La gran casa de los sintecho
Más de 400 personas conviven desde hace un mes en un ambiente cada vez más denso en dos pabellones de la Feria de Barcelona
El País, , 22-04-2020“Los primeros dos días no te molesta que el del lado hable a las 11 de la noche con el móvil; al cuarto, ya estás cansado. Esto genera tensiones, como pasaría en cualquier casa ", resume Silvia Delgado, responsable de la Cruz Roja de uno de los dos pabellones que puso en marcha el Ayuntamiento de Barcelona el 25 de marzo para personas sin hogar . A este se suma otro pabellón casi exacto al lado. En total, más de 400 plazas (225 y 225) ocupadas por hombres heterogéneos: "Desde una persona de más de 60 años, en situación de calle desde hace muchos años, y que volverá a la calle, a un joven peluquero que acompañamos el otro día en su local a buscar el ordenador ya pagar los impuestos ". Fuentes policiales y gestores advierten que el ambiente se ha enrarecido.
Los hombres (los pabellones son exclusivamente masculinos) conviven desde hace casi un mes en un espacio grande (6.000 metros cuadrados) pero en realidad pequeño para tantas personas, con literas individuales a dos metros de distancia entre sí. "En las noches colocan mantas, desde arriba, para dormir. Pero no podemos tenerlos siempre así: serían 210 cabañas ", explica Delgado, sobre la búsqueda de la intimidad. En el día a día, su lucha es contra el “cansancio” de todos. Para ello han organizado campeonatos de ping-pong, de fútbol, se imparten clases de inglés, de castellano, hay tres televisiones grandes, una biblioteca, hacen deporte … Y tienen un patio al final, donde pueden salir a fumar, a pasar el rato y airearse.
Algunos técnicos advierten de un proceso de “presonització” en las lógicas de los pabellones: colas en el reparto de comida, líderes, grupos … "Me resulta un poco estigmatizador. No necesariamente las personas que están aquí han cometido delito. A cualquier espacio donde hay mucha gente se reproducen ciertas lógicas grupales “, opina Albert Sales, asesor de Derechos Sociales del Ayuntamiento de Barcelona, que admite que es conocedor de la” preocupación "de quienes gestionan los pabellones. “Las personas en estos contextos buscan los más afines, ya sea por lengua o por procedencia o por gustos, se hacen grupos y pueden surgir conflictos”, añade.
De ambos pabellones han expulsado personas por no cumplir las normas, y otros han marchado por voluntad propia. “¿Quién se va ya no puede volver”, indica Delgado. Un pequeño grupo ha acampado de camino a la Feria, sin que de momento se hayan originado conflictos graves. “Es un doble estigma: por ser la población que son, damos por hecho que son problemáticos”, lamenta Delgado. Tampoco se han dado casos de contagios en el interior de los pabellones.
En el día a día, es fundamental ocupar el tiempo. El tabaco, una fuente de tensiones al principio, se gestiona con un estanco situado cerca que los vende paquetes un par de días por semana. También se ha instalado un cajero móvil para los que reciben alguna ayuda y pueden necesitar dinero. Se acompaña a todo el mundo que tiene que salir fuera, se hacen controles médicos, se mide la temperatura … Y se procura que la comida sea satisfactorio. “Marca la rutina”, señala Salas, que explica que la cocina de la Unidad Militar de Emergencias (UME) ha tenido un gran éxito por calidad y cantidad.
Del control en el interior se ocupa seguridad privada. “Un espacio así, de 6.000 metros cuadrados con 200 personas, sin seguridad sería de locos”, afirma Delgado. En lo que ella gestiona, suman 12 personas en el turno de seguridad de día y 7 en el turno de noche. Ante cualquier problema, la primera mediación es de la Cruz Roja. "Y si en alguna ocasión alguien se ha exaltado más de lo debido, la Guardia Urbana es en los alrededores y se ha activado. A veces vienen, entran y se van ", añade. En los últimos días, indican fuentes de la policía local, la Guardia Urbana se ha dejado ver más.
“En circunstancias normales, soy el primero que habría criticado muchísimo este equipamiento. Para combatir el sinhogarismo se requieren políticas de vivienda ", afirma Albert Sales. Pero insiste en que, con la ciudad confinada, suponía una salida para la emergencia sanitaria en que se han encontrado muchas personas. "Era esencial dar refugio. La ciudad vacía es durísima. No permite satisfacer las necesidades básicas y hay riesgos para la salud. Se necesitaba garantizar unos mínimos ".
“Trabajamos con los miedos y la angustia de todas las personas en una situación cada vez más vulnerable”, resume Delgado, que define el trabajo como “muy intensa y muy exigente”. Los que están aquí dentro, insiste, tienen los mismos miedos que todos: si se infectarán, cuánto durará la situación y qué pasará con el trabajo. A esto, se suma el temor de la precariedad, de los trabajos en negro, de los que antes tenían una habitación y ahora ni siquiera podrán alquilarla, de situaciones irregulares … "No es fácil para nadie, ni individual ni colectivamente ", añade Salas. Pero, a pesar de todo, es positivo: “En este contexto, con días mejores y días peores, está funcionando”.
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