Cultura
Martí Domínguez: "Todas las crisis son caldo de cultivo para los totalitarismos"
El escritor recrea en 'El espíritu del tiempo' la vida de un científico que apoyó al nazismo con sus investigaciones
El Mundo, , 06-04-2020La Alemania nazi contó con una Sección de Administración y Economía, así llamada técnicamente cuando era la encargada de la destrucción de los judíos europeos, al igual que contó con una más explícita Oficina de Políticas Raciales, mediante la cual llevar a cabo propiamente esa política racial pero con una base científica. En ambos casos, se trataba de justificar la ideología del nazismo con presupuestos de una racionalidad extrema. “Sospechamos, aunque nos neguemos a admitirlo, que el Holocausto podría haber descubierto un rostro oculto de la sociedad moderna, un rostro distinto del que ya conocemos y admiramos”, señala el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Modernidad y Holocausto.
Dos rostros de una modernidad tecno-científica que los acoge “con toda comodidad unidos al mismo cuerpo”, añade Bauman, para concluir: “Lo que acaso nos da más miedo es que ninguno de los dos puede vivir sin el otro, que están unidos como las dos caras de una moneda”. Martí Domínguez, que además de profesor de Periodismo en la Universitat de València y director de la revista Mètode, es biólogo, ha partido de este último saber para interrogarse por esa inquietante connivencia entre el conocimiento científico y el totalitarismo, en su novela El espíritu del tiempo (Ediciones Destino).
En ella, tal y como se explica en la sinopsis del libro, Domínguez “recrea la vida de un científico austriaco al servicio de la política nazi que, una vez capturado por el bando soviético, es sometido a un proceso de desnazificación y obligado a explicar sus recuerdos, reviviendo todos los horrores cometidos durante el nazismo”. Aunque ambientada en ese periodo infausto, la novela, dice su autor, “está escrita en clave actual”, de manera que conviene no perder de vista que lo sucedido entonces puede volver a repetirse.
“Claro que puede repetirse, quizá no de la misma manera, pero el instinto racista y la bestia humana sigue intacta”, subraya, para ahondar un poco más en ello: “Hay que estar muy atento a todas las resurgencias de la extrema derecha: piensa en Hungría ahora, o en los cincuenta y dos diputados de VOX. Un auténtico peligro, que puede provocar una nueva tragedia europea. Europa es la tierra de Descartes y Voltaire, pero también de Hitler y Franco”.
Da miedo pensar que lo entonces ocurrido convive en nosotros y entre nosotros, agazapado, esperando su oportunidad, de ahí la importancia de novelas como El espíritu del tiempo que vienen a recordárnoslo. “La especie humana lleva consigo los genes que le fueron eficientes para sobrevivir en la selva. La cultura/la ética es un barniz muy fino que la recubre, pero a poco que se la ponga a prueba resurge la bestia humana”, resalta Domínguez, sorprendido por el hecho de que científicos como el protagonista de su novela, e incluso todo un universo académico, fundamentaran o dieran carta de naturaleza al nazismo.
“Sí, mi novela trata cómo el mundo académico alemán participó activamente con el nazismo. Sorprendentemente, hubo muy pocos científicos que se opusieron: salvo aquellos que eran judíos o abiertamente comunistas. Hay algún ejemplo modélico, como [Erwin] Schrödinger, que arriesgó su vida contra el nazismo… Pero es una excepción”.
¿Ahora que estamos padeciendo la pandemia por el coronavirus, se puede hablar de ideas igualmente contaminantes por su capacidad para infectar a colectivos enteros? ¿Cómo se las puede identificar, de qué suelen estar compuestas? “Todas las crisis sociales y económicas son un caldo de cultivo magnífico para los totalitarismos. Con el aumento del paro, y con la incertidumbre, se reforzará el discurso de la extrema derecha. El coronavirus, por así decirlo, viene en muy mal momento”.
En El espíritu del tiempo se habla de cómo situaciones extremas, similares a las que se desencadenan durante la guerra, pueden sacar la parte animal que llevamos dentro, exculpándonos en parte, si bien, como dice uno de los personajes, todos somos un poco culpables porque, llegado el caso, siempre nos pudimos negar a cumplir órdenes. “A eso se acogieron los nazis: a la obediencia debida. Mi personaje no se exculpa, solo intenta comprender cómo es posible que algo así sucediese. Al final, hay una especie de infección masiva de una idea, que de manera hipnótica conduce el pueblo al abismo. ¿Se es culpable? Sí”.
En otro momento de la novela, el protagonista dice lo siguiente: “Yo llevaba semanas alimentándome de insectos y arañas, y no se trata de ninguna exageración novelesca”. ¿Por qué conviene remarcar que no es exageración novelesca? ¿Seguimos dando poco crédito a la ficción cuando, paradójicamente, es ella la que se está quedando corta a la hora de hacerse cargo de la realidad, como estamos viendo estos días? “Los alemanes trataron a los prisioneros rusos como subhumanos, y los dejaron morir de hambre en sus campos de prisioneros. Los rusos, a su vez, se vengaron. Es un periodo de una enorme violencia, sin ningún tipo de compasión por el enemigo”, subraya Domínguez.
Dado que siempre se habla de lecciones aprendidas cada vez que salimos de una gran guerra o, como pasa ahora, de una pandemia, ¿qué lección conviene no olvidar de lo entonces sucedido y que narras en tu novela? “Hay que conocerse a uno mismo. El hombre sigue siendo un gran desconocido para el hombre. Tras la cultura, tras las convenciones morales, tras la ética y la cultura, hay un ser biológico, con un enorme potencial destructor, y de una inmensa crueldad. Por tanto, mejor no ponerlo a prueba”, concluye.
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