Trump embarra su propia celebración con un discurso grosero y vengativo

La absolución por el Senado en el 'impeachment' da paso a la venganza contra los miembros críticos de su partido como Romney

Diario Sur, E. B. A., 07-02-2020

En 1999, un día después de que el Senado le exoneró de los cargos de perjurio y obstrucción a la justicia por haber tratado de ocultar su relación sexual con la becaria Monica Lewinsky, el presidente demócrata Bill Clinton se declaró «profundamente arrepentido» y animó a «una reconciliación nacional». Seguramente ni en los mejores sueños cabía esperar una actitud similar por parte del sucesor de Clinton en el deshonor de pasar por un proceso de destitución. Ya desde la mañana Donald Trump confirmó su incapacidad para disfrutar de una victoria política como la que acaba de proporcionarle la absolución por el Senado de los cargos de abuso de poder y obstrucción al Congreso. En la actitud del presidente de Estados Unidos subyace una amargura: es consciente de que todo el mundo sabe que presionó a Ucrania para desacreditar a su rival político Joe Biden; y que solo la mayoría republicana en la Cámara alta le evitó pasar a la historia como el primer mandatario forzado a dejar el cargo.

Era día de Desayuno de Oración Nacional en Washington, un acto que convoca a la clase política cada primer jueves de febrero desde 1953. Y la cita de este año tenía como lema ‘Ama a tu enemigo’. En mala hora para Trump, que no llegaba dispuesto a la reconciliación sino a continuar la guerra. Ante la visible incomodidad de algunos de sus anfitriones y con sonrisa de suficiencia, sostuvo en alto un ejemplar del diario ‘USA Today’ que recogía en su portada el titular «Absuelto». Y a partir de ahí el presidente se entregó a poner en duda las convicciones religiosas de adversarios políticos como Nancy Pelosi o Mitt Romney. «No me gusta la gente que utiliza sus creencias como justificación para hacer algo que sabe que está mal», dijo de su compañero republicano y excandidato presidencial Mitt Romney, que la noche del miércoles citó su fe mormona para sustentar su decisión de romper el gregarismo del partido y apoyar uno de los cargos, el de abuso de poder, contra Trump. «Tampoco me gusta la gente que dice ‘Rezo por ti’ cuando sabe que eso no es así», tronó en clara alusión a Pelosi, presente en el acto y que para él encarna «el calvario» del intento demócrata de destituirle del cargo.

La diatriba, prometió, continuaría más tarde en la Casa Blanca. Y allí avanzó a mediodía por la alfombra roja hasta desembocar en la Sala Este, ante un público entregado de congresistas y senadores de su partido, miembros del Gobierno, representantes de medios de la ultraderecha, sus colaboradores más cercanos y su familia. Fue una hora de discurso grosero y vengativo en la que, sin necesidad de teleprompter, hizo olvidar a menudo que aún sigue siendo el presidente de EE UU y que aspira a un segundo mandato a partir de noviembre.

Repitió el golpe de efecto de alzar un periódico, en este caso ‘The Washington Post’, propiedad de su archienemigo Jeff Bezos, que entregó después a su esposa. «Quizá deberían enmarcar la portada con el titular ‘Trump absuelto’», le dijo. Y comenzó a repasar los 22 meses que duró la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la supuesta interferencia de Rusia en la campaña que le dio el triunfo en las elecciones de 2016. En este punto tiró por la borda la dignidad del cargo. «Fueron putas mentiras», soltó entre atronadores aplausos.

Después salió una vez más «la caza de brujas» que le perseguiría desde que fue designado candidato a la Casa Blanca, los «millones de dólares» que el Partido Demócrata y su entonces rival, Hillary Clinton, habrían dedicado a desacreditarlo. «Hemos pasado un infierno de forma injusta porque no he hecho nada malo. Si hubiera hecho algo malo en la vida lo habría admitido, pero no lo he hecho», una idea que repite de manera obsesiva.

«Han intentado reemplazarme y eso se tiene que hacer votando», zanjó, en lo que al final no fue sino un acto más de la interminable campaña electoral en la que tiene sumido al país. Trump afronta a partir de ahora nueve meses de carrera para repetir mandato con unos índices de popularidad que se han mantenido constantes durante su presidencia y que el ‘impeachment’ deja inalterados. Sus seguidores, sobre todo hombres blancos de la América rural, cristianos evangélicos y católicos conservadores, forman una piña con él. Un 42 por ciento de los estadounidenses aprueba su gestión y un 54 por ciento la censura. Prácticamente igual que antes del «calvario».

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