Confinados sin hogar

El Covid-19 saca temporalmente de la calle a 172 personas en Donostia, y otras 100 esperan una respuesta u optan por casas abandonadas

Diario Vasco, ESTRELLA VALLEJO, 25-04-2020

Si no tengo adónde ir, ¿qué quieren que haga?». Hasta el pasado miércoles Soufiane Benkhalloug ha estado durmiendo debajo de un puente en el barrio donostiarra de Intxaurrondo. Todos los días excepto uno, que lo hizo en el calabozo tras varias denuncias interpuestas por no cumplir el confinamiento. «Venía la policía y me decía que no podía estar en la calle, pero a dónde querían que fuera», se pregunta este marroquí de 28 años, que acaba de conseguir una plaza en el albergue municipal de Uba. DV visita a Soufiane y a otras tres personas en situación de calle que se alojan en distintos recursos para ver cómo se han adaptado al confinamiento.

El temor a contagiarse de coronavirus está presente aunque no demasiado. Tienen otros asuntos en la cabeza que les preocupan más, como la complejidad de confinarse en un hogar cuando no se tiene. Y precisamente por eso, el estado de alarma y, en consecuencia, los recursos habilitados por el Ayuntamiento de San Sebastián para dar una respuesta a los sintecho son entendidos por estas personas de dos maneras. Hay quienes lo ven como una oportunidad aunque tenga una fecha límite, y quienes se resisten a solicitar una plaza en estos recursos porque ven que cuando todo esto acabe el regreso a la calle será más duro si cabe.

«Con el coronavirus, el Aterpe se cerró y no sabíamos si alguien podría traernos comida a los que vivimos en el Infierno»
YASSINE KHOUADER, 22 AÑOS

«Con el estado de alarma he pasado de dormir en un coche a un albergue. Ahora estoy tranquilo y puedo comer tres veces al día»
FARID ZEKR, 23 AÑOS

La historia de Farid Zekr, de 23 años, es otra de las tantas de jóvenes marroquíes que consiguen llegar a la península escondidos en camiones y que esperan encontrar un lugar en el que labrarse un futuro mejor. Las pocas veces que habla con su familia les dice que «todo bien», pero la realidad es que «esto no es lo que me imaginaba». Desde que llegó a San Sebastián en septiembre del año pasado ha dormido en un coche abandonado junto a otros dos amigos.

Al decretarse el estado de alarma tuvo algo más de suerte que sus colegas y pudo acceder a una cama en el albergue municipal de La Sirena, en Ondarreta. «En el coche pasas frío, es muy húmedo cuando llueve y la policía te despierta. Aquí puedo dormir tranquilo. Me ducho todos los días, hago deporte, como tres veces al día y estoy aprendiendo castellano», dice contento. Hasta que termine el confinamiento, al menos, no tiene de qué preocuparse. El perfil de las personas en situación de calle es variado y hay quien prefiere, como reza el dicho, lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yassine Khouader tiene 22 años y vive en ‘La Fábrica’. Así le llaman a uno de los edificios abandonados del Infierno, donde reside desde que llegó a la capital guipuzcoana el pasado septiembre, y a donde le recomendó acudir un amigo de su padre. El espacio no es muy acogedor pero es muy amplio. En su interior viven unas 70 personas entre la comunidad magrebí y del África subsahariana, y pese a que la higiene y salubridad no sea el punto fuerte de este lugar, se nota que algunos se esfuerzan por tenerlo habitable.

«Lo importante es conseguir una puerta para que no te roben», dice Yassine señalando su habitación que está en la parte de arriba y donde guarda tres crías de gato de poco más de una semana. Con dos de ellas no llegan a un consenso con el nombre, «pero este dice señalando al tercero se llama ’Corona’». No podía ser de otra manera.

