Los gitanos y los Pisos
Los Pisos eran dos torres de protección oficial donde vivían los gitanos, apartados del resto del pueblo. En mi infancia, hablábamos de ellos como criaturas monstruosas
El Periodico, , 05-11-2019Mi casa apestaba. Estaba junto a las vías del tren. Al otro lado, atravesando el descampado de cristales rotos y jeringuillas semienterradas, te encontrabas en los Pisos. Nadie en su sano juicio hubiera ido allí. Los Pisos eran dos torres de protección oficial donde vivían los gitanos, apartados del resto del pueblo, como en el Lejano Oeste, por la frontera del ferrocarril. Las leyendas se extendían alrededor de los Pisos: quemaban motos, tenían escondido al etarra que mató a Miguel Ángel Blanco y metieron un burro en un ascensor. Los Pisos y los gitanos, en el léxico de mi infancia, eran sinónimos de alarma y de terror.
Una vez, en las inmediaciones de las vías, estábamos sentados comiendo pipas Juanjo y yo en un portal. Un grupo de gitanos salvajes nos cercó. En cinco minutos nos habían arrebatado los Casio de la muñeca bajo amenaza de reventarnos los riñones y rajarnos en canal. Las incursiones sioux habían hecho pasar malos ratos a muchos chicos del barrio y aquel día pasamos a engrosar las listas de damnificados. “¡Que vienen los gitanos!” era un grito capaz de disparar los balones de reglamento a los balcones cercanos, de meter los relojes en los calzoncillos y poner a las bicicletas corriendo a todo piñón.
Con 12 años, cien pesetas para unos ‘flash’ y un Casio en la muñeca, el barrio era el juego del gato y el ratón, y nosotros hablábamos de los gitanos como criaturas monstruosas. Se les reconocía por la pinta en la distancia y no había tiempo para el matiz. Durante aquellos años desarrollé contra los gitanos un odio automático, un rencor visceral. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que era yo quien vivía en el lado afortunado de las vías del tren. De que era casi imposible salir de los Pisos y encontrarse con algo parecido a la prosperidad.
Oigo ahora hablar a ciertos botarates de los ’menas’ y me pregunto cómo pueden cometer el mismo error de perspectiva que un niño de 12 años, y convertir en crueles verdugos a víctimas tan evidentes de la desigualdad y la desatención.
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