24 personas en exclusión social viven en una casa parroquial de Algorta
La humanidad del cura Javier Garay le ha llevado a alojar a mujeres maltratadas, 'menas' marroquíes y varios refugiados venezolanos
El Correo, , 14-04-2020La casa cural de la iglesia de San Nicolás, en Algorta, tiene 24 inquilinos durante la alerta del coronavirus y esperan que próximamente llegue uno más. Se trata de mujeres maltratadas, jóvenes menas, mayores magrebíes o refugiados venezolanos que ha acogido por humanidad el párroco, Javier Garay. De partida, el sacerdote se animó a dar el paso porque «la casa estaba desaprovechada. Es muy grande y estaba solo». Pero llegó el coronavirus y la obligación de quedarse cada uno en su hogar, un asunto bastante complicado para quienes no tienen techo o sufren violencia machista donde residen.
La parroquia de San Nicolás ya trabajaba antes mano a mano con la Fundación Harribide, que entre otros proyectos sostiene ‘Yala’, que en árabe significa ‘Vamos’. «Es un ‘goazen’ en euskera, con la intención de seguir adelante», matiza Garay. Por ese motivo funcionaba un albergue nocturno. Pero ahora, al no estar operativo, se ha convertido en lugar de estancia de una decena de jóvenes magrebíes.
Siempre animoso, el cura considera una bendición la convivencia con estas personas. «Estoy muy satisfecho. Pasando el confinamiento, me doy cuenta de la suerte que tengo, porque es una riqueza tener a estos chicos con los que compartir y echar unas risas». Claro que no todo es miel sobre hojuelas. «También compartimos los problemas, pero es bonito ayudar, recibir y compartir las preocupaciones»
Algunos de estos menas estudian Formación Profesional, así que el cura les ha proporcionado algunos ordenadores para llevar a adelante las clases on-line, y hasta les ha habilitado una sala con pesas y algún aparato para realizar ejercicio físico. Otros son mayores que van a la Escuela Permanente de Adultos y siguen cursos por internet en la casa parroquial. En cualquier caso, todos ayudan, conviven y se encargan de limpiar las áreas de estancia, las habitaciones y demás. Hasta de hacer su comida.
Antes del confinamiento, Garay ya había tejido una red social de colaboración con la fundación, convencido de que «es beneficioso para Algorta y para la parroquia». Y esos colaboradores le han dado sorpresas durante este tiempo de alerta sanitaria: «Han llegado a casa pedidos del BM y Eroski de los voluntarios», recuerda sonriente. Garay resalta que «es mucho lo que recibes de todas estas personas»
También vive allí el venezolano Enio Parra, de 38 años. «Me ofreció trabajar de conserje y estar en la casa hasta encontrar algún otro empleo». Este hombre se lo agradece: «Tener un techo y dónde quedarse, es una bendición».
Los jóvenes, durante una de las comidas.
Los jóvenes, durante una de las comidas. / EL CORREO
Los jóvenes jugando en el patio.
Los jóvenes jugando en el patio. / EL CORREO
Parra llegó de la localidad de Maracucho junto a su mujer y sus dos hijos. La más pequeña tiene cinco años y padece «una enfermedad genética». Sus padres deben cuidarla y atenderla constantemente al ser una niña dependiente. Parra salió de Venezuela, porque «con la situación de nuestro país no hubiese sobrevivido la niña. Por eso tomamos esta decisión radical». Ella entra dentro de ese grupo de riesgo que debe guardar el confinamiento para evitar un contagio. En su caso, puede costarle la vida.
Además del matrimonio, en la tercera planta residen la hermana y su marido. En el edificio, también hay dos mujeres magrebíes, dos madres víctimas de la violencia machista. Residen junto a sus hijos desde que arrancó la alerta.
Clases de castellano
«Se trata de que pasemos el confinamiento de la mejor manera posible», indica el joven venezolano. «Yo solamente he salido a echar la basura. Lo demás, estamos en casa todo el rato». Mientras tanto, los jóvenes norteafricanos tienen una serie de obligaciones diarias. Se organizan la jornada, así como los turnos de limpieza y cocina. «También tratamos de entretenerles un poco y de enseñarles castellano», concluye Parra.
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