Más allá del coronavirus

Con los líderes mundiales preocupados por este virus, no se oyen voces capaces de aportar soluciones para auxiliar a los millones de refugiados

Diario Vasco, CARLOS LARRINAGA, 23-03-2020

Con la declaración de pandemia en todo el mundo y del estado de alarma por el gobierno de Pedro Sánchez a causa del Covid-19 no parecen tiempos fáciles para centrarnos en otros problemas de la actualidad internacional. Soy muy consciente de la gravedad del asunto, sobre todo, porque aún desconocemos muchas cosas de su transmisión. El principal problema, por tanto, es la incertidumbre que genera, al no existir una vacuna capaz de acabar con él y cuando parece que la medida más eficaz es el confinamiento. Al menos, es lo que se ha podido comprobar en China. Admitiendo que la situación es muy preocupante, también he de decir que, en buena medida, lo vinculado con el coronavirus está opacando otros acontecimientos de enorme relieve, a los que posiblemente se les está dando menos importancia de la que tienen. Y, en este sentido, me estoy refiriendo a la interminable conflagración de Siria y a la situación de los refugiados en la frontera greco-turca como resultado de la misma, después de la ofensiva de las tropas del régimen por hacerse con la provincia de Idlib.

Hay que recordar que ése es el último territorio que le queda al gobierno de Damasco por conquistar y podemos pensar que no se detendrá en el empeño. Una vez que ha quedado claro que, de momento, Bashar al-Asad va a continuar en el poder, es normal que quiera tomar esa demarcación. Es lo lógico en una contienda civil, que el bando vencedor aspire a controlar el país entero. En consecuencia, no es extraño que, con la ayuda inestimable de Rusia, las huestes sirias avancen con paso firme. Ahora bien, este progreso de las operaciones militares ha conllevado un desplazamiento de 900.000 personas. Para Damasco y Moscú, los terroristas se mezclan con la población civil y ahí radica el principal problema. Posiblemente sea demasiado decir que todos los rebeldes son terroristas, de modo que el fracaso de las conversaciones de paz hasta la fecha nos ha llevado a esta situación harto desesperada. A este respecto, la actitud de Ankara tampoco ayuda.

Lo curioso es que, en verdad, nunca ha habido una declaración de guerra formal de Turquía con Siria. Algo que no ha impedido que Erdogan se haya implicado en el conflicto desde el minuto uno. Primero apoyando a los insurgentes y después ocupando suelo sirio. Quiero recordar que en estos instantes mantiene a un contingente de forma permanente en el Kurdistán sirio con el objetivo de que no pueda constituirse en región autónoma. No se trata de que el presidente turco quiera recuperar la influencia del antiguo imperio otomano, sino simplemente de su obsesión con los kurdos. Amenazó con intervenir en el Kurdistán iraquí en su referéndum de independencia y luego no dudó en hacerse con el norte de Siria ante la indiferencia de Estados Unidos, cuyos soldados tanta ayuda habían recibido de los combatientes kurdo-sirios en su lucha contra el ISIS.

Millones de damnificados al albur de ejércitos y terroristas huyendo de los horrores de la guerra

En el deseo de mantener su estatus de actor regional y en animadversión declarada a al-Asad –antiguo aliado, por cierto–, Erdogan pretende extender su zona de influencia en Idlib, por ser área fronteriza. Para el gobierno de Ankara, Turquía no puede acoger nuevas personas, porque a día de hoy alberga 3,7 millones de refugiados. De suerte que no ha visto mejor manera que utilizar a estos desplazados para presionar a la UE. Su amenaza de abrir la frontera y permitirles el paso hacia Europa ha generado una grave crisis diplomática entre Ankara y Atenas, que acusa a Erdogan de engañarlos. Se han agravado de esta manera las malas relaciones ya existentes entre ambos vecinos y que últimamente habían empeorado mucho por la pretensión de Turquía de explotar el gas natural del Mediterráneo oriental en menoscabo de los intereses de Grecia y de Chipre. Incluso, el deterioro de los lazos de Turquía con la UE ha aumentado manifiestamente.

En cuanto a Rusia, ha visto en el tablero sirio una oportunidad de oro para reivindicarse como gran potencia y fortalecer así su posición en la región, especialmente, tras el abandono de Estados Unidos. Su alianza con Bashar al-Asad es firme y está dispuesta a llevarla hasta el final. No obstante, la presencia de uniformados turcos y rusos en suelo sirio amenaza con desencadenar una escalada bélica no deseada por ambas partes. Ni Ankara ni Moscú quieren un enfrentamiento directo, tal como se ha visto en la reunión de Erdogan y Putin el pasado 5 de marzo. Sin embargo, parece que no están dispuestos a ceder sobre el terreno y la tensión es evidente. Y, mientras, los damnificados al albur de los distintos ejércitos, los insurrectos y los terroristas, huyendo de los horrores de la guerra sin que nadie parezca ofrecer una solución factible. Con casi todos los líderes mundiales preocupados por el coronavirus, no se oyen voces autorizadas capaces de aportar medidas para auxiliar a esas pobres gentes. Y menos aún para promover un plan de paz definitivo para Siria. Sin duda, no son buenos tiempos para ser refugiado.

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