«Venía de paso, pero he decidido quedarme»

Once migrantes viven desde hace meses en un gaztetxe del Antiguo con ayuda de voluntarios

Diario Vasco, SARA ECHEVARRIA, 08-02-2019

«Este sitio es mi nuevo hogar, estoy como en casa con mi familia y amigos». El que habla es Luciano, un joven camerunés de unos 25 años, que llegó a Gipuzkoa en agosto y que cambió de planes. En lugar de seguir viaje, decidió quedarse, y desde entonces vive en el gaztetxe Txantxarreka, un edificio en el Antiguo de Donostia que se ha convertido en refugio improvisado para migrantes.

En la entrada están dos jóvenes donostiarras, Mikel y Jon (no les importa dar la cara pero prefieren preservar su nombre), limpiando la barra de bar que algún día sirvió para las fiestas que organizaban en el edificio. Mientras ambos explican la transformación del local en ‘vivienda’ transitoria para migrantes, se asoma Tibbo (también nombre ficticio), con una sartén entre las manos. Es un camerunés de unos 30 años que vive en el gaztetxe también desde el verano. Y como él, cerca de once migrantes conviven de esta manera, sin que muchos sepan de su existencia, porque en el local siguen realizándose otro tipo de actividades culturales o lúdicas. Comparten espacio, aunque cada uno por distinta razón.

Para Tibbo y el resto de sus compañeros, estar en el gaztetxe no es «una elección por placer». El local, de hecho, no está habilitado para vivir. No hay calefacción ni ducha con agua caliente y duermen pegados en colchones y alguna cama en dos habitación. A primera vista parece un espacio dedicado solo a los jóvenes antiguotarras, pero no lo es. Se ha convertido en un hogar para migrantes en tránsito que han decidido poner fin a su viaje en la capital guipuzcoana. Algo que, según cuentan, no es desconocido para las autoridades de la ciudad, pero sí para la mayoría de ciudadanos que ignoran las condiciones en las que se encuentran estas personas.

El pasado 18 de junio supuso un antes y un después para los gaztetxes de Gipuzkoa. El comienzo del verano. Una fecha que para muchos habrá quedado en el olvido. Pero que para los que frecuentan estos espacios de ocio, está «más presente que nunca». Tienen marcado el día en rojo en el calendario, porque ese 18 se encendieron todas las alarmas. Un autobús con 46 migrantes llegaba a la estación de Donostia y, desde entonces, muchos más de los que no se ha hablado tanto. Al observar este fenómeno, las redes ciudadanas de acogida de Gipuzkoa hicieron un llamamiento para que los gaztetxes abrieran sus puertas a los recién llegados, ya que la única opción que tenían era pasar tres noches en un albergue oficial. «Y después a la calle», denuncian.

La mayoría están en tránsito, se dirigen a Francia y otros países de Europa, pero otros, como los once que viven en Txantxarreka o los más de 30 que han pasado por este gaztetxe durante estos meses, han decidido quedarse. «¿Y qué pasa con ellos?», se pregunta Mikel. «Teníamos que hacer algo». Un grupo de voluntarios del gaztetxe se reunió para tratar la situación que «parece no importarle a la mayoría de instituciones». Y así, estos donostiarras iniciaron el proyecto Txantxafrika, la iniciativa de acogida en la que participan personas de todas las edades y que «no tienen por qué formar parte del gaztetxe», explica Mikel.

Conflictos. Guerras. Persecuciones. Búsqueda de un futuro mejor. Son solo algunos motivos por los que personas como Tibbo o Luciano dejan atrás su país de origen y deciden adentrarse en un viaje lleno de incógnitas. Puede durar semanas, meses o años, porque la mayoría de migrantes no sabe con exactitud a qué país se dirige. Lo que sí que tienen claro es que pondrán fin al trayecto en un lugar donde tengan oportunidades. «Cuando emprendí mi viaje hace dos años no tenía expectativas. He pasado por muchos países como Nigeria, Marruecos o Argelia, pero cada cual era peor que el anterior», cuenta Luciano, mientras lía un cigarro y se queja del frío. Pese a interrumpir su viaje, no se atreve a asegurar si se quedará en la ciudad por mucho tiempo. «Hay demasiada incertidumbre, pero no quisiera irme, tengo aquí a mi nueva familia», asegura mientras abraza a Mikel.

