y la muerte incomprensible de George Floyd, en Minneapolis, con la rodilla de un policía en el cuello. “I can’t breath!”, “¡no puedo respirar!”. ¿Qué significa esto?, ¿otra especie de linchamiento? Al parecer, el pobre diablo, de 46 años, a quien acababan de echar del trabajo por haber contraído el coronavirus, había intentado pagar al tendero con un billete falso del 20 dólares.

La muerte de Floyd ha prendido la mecha de la revuelta social. A cada mazazo, un paso de hormiga y vuelta a empezar. A sacudidas. Siempre fue así el avance en los derechos de la minoría negra, que representa el 14% de la población norteamericana. Aunque ya hace casi 200 años de la abolición de la esclavitud, aun cuando el país acometió la proeza de colocar al afroamericano Barack Obama en la Casa Blanca, la servidumbre pervive en otras formas más sutiles, como la marginación social y económica. Con una economía que se fundó en la esclavitud, el racismo sigue siendo el pecado original de EEUU, el gusano escondido en la manzana. La pigmentación, más o menos desvaída, es un dedo que señala: el nombre de tu bisabuelo, de tu tatarabuelo, apareció estampado en un contrato de compraventa, carne y huesos, toneladas de ellos, transportados con cadenas para deslomarse en las plantaciones de algodón, tabaco y caña de azúcar, hombres que represaron los ríos y construyeron el ferrocarril. Ellos y nosotros, iguales pero lejos. La piel negra siempre es sospechosa. Como dijo James Baldwin —pobre, negro, homosexual y gran novelista—, lo del sueño americano será una patraña “hasta que no aceptemos que necesitamos fijar una nueva identidad todos juntos”.

Lo peor del asunto es que el malestar, la calle incendiada, los saqueos y la rabia favorecen a Trump cara a la reelección en noviembre, a pesar de la pésima gestión de la pandemia, el derrumbe de la economía y sus continuos desmanes diplomáticos. Cuanto peor, mejor. Gases lacrimógenos contra manifestantes pacíficos. El zumbido intimidante de un helicóptero militar. Qué bien les sienta a los tiranos la consigna falsa de la ley y el orden. Ojalá Joseph Biden sepa quitar la venda de los ojos a sus conciudadanos.                 

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