La memoria perdida del Hotel Ruanda

Veinticinco años después todavía se desconocen todas las responsabilidades del genocidio

Diario Sur, GERARDO ELORRIAGA, 07-04-2019

Existen curiosos placeres como desayunar en el jardín del Hotel des Mille Collines de Kigali. Desde su interior no se contempla la tortuosa capital ruandesa, pero el recogimiento y el ambiente tropical proporcionan relajo tras subir y bajar las múltiples pendientes urbanas. Mientras disfrutamos de la experiencia, podemos retrotraernos un cuarto de siglo e imaginar a más de mil doscientas personas irrumpiendo en este remanso de paz, entonces asediado por tropas ávidas de sangre, y suponer el terror de quienes sabían que, al otro lado, niños y adultos eran ejecutados simplemente por la adscripción tutsi. Durante cien días, las autoridades impulsaron el exterminio de la minoría. Más de 800.000 personas perecieron en este genocidio en el corazón de África. Desde entonces, miles de personas han sido juzgadas por su implicación, pero el proceso que condujo al crimen y las complicidades internacionales permanecen en entredicho e, incluso, algunas hipótesis apuntan retorcidos complots para rentabilizar el victimismo.

Las familias de abogados, funcionarios o empresarios, residentes en la ciudad, buscaron refugio en el establecimiento hostelero. La clase media creía que aquel lugar, frecuentado por la elite y los extranjeros, estaba a salvo de la barbarie. Pero los dejaron solos y únicamente la determinación de Paul Rusesabagina, su director, pudo impedir la matanza. Hasta que consiguió salvoconductos para los recluidos, sobornó a los militares que rodeaban el recinto con el vino, el champán y los licores que guardaba en la bodega. Mientras, los refugiados bebían el agua de la piscina en provincias, los miembros de la milicia progubernamental Interahamwe perseguían, capturaban y mataban a tutsis de toda edad y condición. Hollywood narró su peripecia en una película titulada ‘Hotel Ruanda’.

El derribo del avión del presidente Juvenal Habyarimana por un misil lanzado por la guerrilla tutsi desencadenó la tragedia, según el relato oficial. Pero la realidad se antoja más complicada. El desastre ya se anticipaba en las invectivas transmitidas por Radio Mille Collines, que llamaban al exterminio de los ‘inyenzi’ o cucarachas. La atmósfera bélica había dispersado el odio y el temor. El país, poblado por una mayoría étnica hutu, había condenado al exilio a miles de tutsis, organizados en torno al Frente Democrático Ruandés (FDR) en la vecina Uganda. Este movimiento armado contaba con el pleno apoyo del Gobierno de Kampala, dirigido por Yoweri Museveni, y su ánimo de revancha causaba, entonces, espanto en Ruanda.

No se sabe quién lanzó el cohete que acabó con la aeronave. Habyarimana regresaba de Arusha, donde se negociaban las condiciones de un acuerdo de paz y la definitiva reintegración de los refugiados. Algunos dicen que fueron los hutus contrarios a la negociación, otros que el FDR, interesado en desencadenar la catástrofe contra los suyos para surgir como los salvadores necesarios.

La pasividad internacional, nunca desvelada en su verdadera naturaleza, propició el genocidio. Museveni alentó la invasión de los guerrilleros, una estrategia que, al parecer, disfrutaba de la connivencia de Washington, mientras que Francia y Bélgica, antigua metrópoli colonial, apoyaban militarmente al régimen hutu de Kigali. El país también contaba con cascos azules del Unamir, una misión de Naciones Unidas para estabilizar la pequeña república. Dos meses antes del inicio de las persecuciones había llegado un cargamento aéreo de armas y municiones, mientras, paralelamente, las fuerzas armadas procedían a identificar a los ciudadanos en función de su origen, tarea muy útil para luego liquidarlos.

Tras la muerte de Habyarimana y de su primera ministra Agathe Uwilingiyimana, también partidaria de la paz, la represión se expandió rápidamente. Dallaire pidió refuerzos a la ONU para detenerla, pero el Consejo de Seguridad los denegó por el veto de Estados Unidos. Los destacamentos europeos pudieron haber detenido la ola de asesinatos y no lo hicieron. El presidente francés Emmanuel Macron ha creado una comisión para investigar esta inhibición, que el actual Gobierno de Kigali ha interpretado como un apoyo implícito a la cacería de tutsis.

Las muertes no cesaron tras la caída del régimen hutu. Al FDR se le achacan numerosas represalias, incluso en el interior de Congo, a donde habían huido dos millones de refugiados hutus tras la derrota del gobierno genocida. Tres españoles fueron víctimas de este cambio de tornas y la justicia de este país llegó a solicitar la extradición de Emmanuel Karenzi Kareke, actual responsable de los servicios secretos de Ruanda, por su presunta implicación en los hechos. Fue detenido en Londres y liberado posteriormente por la justicia británica.

El actual régimen de Jean Paul Kagame se ufana de haber impulsado la reconciliación en un país que, desde entonces, ha experimentado cierto milagro económico. Los denominados juicios ‘gacaca’ permitieron el encausamiento de los responsables dentro de sus propias comunidades y facilitaron la reinserción, aunque, aún hoy, los supervivientes padecen el trauma de aquel periodo, lleno de delaciones, cuando unos mataban a machetazos y las iglesias, en vez de refugios, se convertían en escenarios del crimen colectivo.

Los críticos al presidente le achacan que esta concordia se ha producido manu militari y que la verdad permanece escondida entre las numerosas colinas diseminadas por este país pequeño y superpoblado. La versión oficial habla de conflictos superados y el Banco Mundial de estabilidad política porque las filas opositoras cuentan con cuatro escaños en el Parlamento surgido tras las últimas elecciones.

Nada es obvio en Ruanda. El Hotel des Milles Colines, emblema del genocidio, no recuerda aquel trágico episodio porque Rusesabagina se convirtió en un detractor del nuevo régimen. La extrema pulcritud de Kigali, moderna y pujante, parece haber sepultado el dolor y eliminado el recuerdo, más allá del Museo Memorial. Pero el pasado surge en lugares insólitos. El Centro Jesuita es un plácido complejo donde los hombres oran y estudian, y las vacas pastan en libertad en un ambiente bucólico. Pero hay una pequeña capilla que revela lo que sucedió hace veinticinco años. La huella de una ráfaga atraviesa la pared del altar y sólo cabe imaginarse el destino de sacerdotes, monjas, seminaristas o catecúmenos de la etnia equivocada en abril de 1994.

personas de adscripción tutsi perecieron en este genocidio en el corazón de África.

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