Luciano ha estudiado la carrera de letras y comunicación en Camerún y forma parte de los 2.448 migrantes en tránsito que fueron atendidos en Gipuzkoa de agosto a diciembre. Cuando llegó a la capital guipuzcoana en autobús no sabía dónde estaba. «¿A dónde nos han traído? ¿Dónde estamos?», se preguntó al llegar a la estación totalmente desorientado. Entonces, le explicaron que estaba en San Sebastián y que podía pasar tres noches en un albergue que habían habilitado en Zorroaga, donde le darían de comer y podría cargar el móvil y asearse, entre otras cosas. Pero, «¿y después qué?», preguntó. Le respondieron que tendría que quedarse en la calle o tratar de llegar a otro país europeo.

Pasaron las tres noches. Y se quedó en la calle. Era verano y no hacía frío. Pero ya no tenía más fuerzas. Llevaba dos años de viaje. Entonces una red de acogida le habló de Txantxarreka, un espacio de ocio para jóvenes que acababa de abrir sus puertas para que los migrantes que no tenían dónde quedarse pudieran ir allí. Los recién llegados están «indefensos, no dominan la lengua para poder expresarse, no tienen medios con los que defenderse y tampoco un techo», explican los voluntarios donostiarras. Por eso, el grupo del gaztetxe limpió, acomodó y preparó el local para que pudieran quedarse. Para que pudiera ser su casa.

Seis meses más tarde, los once migrantes que están viviendo en el gaztetxe están inscritos en la educación para adultos y la mayoría dispone del pasaporte de su país, «aunque no ha sido fácil», aseguran. A lo largo de estos meses han pasado alrededor de 30 personas por este lugar, la mayoría procedentes de Camerún, Guinea Conakry y Senegal. Además, aunque predominen los varones de entre 20 y 30 años, también han ayudado a mujeres y a menores de hasta solo un año y medio.

En Txantxarreka defienden la idea de que «por el simple hecho de ser persona todos deberíamos tener los mismo derechos. Nadie es ilegal». Un hecho que no se respeta, según denuncian, en los países europeos que reciben migrantes en los últimos años, entre ellos España, donde en 2018, el incremento de llegadas por el Estrecho fue una de las noticias principales del año. «Aunque no se hable de ello llegan cada día. El número ahora es menor que en verano, pero eso no quiere decir que no existan», exponen Jon y Mikel.

Las personas del gaztetxe que han decidido hacer frente al desamparo de estas personas, denuncian la falta de compromiso y atención de las instituciones. «No puede ser que la solución sea que se queden en la calle», afirman. Los albergues de Donostia y la Cruz Roja acogen durante tres noches a los migrantes, aunque, como ha bajado el volumen de personas que llegan, han decidido cerrar espacios que habilitaron en verano como el de Zorroaga. «Cerraron este sitio porque mandaron a su personal a Irun ya que había más carga de trabajo y, ahora, mientras estas personas viven en gaztetxes como el del Antiguo, pero también el de Irun y el de Hernani, hay albergues con más de 30 camas vacías».

«Parece que como vivimos en Donostia, una buena ciudad, las personas de la calle no corren peligro y no es así», afirma Mikel. Ellos, unos jóvenes sin experiencia en estos temas, han conocido las mafias a las que se exponen los recién llegados. Es más, tuvieron que echar a un inquilino porque «empezó a actuar de manera sospechosa».

En el gaztetxe les dan las herramientas para que después ellos puedan valerse por sí mismos. «Les damos la caña y no los peces, pero ¿qué pasa cuando no tienes ni la caña?», se pregunta el joven. Txantxafrika propone dos respuestas. Por un lado, proponen establecer las bases para «afrontar una dinámica de denuncia amplia y continua ante la dejadez y respuesta negligente de las instituciones» y, por otro lado, animan a toda la sociedad a acoger de la forma «más digna posible» a los migrantes, «mientras logramos que las instituciones se impliquen en ello».

El objetivo de esta dinámica de protesta es lograr que las instituciones públicas cambien sus políticas de acogida y se basen «en principios de humanidad y de dignidad». Es más, apoyan la filosofía de «todas las personas, todos los derechos». Son conscientes de que el trabajo que les espera es enorme y, por ello, animan a la ciudadanía a poner este tema entre sus prioridades, para «empujar a las instituciones a realizar el trabajo que tienen abandonado». «Deberíamos empezar a pensar y a hablar más de las causas de la migración, más vale prevenir que curar», expresa Mikel agarrando a su amigo camerunés. «Si no cambiamos las causas, siempre estaremos luchando a contracorriente, hay que ir a la raíz del asunto».

Por otro lado, recuerda que es «bienvenido» cualquier donación de ropa, comida o dinero para mantener su refugio. «Nosotros lo tenemos todo, pero tenemos que cambiar el chip, porque no puede ser que estas personas estén así». Asume que «es una realidad que lleva ocurriendo siempre, pero ¿nos quedamos sentados en nuestros sofás o ayudamos a cambiar el mundo?».

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)