La frialdad de la muerte
La Voz de Galicia, , 29-11-2017El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia cierra las últimas páginas de un libro que nunca debió existir. En La Haya se cierra un triste epílogo de muerte, horror y genocidio, pero también, aunque tarde, se hace algo de justicia. Vago concepto para los miles que fueron asesinados. Inocentes. Entre Karadzic y Mladic, el brazo ejecutor, orquestaron un plan de exterminio total. El general serbobosnio no tuvo reparos. Ordenó la muerte de miles de seres inocentes. Sitió con crueldad extrema Sarajevo. Muerte, terror, violaciones, asesinato, torturas y tierra quemada. Borrar todo vestigio. Cientos de fosas. Disparos a quemarropa. Fue aquí, a nuestro lado, en esta Europa hoy tan altiva e indiferente ante el dolor de los demás. Sobre todo de los inmigrantes . Los nuevos refugiados que huyen de otras guerras, persecuciones y genocidios. De otras satrapías que Europa y su industria militar también arma. Han pasado más de dos décadas, pero el recuerdo sigue vivo. La sangre derramada no ha licuado del todo. El dolor ha sido terrible. La culta y divinizada Europa convertida en testigo de un exterminio, de la locura en estado puro. La psicología del terror y la brutalidad de que es capaz el ser humano son quizás lo que más se recuerda. Los ocho mil hombres, niños y ancianos asesinados en Srebrenica para vergüenza de una Europa que se creía superior e ilustrada fueron el reflejo de la decadencia moral de los pueblos y sus líderes, del odio inoculado por el totalitarismo, la artificiosidad de una Yugoslavia de cristal y comunismo nacionalista, amén de la xenofobia de los sucesores de Tito, el mariscal que interpretó su particular sinfonía de pueblos y comunidades artificiosamente hilvanados por el miedo. Hoy sigue vivo en la piel de los bosniomusulmanes el recuerdo de las víctimas más inocentes y, sobre todo, de las que murieron y sus cuerpos fueron arrojados a fosas de ignominia, de vergüenza, de silencio impenetrable. Impresionan el silencio y la soledad de cualquiera de esos cementerios. No hubo piedad ni compasión. Escuadrones de sangre y terror, orgías de muerte y destrucción. Y sobre todo un halo de impunidad. Eso movió a los más radicales. El brazo asesino. En el 2017, con la condena a Mladic se cierra un libro de aquella vergonzosa historia, la nuestra, la de los europeos que miramos también hacia otro lado. Pero no todos los verdugos han sido condenados, tampoco juzgados. Srebrenica es símbolo de muchas cosas. La vergüenza de un tiempo de mentiras y de odio. Pero también del silencio que emana de miles de tumbas. La borrachera de muerte y destrucción de quienes no dudaron en exterminar y limpiar étnicamente un territorio que era de todos.
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