Talleres de costura para tejer historias de integración en L'Hospitalet
"A mí esto me llena; en casa suelo estar sola y a veces siento que no encajo", explica Pura Rojas, migrante boliviana que participa en la iniciativa
El Periodico, , 07-04-2019En 2017 llegaron a España 532.132 inmigrantes, el 51,1% de los cuales fueron mujeres, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Mujeres que, solas o en familia, llegan enfrentándose a una doble discriminación: la de género y la de migrantes, y que “tienen necesidades distintas al colectivo migrante general” que generalmente no son tenidas en cuenta, explica Wendy Espinosa, coordinadora de proyectos de la asociación Mujeres Pa’lante de L’Hospitalet (Barcelonès) y migrante chilena.
Esta organización, nacida en 2007, quiere precisamente cubrir las necesidades de estas mujeres, que llegan “desarraigadas y separadas de golpe de sus países de origen”, a los que no pueden o no quieren volver. Así, a través de su servicio de primera acogida, ofrecen talleres de costura, cocina, atención sociosanitaria e idiomas, entre otros, así como asesoría jurídica y laboral para ayudar a las migrantes a enfrentarse a la burocracia de la Administración.
Pero también les ofrecen algo que es, seguramente, igual de importante: oportunidades de integración social y laboral, apoyo psicológico y moral y comunidad. “Vienen aquí con una fantasía, pensando que se van a poner a trabajar de inmediato y que podrán mandar dinero a su país, y a nosotras nos toca decirles que no va a ser así de fácil”, apunta Wendy.
Se trata, al fin y al cabo, de no reforzar su visión de ‘colectivo vulnerable’, sino de lo contrario: empoderarlas y dotarlas de herramientas que les ayuden a ser autosuficientes y conseguir su objetivo de trabajar y mantenerse, tanto a ellas mismas como a sus familias. “Cada caso es único: cada una viene con su mochila y sus cargas”, agrega Espinosa.
Pura Rojas llegó con una mochila llena a rebosar; decidió hace 17 años emprender el camino de Bolivia a Europa totalmente sola. Tras una experiencia en Italia, donde no pudo volver por salir sin documentación, regresó a su país para dar a luz y volvió a intentarlo de nuevo en Albacete.
Cuatro años después se estableció en L’Hospitalet con sus seis hijos, donde, pese a su formación y experiencia como pedagoga en Bolivia, ha estado trabajando en lo que ha podido. Ahora que no puede hacerlo por problemas de salud, las actividades de las que participa en la organización, que descubrió hace 10 años, son las que la animan día a día.
Ella es una de las 15 mujeres que han asistido al segundo taller de costura de Mujeres Pa’lante. Tras cuatro meses de formación, la mayoría sigue yendo regularmente al taller que, a través de la cooperativa de la organización, atiende pedidos de particulares, convirtiéndolo así en una pequeña fuente de financiación.
Este mes, por ejemplo, están trabajando en el encargo que les ha hecho una cofradía con la que comparten edificio y están cerrando la confección de una línea de trajes de baño para una diseñadora de moda.
La idea ahora es darse a conocer y rentabilizar todo el trabajo. “Yo no cogía una aguja hasta que llegué; ahora solo me falta una cama para vivir aquí”, bromea Rojas. Ella y Glenda Fuentes son dos de las más implicadas y vienen a diario: “A veces no nos damos cuenta y salimos de aquí a las 19:00 o 20:00 h”, cuentan.
Glenda, originaria de El Salvador, está en una situación distinta a la de Pura, pues aunque llegó hace cuatro años, todavía no tiene papeles. Los está intentando obtener por medio de su pareja, pero, mientras no lo consigue, aquí encuentra una oportunidad para ir formándose. Igual que Zakia Chaoui y Khadija Hajia, otras dos participantes que, además, han usado estos talleres para reforzar su catalán y castellano.
“A mí esto me llena; en casa suelo estar sola y a veces siento que no encajo, pero todas las mañanas me levanto pensando qué voy a hacer en el taller. Vengo incluso los sábados. Es una vía de escape”, explica Pura Rojas.
“Esto es un punto de encuentro; no solo nos reunimos para costurar, también para compartir e intercambiar costumbres culinarias y culturales de cada país, y a la vez que compartimos nos conocemos. Yo sé que ellas ahora saben un poco más de lo que pasa en El Salvador, Bolivia o Perú, y nosotras sabemos más de ellas”, cuenta Rojas mientras pone la mesa en un rincón del taller. Zakia y Khadija se han ido a recoger a sus hijos al colegio; el resto hoy se deleitará con comida ecuatoriana.
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