Saca varias sillas de plástico y las coloca junto a una de las ventanas, donde entra luz. Hace bueno y la temperatura es agradable, «pero cuando hace viento o llueve al no haber cristales hay mucha corriente y entra todo el agua». Aún así este joven marroquí lo tiene claro. No se quiere arriesgar a «ir a un albergue unas pocas semanas y luego quedarme sin mi sitio». «Cuando saltó el coronavirus nos quedamos aislados y asustados, porque no sabíamos quién se iba a poder ocupar de nosotros», comenta en referencia a las cerca de 70 personas que viven en estos bloques. «No podíamos ir a ducharnos a las cabinas de la Zurriola, tampoco a por comida, ni lavar la ropa…», enumera. «Así hemos estado casi un mes». «Gracias a la Red Ciudadana que ha insistido», los Servicios Sociales del Ayuntamiento les instalaron una lavadora, y hace dos semanas que los bomberos les colocaron una ducha, «aunque el agua sale helada, como la de La Concha», dice sonriente pero en serio.

«Nos decían que no nos acercáramos a la gente, pero los primeros días en el Atano estaban todas las hamacas pegadas»
OMAR ERRAJI, 35 AÑOS

«He estado durmiendo debajo de un puente. Venía la policía y me decía que no podía estar en la calle. ¿A dónde quería que fuera?»
SOUFIANE BENKHALLOOUG, 28 AÑOS

Omar Erraji y Soufiane Benkhalloug tienen plaza en el albergue de Uba durante el estado de alarma
Omar Erraji y Soufiane Benkhalloug tienen plaza en el albergue de Uba durante el estado de alarma / USOZ
Al inicio del estado de alarma, el consistorio donostiarra habilitó 178 plazas repartidas entre el albergue juvenil de Uba, el de La Sirena, Abegi y el frontón Atano III, hoy al completo. Omar Erraji fue uno de los que hizo la cola y consiguió entrar en el último de ellos cuando lo abrieron inicialmente para más de 80 personas. «No entendía por qué decían que mantuviéramos distancia con la gente para no contagiarnos, pero allí las hamacas estaban todas pegadas. Cada vez que te movías tenías que ir con tus cosas porque había robos, peleas, mucho ruido…». A los 15 días fue uno de los 44 ‘sintecho’ que fue derivado al albergue municipal de Uba, para aliviar la carga del Atano. A este nuevo hogar se llevó todas sus pertenencias, que entran en dos mochilas. «Aquí estoy contento, en la naturaleza, y si tengo días tristes al menos tengo mi cuarto». ¿Y cuando todo esto termine? Se encoge de hombros: «Ya se verá».

La voluntaria de la Red Ciudadana de Acogida, Tánit Esnal habla con Farid Zekr, junto a La Sirena/Usoz
La voluntaria de la Red Ciudadana de Acogida, Tánit Esnal habla con Farid Zekr, junto a La Sirena / USOZ
«Convendría anticiparse a lo que está por venir»
Tánit Esnal es voluntaria en la Red Ciudadana de Acogida en Donostia. Hace un año que empezaron con un reparto de comida semanal en un local de SOS Racismo, pero el estado de alarma revolucionó la situación y les obligó a multiplicar esfuerzos.

-¿Cómo recuerda esa semana?

- Como una pesadilla. Los comedores sociales empezaron a cerrar sin pensar en que esa gente se iba a quedar sin comer. También los centros de día, y nos empezaron a llamar cada vez más chicos que no tenían dónde comer. Venían al local a conectarse a wifi y a cargar el móvil. La comida que teníamos previsto repartir en un mes la entregamos en una semana. El coronavirus nos ha cogido por sorpresa a todos, pero creo que se ha tardado en actuar. A nadie se le ocurrió que en ‘la Fábrica’ del Infierno había 50 personas sin duchar desde hace un mes y hemos tenido que insistir para que les pongan una ducha. Como también han tardado en llevar comida adecuada para todos. Unas cajas de lechuga y fruta, como llevaban al inicio, no es suficiente. Ahora ha mejorado pero seguimos complementándola.

-¿Qué ocurrirá con estas personas cuándo el estado de alarma finalice?

-No sé qué tiene pensado hacer el Ayuntamiento, pero el comedor social va a cerrar y eso va a ser un problema. Convendría anticiparse en vez de esperar a que surja el problema y luego intentar solucionarlo.

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