“No quiero fomentar el odio ni la xenofobia por la muerte de mi hijo”
La madre del menor fallecido en Donostia tras recibir una brutal paliza pide no culpabilizar a los inmigrantes “Entiendo el enfado de la sociedad, pero creo que lo más importante es centrarnos en dar una educación en valores”
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 30-04-2019“Deseo que lo ocurrido sirva para que se produzca un cambio social. No quiero que pase esta semana y nos olvidemos” “Santi, mi Santi, era muy familiar, listo, cariñoso y respetuoso. Para mí era un joven universal”
DONOSTIA- Se empeña en mantenerse fuerte aunque su mirada revela un indisimulable cansancio. Apenas ha dormido desde entonces. Fátima Hacine-Bacha García, la madre de Santi Coca, respira hondo y se aferra del brazo de su amiga mientras habla de ese chico al que le encantaban las motos y las bicis. Un apasionado de las dos ruedas con una extraordinaria habilidad para desmontar las máquinas, siempre “alegre y cariñoso”. La mujer vive en una nube desde la madrugada del viernes, cuando supo que su hijo acababa de ingresar en el hospital. El menor, de 17 años, falleció el domingo como consecuencia de una paliza propinada en Donostia el viernes por varios jóvenes, seis de los cuales ingresaron ayer en prisión provisional sin fianza.
Fue una madrugada lluviosa que acabó de la peor de las maneras. La mujer respiraba hondo para sacar fuerzas de flaqueza y mandar un mensaje bien claro. No quiere culpabilizar a la población de origen extranjero por la presunta implicación en los hechos de personas de distintas nacionalidades. “Estamos recibiendo mucho apoyo, pero tanto la familia del padre como la mía no buscamos fomentar el odio ni el racismo. Lo que hace falta es buscar soluciones pero, por favor, no quiero que utilicéis el dolor”, insistía ayer por la tarde.
A esa misma hora, cientos de personas se concentraban frente al Ayuntamiento de Donostia, en señal de repulsa y duelo. Entre los presentes sobrevolaba un resentimiento que, paradójicamente, no se correspondía con el estado de ánimo de la madre. Ella decía sentirse triste. El municipio cántabro de Reocín, donde el menor había residido con su padre durante los dos últimos años, también guardó un minuto de silencio.
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Santi vivía actualmente con Fátima, que no quiso participar en ningún acto de repulsa pero se mostró en todo momento dispuesta a relatar lo ocurrido “para que todo esto suponga un punto de inflexión”. Guardando para sí el dolor, abogó por dirigir la mirada “hacia un cambio social y profundo, en el que se comience a mirar con lupa la educación que estamos dando a nuestros hijos”.
La tragedia llamó a su puerta el viernes de madrugada. Supo que algo raro ocurría en cuanto recibió la llamada de su hijo Iker, hermano de Santi, que le acompañaba. “Está ingresado muy grave en el hospital”, le dijo. Acaba de recibir una paliza brutal. Fue colgar el teléfono y subir de inmediato. “Cuando llegué a Urgencias me advirtieron de que la situación era poco menos que irreversible. Estaba en coma. Había perdido el conocimiento. Al parecer, estuvo durante 40 cuarenta minutos en parada cardiorrespiratoria, lo que cual tuvo consecuencias irreparables a nivel neurológico. Tanto es así, que le abocaba a quedar en un estado vegetativo”.
Amigos, conocidos y familiares se acercaron durante la tarde para trasladarle el pésame. Ella, en los arcos de entrada del Ayuntamiento de Donostia, a escasos metros del lugar de la brutal agresión, proseguía con su relato. “Iker me dijo que fueron muchos los chavales que participaron en la paliza. Mi hijo se acercó a otro chico al que le habían robado el paquete de tabaco y a partir de ahí comenzó la agresión. Iker intentó defenderle, y también le pegaron a él”.
La familia quiere trasladar su gratitud por el trato recibido a instancias judiciales, a la Ertzaintza y al personal sanitario. Pero dicho esto, no desea que nadie utilice su dolor ni sus palabras. “Entiendo la rabia social que puede suscitar un hecho así. Se han escuchado insultos, pero no compartimos ese posicionamiento, hay otras maneras de afrontar esta situación”. La concentración frente al Consistorio, en señal de repulsa por lo ocurrido, comenzó puntualmente a las 18.00 horas, y todos los medios que inicialmente se hicieron eco de sus palabras marcharon a tomar imágenes a Alderdi-Eder.
En un ambiente más recogido, y poco después de que varios conocidos la abrazaran, la mujer se sentaba en una terraza cercana para entregarse a una charla más sosegada con este periódico. Mantenía una sorprendente entereza, y lo único que pedía era sentarse bajo el sol, porque decía sentir frío y estar muy cansada. A pesar del revuelo mediático, en ningún momento perdió los nervios junto a una amiga, su “ángel”, como le decía.
EQUILIBRIO SOCIALRespondía sin titubeos al preguntarle sobre el mayor énfasis en su discurso contra el odio, por encima de la búsqueda de justicia. “Creo que tiene que haber un equilibrio. Por supuesto que tienen que pagar por lo que han hecho, pero tiene que haber un equilibrio a nivel social”. La camarera interrumpe sus palabras. Tiene la garganta seca y le pide un botellín de agua mientras retoma el hilo. “Entiendo el odio que hay en la sociedad, pero no quiero fomentarlo, no quiero dar rienda suelta a la xenofobia por la muerte de mi hijo. No juzgo a las personas que están aireando tantas cosas en las redes sociales. Es natural porque la gente se enfada, y esa rabia sale. Yo ahora no la siento, estoy más en la tristeza”, decía bajando su mirada, agarrada del brazo de su amiga.
Tras la muerte de su hijo, podía haber optado por recogerse en el dolor y en el silencio. Pero Fátima no se dio un respiro. “Si algo deseo es que todo esto sirva para algo y que podamos cambiar. No quiero que pase esta semana y nos olvidemos del caso. Mi deseo es abordar el problema a fondo”. En ese sentido, Hacine-Bacha, hija de padre argelino y madre vasca, ha mantenido contacto con el alcalde de Donostia, Eneko Goia. “Le he dicho que este tipo de hechos deberían abordarse incluso en el Congreso de los Diputados. Nos tenemos que centrar en dar una educación en valores. Asistimos a un problema que no puede pasarse por alto y corremos el riesgo de banalizar la violencia. En esta misma zona hemos conocido otros altercados, muchos de los cuales no trascienden, por lo que puede parecer que se le da carta de naturaleza. No creo que sea una utopía hablar de que se pueden cambiar ciertas cosas, empezando por la educación que estamos dando, en la que estamos inmersos tanto padres como hijos”.
Lanzó en ese sentido un mensaje en favor de la convivencia, como respuesta a los numerosos mensajes difundidos, sobre todo a través de las redes sociales, en los que se subraya el origen extranjero de cinco de los siete investigados. Todos salvo uno de los arrestados, que fue puesto en libertad con medidas cautelares, ingresaron ayer en prisión provisional por orden judicial. “Creo que las personas que vienen de fuera tienen que tener un apoyo, no solo cuando llegan, en una casa de acogida. El problema es cuando llegan a la mayoría de edad sin mayores metas ni aspiraciones. Cuando salen de ese espacio protegido se quedan muchas veces en la mayor soledad, y sus vidas quedan en el aire”.
Su padre es argelino, algo que sin duda le hace ver lo ocurrido desde una perspectiva alejada del ojo por ojo y diente por diente. “Nací en Londres, pero he vivido en Donostia toda la vida y me siento vasca, argelina y británica”. Su familia, decía ayer, “tiene muchos valores de distintas culturas”.
Transcurridos unos minutos de charla, se le cambia la cara al hablarle de su hijo. Inicialmente no quería hacer mención alguna, pero sale a colación la etapa escolar de Santi en la Ikastola Orixe de la Parte Vieja donostiarra. A pesar de la década transcurrida, la responsable del comedor de este centro reconocía a este periódico acordarse “perfectamente de ese niño alegre, contento y abierto, con una cara muy expresiva”. Fátima, al tener conocimiento de ello, también sonríe. “Mi Santi era un chaval muy social, muy amigo de sus amigos. Era familiar, listo, cariñoso y respetuoso. Era un joven universal”. Hace unas semanas había viajado a Londres, a casa de unos familiares. Quería acabar el Bachiller, y soñaba con ser algún día ingeniero.
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